Jorge R. Roig

Punto de Vista

Por Jorge R. Roig
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De vuelta al Mundo Bueno

Al acostarse el día de las más recientes elecciones generales de Estados Unidos, narra la profesora Matambanadzo de Tulane, concilió el sueño con visiones de la primera mujer presidenta sirviendo de ejemplo para su hija. Al día siguiente, despertó a una realidad muy distinta. Fue entonces que cayó en cuenta de que estaba del otro lado del velo; se encontró al abrir los ojos en el Mundo Malo.

Somos muchos los que nos hemos percatado de lo mismo, aunque no lo hayamos podido expresar con semejante elocuencia.

En múltiples culturas latinoamericanas, con su exquisita mezcla de influencias, por siglos ya, se ha reconocido el concepto del Mundo Malo. En el Mundo Bueno, al resbalar en la escalera logramos agarrarnos del pasamanos, al cruzar la calle el carro que no vimos logra detenerse antes de atropellarnos, el bebé que se desbalancea tratando de dar sus primeros pasos esquiva finamente el filo del cristal.

En el Mundo Malo, por otra parte, los tornillos del pasamanos ceden y todo colapsa, el carro tiene las gomas lisas y no puede frenar a tiempo, el bebé se raja la cabeza. Cruzar del Mundo Bueno al Mundo Malo solo exige un paso en falso.

¿Cómo encontrar, entonces, las vías de regreso al Mundo Bueno? De acuerdo a las referidas tradiciones, nos explica la profesora, el Mundo Malo es pegajoso. Para hacer nuestra escapatoria se requiere de una magia poderosa, enraizada en sueños, visiones, imaginaciones y re-invenciones fundamentales. Pero también precisa tomar acción de modo persistente y concertado para subvertir el estatus quo.

Por demasiados años ya, he visto a mi pueblo puertorriqueño revolcarse fútilmente en los pantanos del Mundo Malo. Pero durante los pasados días de un esplendoroso y ardiente verano boricua, he divisado una grieta a través de la cual se escurren los contornos de esa otra realidad que es primordial en el imaginario de esta Isla del Encanto. Mediante acción persistente y concertada, el pueblo puertorriqueño ha despertado de un largo sueño. Ahora cabe preguntarnos, ¿qué viene después?

Al traducir esa tradición al lenguaje del Derecho, y de las personas de estado, esa magia de sueños y visiones exige un acercamiento crítico y creativo a todas nuestras instituciones. Para salir del Mundo Malo no basta con maquinar en los márgenes del articulado de nuestra Constitución y leyes. Para explotar esa grieta, para que quepamos todos y cada uno por ella, tenemos que empezar de nuevo, fénix criollo con frente y cejas escarlatas. Es momento, pues, no de reinventar la rueda, sino de quebrantarla. Para ello, algunos ejemplos, desde antiguos hasta contemporáneos, pueden servir de inspiración.

En Islandia, luego de la crisis financiera de 2008, el pueblo intentó redefinir en sus propios términos todas las instituciones de gobernanza. Utilizando un innovador proceso de consulta a ciudadanos escogidos parcialmente al azar, se constituyó un Foro Nacional en el cual el pueblo compartió sus ideas sobre los principios y valores fundamentales para mejor diseñar una nueva constitución. El resultado de ese “brainstorming” nacional fue referido a una Asamblea Constitucional, la cual redactó un proyecto de constitución. Aunque dicho proyecto languideció en el parlamento islandés, los métodos y las tecnologías utilizadas muy bien podrían servir de base para un proceso puertorriqueño que logre viabilizar nuestra voluntad política.

También corresponde considerar, como siempre, el ejemplo de los antiguos griegos, progenitores de la democracia, quienes en algunos casos elegían a sus representantes no mediante el voto, sino al azar. ¿Por qué no dar igual oportunidad a todos nuestros ciudadanos de servir por un tiempo razonable (¿seis meses?) como legisladores, al igual que hacemos con los jurados? Si verdaderamente creemos en la soberanía del pueblo, un sistema “lotocrático” es una interesante alternativa.

O mejor aún, boricuas de toda estirpe, continuemos esta sublime conversación, y desarrollemos nuestro propio, nuevo, radical modelo de gobernanza. Comencemos por los valores y principios que la inmensa mayoría compartimos. Para ello solo necesitamos valentía y coraje. Esta pasada semana me ha demostrado que, en el pueblo puertorriqueño, de eso, hay de sobra.

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