Alfonso Martínez Taboas

Punto de Vista

Por Alfonso Martínez Taboas
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Desempleo y salud mental: secuelas del COVID-19

Innumerables estudios multinacionales han establecido que tener un trabajo trae consigo beneficios psicológicos y emocionales notables. Esto se magnifica si la persona siente satisfacción en su trabajo, si en ese trabajo la persona percibe que disfruta lo que hace, le fluye su creatividad, y hay posibilidades de avances. En otras palabras, tener trabajo es un factor favorable que contribuye al bienestar de vida.

Un empleo no solo tiene el beneficio monetario. Para mucha gente, tener empleo se relaciona con un propósito de vida, sentirse útil para la sociedad a través de su producto final (una comida, arreglar un automóvil, aliviar el dolor de una persona), fortalece el auto-concepto, valorar mis habilidades y muchas veces las interacciones sociales en el trabajo traen consigo un buen compañerismo, apoyo social y hasta surgen buenas amistades. Por eso no debe de extrañarnos que cuando se compara a la gente que trabaja con personas desempleadas, las primeras informan estar bastante más satisfechas.

El COVID-19 y sus repercusiones han impactado diversos dominios y estructuras de nuestra sociedad. Muchas precisamente relacionadas con la pérdida masiva de empleos. Hoy innumerables fábricas, centros comerciales, dueños de medianos y pequeños negocias, y hasta el que trabaja por cuenta propia han visto, en pocos meses, la desintegración de sus empleos o negocios. Como un paliativo algunas personas reciben ayudas económicas gubernamentales y otros reciben cierta flexibilidad en sus deudas y préstamos. 

Lo que no se considera aquí es el impacto en la salud mental de todas estas personas que han visto sus empleos o negocios palidecer, y la situación no mejora al considerar que la recuperación económica post COVID-19 apunta a ser lenta y gradual. Esto abona a la incertidumbre colectiva y social.

Este asunto debe estar en la mirilla del gobierno local pues una literatura inmensa ha documentado la inestabilidad emocional que trae escenarios de desempleo masivo. Así, se ha documentado un incremento en el uso de alcohol, ansiedad, depresión, suicidios, insomnio y problemas maritales. 

Por lo tanto, el costo del COVID-19 no solo debe ser medido y evaluado en términos de vidas perdidas y contagios, sino también en el costo humano y sus repercusiones en satisfacción de vida, bienestar y felicidad a nivel individual y nacional.

La pregunta clave es: ¿qué hacer ante este escenario actual y el venidero? Yo no soy economista, pero entiendo que el gobierno debe ir creando y estableciendo un plan de contingencia para atender a una avalancha de personas que verán menoscabadas sus finanzas y empleos. Si esto es así, se asomaría una recesión con todo lo que esto conlleva. Y esto podría ser a nivel transnacional. 

El gobierno local debe de crear un espacio para que este debate se pueda elaborar, generar ideas creativas, planes de contingencia,educar a la ciudadanía sobre los ajustes económicos venideros, y crear un ambiente de sosiego y seguridad de que paulatinamente este escenario mejorará.

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