José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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Desencanto y tabú en el devenir del discurso

Decimos discurso y viene la imagen de un político sobre el podio, iluminado por reflectores frente a las miradas de espectadores atentos. Pero al paso del tiempo, quizá de ese discurso solo recordaremos algo más que las palabras. De una última alocución televisada del gobernador Alejandro García Padilla, por ejemplo, hoy sólo logro recordar su rostro contrito, casi lloroso; una lengua entumecida, como arrastrando el eco dentro de un confesionario; un tono casi suplicante, resignado a la penitencia, ante el poder supremo del Congreso, señalando el camino del probable viacrucis para nosotros, los mortales.

Pero más allá de un rostro, de las palabras, de lo argumentado, de lo dicho y no dicho, los discursos a través de la historia arrastran consigo una pesada carga. Son casi como un fardo sobre el cual sobresalen ideas preconcebidas y deseos; muchas veces no articulados expresamente, sino más bien escondidos en los intersticios del pasado y el presente.

Así lo analizó el filósofo Michel Foucault en su lección inaugural, “El orden del discurso”. “Supongo que en toda sociedad—decía—la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorios y esquivar su pesada carga y temible materialidad.”

En efecto, quienes hayan vivido aquí durante la segunda mitad del siglo pasado, recordarán aquella frase acuñada por Luis Muñoz Marín y repetida como mantra por sus seguidores: “el status no está en issue”. Hoy esa frase está casi olvidada y desfasada, gracias (o por desgracia) a la proyectada Junta de Control Fiscal. Quizá pudiéramos imaginar que algunos de esos viejos discursos pudieran reaparecer reciclados en el futuro-“lo mejor de los dos mundos”- pues no han logrado desprenderse del lastre de las directrices emanadas del Congreso. Esto puede intuirse hoy por las expresiones recientes del gobernador y David Bernier, quienes están aún a la espera de las nuevas versiones y revisiones del proyecto 4900 del Comité de Recursos Naturales del Congreso. Un proyecto que aunque cambió su numeración y fraseología, al parecer no ha cambiado el orden del discurso.

Por otro lado, el ideal de quienes a través de más de un siglo han simpatizado con la estadidad para la Isla, si bien parecería tener un norte fijo, con el devenir del tiempo también sus discursos se han transmutado.

En el iluminador estudio, “Las ideas anexionistas en Puerto Rico”, el profesor Aarón Gamaliel Ramos documenta los cambios en la percepción del liderato estadista sobre el proceso de anexión. Desde aquellas ideas de utopías autonomistas sobre la estadidad, expresadas por Barbosa, “la Isla como república dentro de una república”, se pasó al desencanto frente a la realidad. Pospusieron aquel discurso para acceder así al poder local, entrando en alianzas, como la de José Tous Soto con Antonio Barceló; o la de los Socialistas con el Partido Republicano, hasta romper con la vieja guardia del Partido Estadista en 1967 y participar en un referéndum de status, donde nacería el actual PNP.

Imbuidos por el desarrollo manufacturero y el surgimiento de una clase media, el optimismo del progreso los llevó a imaginar una estadidad jíbara, donde habría patria y nación, se hablaría español y tendríamos representación olímpica. Más tarde, al calor del populismo, Romero Barceló llegó a publicar un opúsculo, “La estadidad es para los pobres”. Y para tratar de desprestigiar la sombra del independentismo se fraguó aquel infame Cerro Maravilla, un 25 de julio de 1978. Más tarde también, cambiarían nuevamente su discurso, para exigir ahora igualdad.

Pero los cambios y transformaciones de esos discursos apenas han podido calar dentro de esa muralla levantada por la mayoría republicana en el Congreso. Cuando se pensaba que el ingreso per cápita de la Isla, en comparación con el de los estados, podía retrasar la discusión de la anexión, levantaron la barrera del idioma, o de una “supermayoría”. Pero si alguna duda quedaba que esos discursos apenas han alterado la opinión en el Congreso, las expresiones de Raúl Labrador, miembro del Comité de Recursos Naturales -citado en este diario- muestran como a pesar de haber nacido aquí y considerarse estadista, tiene su mente y corazón puestos en Idaho. “Con los problemas que Puerto Rico tiene ahora -ha dicho- nadie puede venir a pedir la estadidad.”. Tal parecería como si allá en el Congreso hubieran puesto ese mismo letrero que leemos en establecimientos: “nos reservamos el derecho de admisión”.

Resulta difícil adivinar el devenir y los cambios en nuestro discurso político. Pero ahora podemos entrever como las viejas proscripciones y tabúes lanzados sobre el independentismo han ido cambiando. Recuerdo cuando era estudiante de secundaria, haber leído en nuestro libro de historia de Puerto Rico mi primera imagen del independentismo encabezando un capítulo, “De un mundo irreal escapan balas”. Imagino que hoy llevaría un título muy distinto, gracias quizá, y sin querer queriendo, a la proyectada Junta de Control.

Se confirmaría así lo expresado por Michel Foucault. “El discurso no es apenas más que la reverberación de una verdad naciendo ante sus propios ojos…las cosas pueden volverse a la interioridad silenciosa…sordo temor contra acontecimientos…contra ese gran murmullo incesante y desordenado del discurso.”

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lunes, 3 de septiembre de 2018

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