Jaime Lluch

Punto de vista

Por Jaime Lluch
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Democracia de baja calidad

Organizar elecciones multipartidistas con regularidad es una condición necesaria pero no suficiente para tener una democracia de alta calidad. De hecho, las elecciones multipartidistas pueden coexistir con prácticas dañinas y estilos iliberales.

Puerto Rico hoy en día tiene una democracia de baja calidad: la corrupción en las esferas gubernamentales y otras conocidas prácticas (además del autonomismo subordinado realmente existente) son responsables de la democracia Grado C que vivimos todos los días. En el imaginario popular la corrupción gubernamental es algo negativo porque permite que algunos individuos se enriquezcan personalmente de manera indebida e ilegal y debido a eso algunos pueden comprarse una buena propiedad en Roma o París, etc. Sin embargo, no se ha destacado lo más importante: la corrupción es inaceptable porque socava los mismos cimientos de la democracia que todos supuestamente defienden.

Algunos de los pensadores más destacados de la democratización han señalado que desde los años noventa ha surgido a través del mundo un nuevo tipo de régimen que ocupa un espacio entre lo que podemos llamar democracias liberales de alta calidad y regímenes autoritarios. Se han elaborado varios conceptos para entender este nuevo tipo de régimen: “democracia híbrida” (como Botswana o Nicaragua), “democracia iliberal” (como Hungría), “democracia incompleta o transicional” (como Zambia o Albania) y “autoritarismo competitivo” (como Malasia o Mozambique) (Levitsky/Way 2010).

Todos estos tipos de régimen tiene en común que son democracias de baja calidad, como la de Puerto Rico.

En los años noventa ya existían en el mundo 35 estados que tenían alguna variante de este tipo de democracia, más que el número de democracias liberales consolidadas en el mundo menos desarrollado (Levitsky/Way 2010).

La gran amenaza que representa la corrupción gubernamental para la democracia es que es una de las prácticas que distorsiona el fino equilibrio que existe entre los partidos políticos y entre el partido en el gobierno y la oposición. Como dijo una vez Daniel Arap Moi, presidente de Kenya: “La política… no es como el fútbol, que requiere un campo de juego nivelado. Aquí, si usted trata eso, quedará asado”.

Una democracia consolidada presupone un “campo de juego” razonablemente nivelado entre el partido incumbente y los partidos de oposición. Es obvio que el partido que está en el gobierno normalmente goza de algunas ventajas: presupuesto y puestos provenientes del barril de tocino, políticas sociales clientelistas, acceso privilegiado a los medios y al financiamiento. Pero cuando la manipulación por el partido en el gobierno de los recursos y las instituciones gubernamentales es tan excesiva que representa una degradación (ya sea sutil o burda) de las condiciones de la competencia política, entonces estamos ante una democracia defectuosa o de baja calidad (Levitsky/Way 2010: 6).

Disparidades en el acceso a recursos pueden existir cuando el partido en el poder utiliza el aparato de gobierno para favorecerse a sí mismo, dejando a la oposición en desventaja. Así que la corrupción gubernamental, cuando es extensa, es uno de los mecanismos que crea un “campo de juego” desnivelado entre los partidos políticos, y una de las causantes de una democracia de baja calidad.

Ya teníamos una democracia defectuosa debido al autonomismo subordinado que padecemos, pero cuando personas vinculadas a la administración Rosselló se inventaban esquemas de corrupción gubernamental para favorecer a sus candidatos o partido, o desventajar a sus oponentes, estaban desvirtuando un poco más la democracia de baja calidad que existe en Puerto Rico.

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