José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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De santos ciclones al huracán María

Ilumina ahora solo la llama de una vela, y al arrimar su luz al libro del cual leo y transcribo, pasado y presente se confunden.  “El huracán desfogó sobre la parte sureste de la Isla temprano en la mañana…con el vórtice cerca de Guayama y atravesó la Isla temprano en dirección oeste noroeste saliendo…entre Aguadilla e Isabela…El único ciclón que se le ha acercado fue San Ciriaco…la trayectoria de ambos fue casi idéntica.”

Anoto la referencia del huracán San Felipe, 13 de septiembre de 1928, tomada del libro Historia de los Temporales de Puerto Rico, del doctor Luis A. Salivia. Y añade, para alivio de nosotros, que del listado de más de cien huracanes que nos han azotado, todos han pasado entre agosto y septiembre; como prueba cita la directriz de la Autoridad Eclesiástica ordenado el rezo, “ad repellendes  tempestates” solo en esos meses.  Ahora, semanas ya del paso de María, supimos sus coordenadas y trayectoria, no muy distinta de los anteriores, pero aún desconocemos el cuadro de devastación y la recuperación sigue en tinieblas.

Hasta la ventana de mi casa llega el bullicio de una inmensa fila de autos y peatones tratando de conseguir combustible en el puesto de la esquina. Desde mi azotea contemplo un inmenso paisaje devastado donde flotan palmas y árboles arrancados. Me arrimo al inmenso tronco del árbol de caoba en el patio trasero, bajo cuyas ramas muchas veces brotaban, como sus hojas, ideas que paraban en mis escritos.  En lo alto de una rama una hoja reverdece. Se acercan ahí una bandada de reinitas. Un gorrión quien antes podía hacerles compañía, ante su intento de llevarles alguna rama, lo rechazan como diciendo entre gorgoteos, “tu no eres nuestro vecino”.

Miro afuera a la calle y creo aún escuchar los gritos de una confrontación. Pues si bien el paso de María dio pie a que vecinos colaborasen, quizá brindando una extensión para conectarse a una planta generadora; también en ocasiones despertó una furia, como la de María, ante el pedido de un vecino por algo tan sencillo como estacionar a cierta distancia para colocar escombros. Faltaría ahora hacer un estudio del efecto post traumático que ha dejado el paso de este huracán en parte de nuestra población.

Pero algunos testimonios históricos nos revelan algo del efecto que algunos ciclones en el pasado han tenido en la psiquis de nuestra población. San Narciso, en el 1867, tuvo un efecto devastador en una economía agraria. Al carecer el estado entonces de medios suficientes para auxiliar a los damnificados, se requirió a los terratenientes una contribución especial. Cuál no sería la sorpresa al enterarse muchos propietarios que tras haberse endeudado para cumplir, ese fondo fue a parar al ejército y no a la población. Se menciona como una de las causas que abonó al descontento para el Grito de Lares.  

San Ciriaco, meses después de la implantación en la Isla de régimen norteamericano, ha sido sin duda el más devastador en términos de víctimas, 3,307. Pero distinto a ocasiones anteriores, el nuevo régimen tomo medidas para asegurar las condiciones de salud pública al territorio donde ahora arribarían los nuevos colonizadores. La figura de doctor Bailey K. Ashford, médico de las tropas, resalta por el interés que se tomó en auscultar la salud de nuestro campesinado. Estableció unas carpas, algo así como centro de diagnóstico, donde atendía y hacía exámenes completos a la población. Así descubrió que aquella anemia que aquejaba a nuestros jíbaros era producida por un parásito, niguas, que entraban por las estrías de los pies descalzos; y aplicó un remedio para curar ese mal, la unciniarasis. Podemos imaginar que esos esfuerzos cambiaron la imagen del nuevo régimen entre la población.

Otra historia sería la del paso de San Felipe en 1928, devastador también en términos de pérdidas humanas y económicas. Entre relatos familiares siempre recordaban las vicisitudes de mi abuelo materno, comerciante español, quien vendía a crédito y lo perdió todo tras el huracán. A los males sociales se añadiría un año más tarde la Gran Depresión económica. Los libros de historia describen aquellos años como los de mayor combatividad en términos de huelgas y confrontaciones.  La implementación de los programas del Nuevo Trato, como la PREERA y la PRRA, aliviaron algo de la tensión social y pavimentaron el camino para la transformación de una economía agraria a manufacturera.

Distinto a huracanes anteriores, María no solo azotó con más fuerza, sino también derribó toda nuestra infraestructura de energía, comunicación y transporte. Así también nos privó de esa zona de confort, hoy eclipsada. Ha sido una vuelta a la naturaleza, confrontándonos con lo más básico de nuestro entorno físico y social. Se añade a la devastación esa confusa madeja burocrática entre agencias federales y locales que aún nos mantienen en tinieblas sobre la reconstrucción.

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