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Por El Nuevo Día
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Desigualdad: el más violento de los crímenes

Al igual que a todos mis allegados, me conmocionó el asesinato de la familia en Guaynabo. Es difícil denominar una situación como ésa. Lamentablemente, hemos normalizado que tales asesinatos sólo son pensables como producto del narcotráfico o lo que por ahí se nombra como “bajo mundo”, no por deudas de alquiler.

En ese sentido, la reacción casi inmediata, por lo menos en la mayor parte de los comentarios que leí, fue deshumanizar a las personas que, alegadamente, asesinaron a la familia Ortiz-Uceda. Son monstruos, dijeron y, según leí por ahí, pidieron que les recibieran un comité de bienvenida en la institución correccional donde sean ingresados y hasta la pena de muerte.

Sin embargo, continuamos negándonos a ver el elefante que tenemos en el medio de la sala y hablar de la desigualdad y de sus males. Al contrario, a diario les hacemos la guerra a los pobres en lugar de hacérsela a la pobreza. Continuamente señalamos a quienes reciben ayuda alimenticia o vivienda gubernamental. Los asesinamos simbólicamente todos los días. El mensaje es que no tienen nada que perder si asesinan porque ya lo han perdido todo. De esos asesinatos no queremos hablar ni tampoco despiertan en nosotros el interruptor de la empatía o la solidaridad. Ésas son vidas dispensables, desechables, descartables.

Es cierto que bajo muy contadas excepciones se justifica matar; personalmente no encuentro razón válida para matar. Sin embargo, pienso que hasta que no atendamos la creciente desigualdad en la que vivimos, mientras no ofrezcamos vivienda segura para todos sin que eso conlleve el estigma que hoy conlleva, hasta que no ofrezcamos oportunidades educativas igualitarias y eduquemos en igualdad y para ella, esto continuará sucediendo.

La pobreza y la desigualdad son los más violentos de los crímenes pero, tristemente, las hemos normalizado. Hemos atribuido sus causas a problemas individuales y a diario levantamos el dedo para señalar a algún “mantenido”. Y termino por preguntarme ¿qué estoy haciendo para acabar con esto? ¿Qué estás haciendo cada uno? Me pienso y nos pienso como responsables de esas matanzas porque hasta que no aceptemos nuestra responsabilidad colectiva, no lograremos resultados distintos a los obtenidos hasta ahora.

Tenemos una deuda con el niño que sobrevivió a la masacre y a su familia pero también tenemos una deuda con los jóvenes que perpetraron el crimen y sus familias. Debemos comprometernos a trabajar por un país más igualitario, más justo.

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