Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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De olmos y cabros

Desde hace meses el gobierno ha quedado a la espera de un préstamo de Washington de cerca de cinco mil millones de dólares. Las autoridades del norte no acaban de desembolsar los fondos, temiendo que lo desembolsado se embolsille rápidamente. Para evitarlo, se ha provisto de múltiples cautelas, armando un sistema de defensa con varias murallas y, aun así, no acaba de soltar prenda.

En este diario, se informaba hace pocos días del estudio comisionado por Espacios Abiertos y el Centro para la Nueva Economía, a cargo del economista Martín Guzmán y el Premio Nobel Joseph Stiglitz en el que se concluye que “...Puerto Rico no posee capacidad financiera para pagar a los bonistas y que esta condición era así mucho antes del ciclón del pasado 20 de septiembre. Los estudiosos estiman además que el recorte de la deuda podría rondar 90%” y que el país “necesitaría cancelar el pago de intereses durante cinco años, como mínimo”. En otro reportaje publicado el mismo día, el secretario de Hacienda calculaba que los recaudos del fisco podrían tener una reducción de entre $300 y $400 millones. Un artículo publicado hace unas semanas, preveía que en 2018 Puerto Rico sería la segunda peor economía del mundo.

La realidad económica es patética. Sin embargo, pienso que aún no se han hecho públicas las conclusiones y responsabilidades que se desprenden de esta debacle. Si algo debe resultar evidente a partir de estos datos, es que los modelos de producción y administración de la riqueza en Puerto Rico han probado ser un fracaso de proporciones inauditas. Esto en sí mismo es un escándalo mayúsculo, pero a esta ineptitud se une otra de proporciones al menos similares: los responsables políticos, empresariales y profesionales del desastre, no parecen haber tomado consciencia de la relación directa existente entre su labor y los resultados.

¿Cómo es posible que los gobernantes sueñen con versiones renovadas de empresas 936, paguen salarios de cientos de miles de dólares a funcionarios mediáticos y bravucones y, soporten, en los días que corren, los deseos públicos de alzas salariales de los mismos? ¿Cómo son permisibles los sueldos de tantos alcaldes, legisladores y funcionarios? ¿Cómo se justifica el partidismo, el inversionismo político, el nepotismo y la incapacidad de tantos miembros del gobierno que ni siquiera pueden hablar (y no digo pensar) correctamente? ¿Cómo se propicia y se financia con dinero público el sueño pusilánime, juvenil e inmaduro de los jerarcas desvencijados de la Comisión de la Igualdad?

Los datos siniestros que aportan los estudios económicos citados demuestran los resultados de éstas y otras gestiones. Nadie en su sano juicio podría pensar, luego de considerarlos, que con las mismas actitudes, concepciones y proyectos, obtendríamos otro resultado. Nuestra clase dirigente no es reformable, sino sustituible. En cualquier otro contexto, si no controlaran la ley y la trampa, un número considerable de ellos sería procesado ysentenciado por pillaje, negligencia e ineptitud.

Los hombres y mujeres que manejan los hilos de todo no han sabido ni querido producir riqueza. Simplemente, han buscado enriquecerse. En sus mentes lo colectivo no rebasa unas decenas de individuos: la familia, las relaciones con los pares. El “desarrollo” económico se concibe desde una burbuja.

La gestión, de los que hasta ahora han estado a cargo, colapsó. Si no hay consciencia de esta realidad, no hay esperanza. La despoblación no será coyuntural, sino definitiva, producto de la necesidad y el sentido común. Los fracasos no tienen fondo y, de no haber cambios sustanciales, seguiremos cayendo indefinidamente. En lugar de 48 asesinatos (de los cuales sólo dos se han esclarecido por la Policía) en 15 días, habrá 100 e impunidad absoluta. En lugar de 32% de analfabetismo funcional y 12% de incapacidad total de leer y escribir, nos comunicaremos por dibujos y emojis. En lugar de cuatro meses sin electricidad, no nos preocuparemos por contar los días.

El rediseño de la economía (y de tantas cosas más) no puede ser obrado por los que nos trajeron hasta esta situación y no han cobrado consciencia de nada: ni de su responsabilidad ni de su insuficiencia. A esta altura debería ser evidente que el país está obligado a ser, por primera vez en su historia, responsable de sí mismo. Toda gestión, sea ésta económica o educativa, social o urbanística, debe idearse y llevarse a efecto a partir de la responsabilidad ante lo real y no teniendo como objetivo la creación de cortinas de humo para el oportunismo eleccionario.

Estoy consciente de que esto es pedirle peras al olmo, que es poner el cabro a cuidar las lechugas. Pero, éste es justamente el problema: hay que prescindir de olmos y cabros tanto como de los modelos de dependencia, gestión económica concebida como consumo y del narcotráfico del estatus político. Para ello hay que descartar a los olmos y los cabros: a personajes políticos, empresariales y mediáticos. La destrucción de la economía del país no se produjo sola y es menester darse cuenta de que ellos son los responsables.

En la estela de las incógnitas sin resolver del contrato con Whitefish, tras las inexplicables tardanzas en coordinar la cooperación con otras compañías eléctricas de parte del gobierno, está la iniciativa ciudadana del alcalde de San Sebastián que electrificó su pueblo con las materiales y los técnicos que tenía a mano. Una pequeña institución fundada por una familia de Adjuntas, logró distribuir miles de lámparas solares y posee la única emisora de radio en todo el país que no cesó operaciones durante el paso de los huracanes. Esta iniciativa de Casa Pueblo, como la de otros funcionarios, ciudadanos e instituciones, demuestra el éxito patente de otros modelos: autogestión, autosuficiencia, responsabilidad y éticas públicas.

Ésta es la vía que nuestros dirigentes no han sabido o querido tomar. Por ello viven en cápsulas, escoltados, reuniéndoseapuerta cerrada, diseñando los Códigos Civiles y Penales que garanticen su impunidad. Por eso es que, en un ejercicio de simplismo y patológica irresponsabilidad intelectual, unos alegan que la solución está en la estadidad y otros en la colonia. Pero las soluciones no se encuentran en las cosas, y mucho menos en los deseos y sueños, sino en las cabezas que piensan y en los cuerpos que producen.

Hoy, Puerto Rico no tiene futuro, tan solo tiempo. Éste podrá ser el de nuestro progresivo y rápido deterioro, el de nuestro hundimiento en la falsedad, el engaño y la pobreza o, si los ciudadanos toman las riendas y le niegan su apoyo a olmos y cabros, el que pueda comenzar a construir una alternativa. Hoy, un agricultor es mucho más importante que un político, un maestro culto y consecuente más útil que la secretaria de Educación, un buen vecino más preciado que la Policía, un rehabilitador de un casco urbano más valioso que un desarrollista de urbanizaciones o condominios. La riqueza está del otro lado del pensamiento y el esfuerzo. El olmo no da frutos y el cabro los devora. Por eso, desde que tenemos memoria, nos quedamos con hambre.

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