Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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Deponer las armas partidistas

Nunca es mala idea sentarse a la mesa para discutir los problemas que nos abruman. Una invitación a todos los sectores políticos, sociales, económicos y religiosos para aunar voluntades y enfrentar nuestra crisis actual es una idea digna de consideración y prueba. Merece un esfuerzo de todos de deponer las armas del verbo hiriente, fanático e intransigente.

El gobernador Ricardo Rosselló González no es santo de la devoción de la mayoría electoral del país, pero ganó las elecciones por mayoría simple y es el gobernador. Su esfuerzo reciente por juntar voluntades para pensar estrategias de lucha frente al poder avasallador del Congreso de Estados Unidos y obtener condiciones más favorables para un mejor desenlace de la crisis inmediata que vive el país no debe descartarse con la retórica ideológica de siempre. Es tiempo de hacer cosas superiores a nosotros mismos, a nuestras diferencias, a nuestras quisquillas partidistas de todos los días.

Por eso me ha parecido encomiable y esperanzador que todos, menos uno de los sectores convocados, hayan aceptado esa invitación —unos incondicionalmente y, otros, con la actitud de “voy, pero ya veremos”— y que se apresten a ensayar esta nueva estrategia.

Del mismo modo, me parece un tanto decepcionante que el único grupo político organizado, de los que no le reconocen legitimidad legal —desde el punto de vista del derecho internacional— al ejercicio burdo del poder del gobierno norteamericano sobre la isla, decline la invitación con el verbo acicalado de un patriotismo que, a mi juicio, no representa la totalidad del sentir del independentismo puertorriqueño. Y todo, según sus portavoces, porque no se atendería el problema subyacente del coloniaje que nos ha agobiado ya por siglos.

A una mayoría importante de los puertorriqueños, nos guste o no, el asunto del estatus no les quita el sueño. Lo que se lo quita es que no consigan trabajo, que no tengan con qué pagarle al médico o las medicinas para la diabetes o el corazón, o siquiera al mecánico que ha dicho que el carro tiene el tren delantero desbaratado y las gomas achichonadas por los hoyos que se han apoderado de nuestras vías públicas.

A otro sector le preocupa cómo llegar a fin de mes sin que tenga que salir a tomar dinero prestado para echar gasolina, pues sabe que la transportación pública en la isla es peor que la del tercer mundo. Hay quienes, como dice el comercial, despiertan pensando en “ya tú sabes”, pero los más despiertan pensando en si le habrán de cortar el agua o la luz por falta de pago. (El celular no porque si para pagarlo hay que robar un banco o irse con un vaso plástico a pedir chavos a una luz, pues se roba o se mendiga).

Vemos a diario cómo vivimos la ansiedad de cada día o el insomnio de cada noche a puro pastilleo. Y las pastillas también cuestan porque no todo está cubierto por Mi Salud u otros planes médicos.

Estados Unidos no es el padre de aquel hijo que pidió su herencia por adelantado, la malbarató y ahora vuelve arrepentido a que lo reciba y lo considere aunque sea como a un sirviente dócil. Estados Unidos no es ese padre bondadoso y comprensivo de la parábola, sino el amo indiferente que nos sigue tratando con la insolencia de siempre. Seguirá alardeando de su poder congresional con prepotencia deliberada, apretándonos el gaznate pero sin ahogarnos, solo para disfrutar de la agitación de nuestras extremidades en busca de más aire para sobrevivir.

Por eso es importante poder volver a respirar con cierta normalidad antes de cuadrarnos ante el usurpador de nuestro destino a pedir mayor soberanía, estadidad o independencia. Y por eso es que es importante poder sentarnos a la misma mesa sin la indumentaria pesada de nuestras diferencias paralizantes.

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