Ana Teresa Rodríguez Lebrón
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Despedidas

Los temas que versan de la humanidad no nos pueden cansar. No importa cuánto ardan las heridas que causan. Aun cuando las despedidas se nos vayan aglutinando bajo la piel; como diminutas bombas coordinadas para explotar una a la vez.

¿Por qué cuesta tanto decir adiós? Es como si con cada partida se terminara por arrugar más rápido el alma que las manos. Pero el adiós existe independiente de nosotros y la voluntad para aceptarlo. Es y se toma libertades que no s cuesta entender.

Junio me dejó llena de despedidas; repleta de esos pequeños artefactos explosivos. El ejercicio de coordinarlos armoniosamente, con el propósito de que no estallen al unísono, ha sido exhausto. ¿Qué puedo con tanta despedida violenta? La Corte Suprema nos escribe la peor carta de desamor. Nos plasma claramente lo que nuestra historia grita desde siempre: Nunca fuiste. No eres. No serás. Quedamos desnudos y emplazados. A muchos les tocó despedirse de su amor platónico con la colonia. A otros, aun cuando nunca creímos que nos amaban, nos arden los proyectiles que salieron disparados al estallar el muro. La PROMESA también nos altera las bombas aglutinadas en la piel. Conglomera en el aeropuerto la despedida de a prisa, de quienes buscan reivindicar el pacto ante la fuente primaria. A veces en la Baldorioty huele a esperanza.

Entonces estalla el adiós más terrible. Cuarenta y nueve humanos, despidiéndose de sopetón y en acorde. Un simulacro de vida detonó a la vez todas sus municiones cargadas de odio y rencor. Obligo al resto a despedirse; nos activó más de un explosivo y reabrió viejas heridas.

Siento rabia. ¿Pesimismo? Pero dice Saramago que no hay pesimistas, sino que optimistas bien informados. Así que resuelvo por abrazarme a Cortázar; y me repito con cada despedida que: “Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”.

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