Irene Garzón Fernández

DE PRIMERA MANO

Por Irene Garzón Fernández
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De regreso al futuro en Puerto Rico

Volvamos a 2016, el año en el que Ricardo Rosselló Nevares se convirtió en gobernador con apenas el 41% de los votos.

Es verdad que el escenario electoral era novedoso: seis candidatos a la gobernación, incluyendo a dos independientes que atrajeron a muchos votantes inconformes con el estado de las cosas. Pero Rosselló Nevares fue elegido solo por cuatro de cada 10 votantes.

Antes de ser el candidato del Partido Nuevo Progresista, Rosselló Nevares, cuya única carta de presentación era su apellido, venció en primarias al entonces comisionado residente en Washington, Pedro Pierluisi.

El aspirante primarista derrotado advirtió durante su campaña sobre las debilidades políticas de su contrincante. Su inexperiencia en el terreno público, su falta de bagaje político.

No convenció a los electores novoprogresistas, obnubilados por el apellido Rosselló. El hijo menor del exgobernador Pedro Rosselló, tan querido por los suyos y tan odiado por el resto del país, se impuso en la primaria entre correligionarios.

En las elecciones, sin embargo, no le fue lo bien que le habían hecho creer. Pero su discurso populista, su negación de la realidad fiscal de Puerto Rico —proclamaba que la deuda, contrario a lo que todos sabíamos, era pagable—, y su apellido le hicieron prevalecer por un margen de apenas 2% sobre su más cercano rival, el candidato popular David Bernier.

Pierluisi, que había lanzado su candidatura apoyado en su gestión de ocho años en Washington, los últimos cuatro bajo un gobernador popular, dejó la política activa y regresó a ejercer su profesión de abogado.

Ahora, cuando la inexperiencia, las malas decisiones y un comportamiento inaceptable para la gran mayoría de los ciudadanos obligaron a Rosselló Nevares a renunciar a la gobernación faltando un año y medio para que venciera su término, resurge la figura de Pierluisi y el propio gobernante dimitente lo propone para sustituirlo.

No era secreto que el impresentable presidente del Senado, Thomas Rivera Schatz, ansiaba adelantar su aspiración a convertirse en gobernador. Lo que no se esperaba era que atacara tan virulentamente a Pierluisi para descarrilar su confirmación como secretario de Estado, un paso necesario para que el excomisionado pudiera asumir la gobernación al hacerse efectiva la renuncia de Rosselló Nevares a las 5:00 de la tarde de este viernes.

Con sus ataques, y su decisión de posponer hasta el lunes la consideración senatorial del nombramiento de Pierluisi, Rivera Schatz alarga innecesariamente la crisis institucional que vive el país desde la revelación, a mediados de julio, del escandaloso chat protagonizado por Rosselló Nevares y un grupo de funcionarios y contratistas cercanos a través de la aplicación Telegram.

La reacción espontánea del pueblo en rechazo a Rosselló Nevares, documentada internacionalmente, consiguió lo que quería, la renuncia del gobernante, y las protestas amainaron ante la expectativa de que se restableciera la institucionalidad hasta que los ciudadanos pudieran votar en noviembre de 2020 para elegir a un nuevo gobierno.

Habría un nuevo gobernador penepé desde ahora hasta el 2 de enero de 2021, pero no sería Rosselló Nevares y eso era suficiente. Lo que no se preveía, ni resulta aceptable, es que ese gobernador pudiera ser Rivera Schatz.

En 2016, los novoprogresistas escogieron a Ricardo Rosselló Nevares como su candidato a gobernador y se equivocaron.

No podemos saber qué habría pasado si hubieran votado por Pierluisi. Independientemente de las preferencias políticas y personales de cada cual, ahora tenemos la oportunidad dorada de averiguarlo y el presidente del Senado está a punto de impedirlo.

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