Carlos Dalmau Ramírez

Tribuna Invitada

Por Carlos Dalmau Ramírez
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Despertar en la era de PROMESA

“Al destino le agradan las repeticiones,

las variantes, las simetrías…”

-Jorge Luis Borges

Cuenta la leyenda que el General Simón Bolívar llegó a las costas de Puerto Rico para el año 1816. Un viaje accidentado hacia Saint Thomas le obligó a improvisar una parada en la isla Isabel Segunda, hoy Vieques. De esta fortuita visita se tiene constancia gracias al informe de un comandante español apostado en Vieques de nombre Juan Rosselló. Según Rosselló, los “insurgentes” al mando del General Bolívar, ocuparon su casa, se apropiaron de alimentos, materiales y un esclavo, y se marcharon. No se tienen muchos más detalles del episodio.

Bolívar sabía que en las islas de Puerto Rico y Cuba no había impulso para la causa de la independencia. Así lo dejó constatado, unos meses antes, en su Carta de Jamaica. En esta carta, su manifiesto y su profecía sobre el futuro de América, Bolívar expresó: “Las Islas de Puerto Rico y Cuba… son las que más tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del contacto de los Independientes. Mas ¿no son americanos estos Insulares? ¿no son vejados? ¿no desean su bienestar?”.

Eran preguntas directas, increpadoras, mezcla de reclamo y arenga. Lo cierto es que el Puerto Rico de entonces le dio la espalda al movimiento libertador de las Américas, y prefirió cifrar sus sueños, esperanzas y utopías en la benevolencia de España y su rey Fernando VII. Los sueños, esperanzas y utopías, desde luego, no tardaron en desvanecerse. A partir de entonces, Puerto Rico se adentró en un opresivo laberinto colonial, sujeto a los poderes absolutos de una España distante y a los desmanes de gobernadores españoles nombrados sin el consentimiento de los puertorriqueños.

Han pasado 200 años desde aquella azarosa visita, y Puerto Rico se encuentra en la misma órbita en que lo encontró Bolívar: aferrado a sueños, esperanzas y utopías que dependen de la benevolencia de la metrópolis, y sometido a los poderes plenarios de un Congreso cada vez más distante. En esta ocasión, el Rosselló no es aquel militar español sorprendido por los insurgentes en Vieques, sino el gobernador puertorriqueño maniatado por una Junta de Supervisión Fiscal impuesta desde Washington, la cual maneja la cartera del país y le representa en una quiebra federal en la que Puerto Rico se juega su futuro económico y su viabilidad como país.

Dos siglos de historia nos han devuelto a este punto cero. Nos queda, sí, el aliento de que hoy los puertorriqueños somos más educados, más solidarios y más comprometidos con la democracia que nuestros antepasados. Por desgracia, las divisiones y desconfianzas entre nosotros se han recrudecido, encontrándonos ahora más solos que nunca. En esta circunstancia es común escuchar quejas amargas, acusaciones vociferantes y recriminaciones de un puertorriqueño contra otro. Aunque sea una reacción natural de la frustración acumulada, tengamos cuidado. Ni la perorata de espíritus resentidos ni el consejo de tecnócratas glaciales nos mostrarán la salida de este laberinto.

Al cumplirse un año de la aprobación de PROMESA, el momento llama a reflexionar sobre temas fundamentales que nos corresponde deliberar como comunidad política, a saber, cómo forjar una buena sociedad, con un buen gobierno, en una democracia real; cómo tener ciudadanos activos y alertas; cómo restituir nuestro porvenir. En medio de estas reflexiones, reaparecen las olvidadas preguntas del Libertador, adaptadas a las circunstancias del presente y adoptadas como reflexión propia: ¿Qué nos toca hacer a los puertorriqueños? ¿No estamos siendo vejados? ¿No deseamos nuestro propio bienestar? Convendría enfrentar estas preguntas con total franqueza.  Nuestras respuestas pueden ser el comienzo, tentativo y modesto, de un gran despertar puertorriqueño.

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