Eudaldo Báez Galib

Tribuna invitada

Por Eudaldo Báez Galib
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De rodillas en Puerto Rico

He escuchado muchas veces la expresión, adjudicada al líder revolucionario mejicano Emiliano Zapata, “Prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado”. Realmente fue José Martí, revolucionario cubano, quien la originó. Propongo que atendamos esa expresión (obviando, por supuesto, el drama patriótico de la muerte). Apuntemos, pues, a las rodillas.

Desde la invasión por Guánica hasta la Ley Promesa y los casos recientes en las cortes federales, solamente dos incidentes nos son trascendentales. El otorgamiento de la ciudadanía estadounidense y la autorización para crear una constitución y su consiguiente estructura política de Estado Libre Asociado.

Esa trascendencia no es por razón de logros alcanzados por nosotros, o eventos históricos para sentirnos orgullosos. Sino porque se manufacturaron genialmente para apuntalar la hegemonía de Estados Unidos en Puerto Rico.

La realidad es que la ciudadanía fue para amarrar a Puerto Rico eternamente a Estados Unidos y al ELA para salvar unas tendencias que se estaban saliendo de control, incluyendo la revolución armada.

Nuestro verdadero epíteto, pues, no es colonia, territorio, posesión, o no incorporación. Somos “propiedad”. El Tribunal Supremo federal así nos bautizó oficialmente cuando sentenció, hace un siglo, que no éramos parte de Estados Unidos. Le “pertenecíamos”. Así que, mediante una ingeniería muy bien articulada, Estados Unidos ha sabido construir en la parcela acorde a los tiempos, y proteger un gran mercado.

Mientras existía la amenaza Dieguista, “Haz como el toro acorralado: ¡muge!, O como el toro que no muge: ¡embiste!”, o los peligros de unos Albizu u Ojeda, los planos de construcción contenían adornos. Pero, eliminado todo peligro mediante sedación por dependencia fiscal (“Petróleo en Puerto Rico” de Benjamín Torres Gotay, domingo 3 de marzo de 2019), los adornos huelgan.

Ahora desembocamos, luego de tantos incidentes que nos hirieron por décadas, en que nuestra legislatura no puede legislar y nuestro gobernador no puede gobernar. Sedados (o seducidos) volvimos, entonces, obedientemente, a la época de la invasión: las leyes eran autorizadas por Washington y nos administraba un procónsul responsable a Washington.

Decía Martin Luther King: “Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda”. Ahí nuestra realidad. Estamos como estamos porque somos como somos. Indignación tras indignación, sin reacción, lacera rodillas. Silencio.

Entonces, la clase política que está, o la que fuimos, tenemos que desembuchar un sonoro “mea culpa” de complicidad—tomaduras de pelo plebiscitarias, manoseo electorero de la hacienda, culto al embuste y al engaño, la entrega de la gobernanza a intereses privados, la transformación politicastra de nuestra democracia—. Tal vez, confesándonos, un pueblo recapacita.

¡Sí, Emiliano, es cuestión de rodillas!

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