Julio A. Muriente Pérez

Punto de vista

Por Julio A. Muriente Pérez
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Desgarradora pérdida de dos jóvenes

“Por estos hechos, a Meléndez Bonilla le radicaron cargos por tentativa de asesinato, escalamiento agravado, incendio agravado, agresión sexual en modalidad de violación técnica y una infracción al artículo 15 de la Ley de Maltrato Animal, ya que un perrito resultó con quemaduras en el incidente. … la Fiscalía se apresta a completar la investigación con la orden de los análisis necesarios y levantar expediente para radicarle un cargo por asesinato en primer grado. (Primera Hora, lunes, 13 de mayo de 2019).

Yomayra Hernández Martínez tenía apenas trece años. Wilson Javier Meléndez Bonilla tiene diez y nueve años. Ella ha fallecido -el Día de las madres- víctima de las quemaduras provocadas hace varios meses por su expareja. Él de seguro pasará el resto de su vida en alguna prisión.

Cuando Wilson Javier y Yomaira se enamoraron, ella tenía doce años. Recién iniciaba estudios en la escuela intermedia del barrio Monte Grande de Cabo Rojo. Él, por su parte, se hubiera graduado este mes de cuarto año en la escuela superior Inés María Mendoza del mismo municipio. 

El país ha perdido dos jóvenes de la manera más desgarradora y cruel. Decir que lo sucedido nos ha partido el corazón, es poco decir. Es lo peor que le puede pasar a un padre o a una madre, más allá de cualquier consideración.

La sociedad puertorriqueña no debe conformarse con llorar a la joven fallecida y volcar todo el peso de la ley contra el joven asesino, mucho menos si lo que nos mueve va a ser un desenfrenado afán de venganza. Más allá de los profundos sentimientos que comprensiblemente genere esta tragedia que nos estremece a todos y todas, y de que formalmente se haga justicia, debemos detenernos a reflexionar, a tratar de entender por qué ocurren cosas como estas. De ninguna manera debemos asumir esta como una situación “normal”, como uno más de tantos hechos de violencia que nos golpean continuamente. Es precisamente la “normalización” en nuestras conciencias de situaciones como estas, lo que muchas veces nos conduce a la indiferencia, a la resignación, o a concluir que no nos queda otro remedio que sufrir las consecuencias de la barbarie.

Echarle la culpa a los padres que consintieron—con probable imprudencia- en la relación amorosa de la niña con el adolescente, tristemente no nos va a conducir a ningún lado. Desear que el muchacho se pudra en la cárcel no nos hará mejores seres humanos. Castigar a los padres de Yomaira, quitándole sus otros hijos podría ser un castigo cruel, que profundizaría aun más la desgracia.

Más allá de los protagonistas directos de estos hechos, considero que unos y otros debemos asumir esta desgracia como sociedad. Debemos sentirnos responsables y avergonzados de que en nuestro pueblo ocurran hechos tan desgarradores. Estas familias no han surgido desde la nada. Los padres y madres, la muchacha muerta y el joven que le quitó la vida son, en más de un sentido, fruto y consecuencia de los valores y los postulados que el que más o el que menos de nosotros y nosotras refrendamos cotidianamente. Ya sea porque los toleramos, porque miramos hacia el otro lado, o porque los auspiciamos.

Se mezclan muchos factores que desembocan en hechos espeluznantes como este. Machismo primitivo cultivado por generaciones que produce en el hombre un sentido propietario sobre la mujer; desidia familiar convertida en sobreconfianza y consentimiento; culto a la violencia como forma de comportamiento normal; degradación de la vida como valor supremo que debemos respetar; insensibilidad creciente en las relaciones sociales; distorsión de la razón de la vida en sociedad, en la que el individualismo desplaza a la solidaridad y el aprecio al otro o la otra… 

En todo caso, lo que ha sucedido en estas familias de San Germán le concierne a toda la sociedad puertorriqueña. Sino por otra razón, simplemente porque no podemos admitir que ese sea el destino de nuestros hijos e hijas, ni de nuestra juventud. Porque aspiramos a que nuestros jóvenes sean felices y productivos, a que cultiven el amor más  profundo, a que crezcan para servir y para vivir intensamente.

No nos sintamos aliviados el día después del sepelio de Yomaira, o el día después de que condenen a Wilson Javier a cadena perpetua. Todo lo contrario. Sintámonos profundamente adoloridos. Sintámonos conmovidos, escandalizados. Sintámonos urgidos de hacer de Puerto Rico un mejor país, en el que la vida y la felicidad, y no la muerte y el sufrimiento, sean nuestra razón de ser. 

La vida nos ha enfrentado con una espantosa lección, que más nos vale aprendamos de una vez.

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