Antonio Quiñones Calderón

Tribuna Invitada

Por Antonio Quiñones Calderón
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Día perturbador para Estados Unidos

La trágica elección de Donald Trump a la presidencia de la nación con la que había abogado toda mi vida unir políticamente a mi pueblo, me obliga a una profunda reflexión alrededor de si ese es el destino que merecemos.

Es una tragedia humana que una mayoría de los estadounidenses (que incluye no sólo a blancos sin educación, sino a negros e hispanos) haya seleccionado a quien ha desafiado todas las normas de la la dignidad de otros seres humanos y los desprecia por no tener el dinero que él tiene, por tener ideas ajenas a las suyas.

¿Cómo puede explicársele a un hijo, a un nieto, a un ser que uno ame y desee para él un futuro de decencia humana y de oportunidades a base del trabajo duro y de la decencia personal, que la nación de la que ostenta su ciudadanía está a merced de un renegado de los principios de igualdad, de dignidad, de esfuerzo personal para insertarse en una vida productiva en la que para esas metas lo que cuente sea su genio creativo y su valía como ser humano?

¿Cómo explicarle que un demagogo pueda jurar el puesto electivo más importante de su pueblo –y acaso de todo el planeta–, y que lo haga después que ha abolido con su perturbador y confuso temperamento la aspiración de ese pueblo al reconocimiento de la dignidad inalienable de todos los seres humanos que lo habitan?

¿Cómo explicarle que fue el odio, la bufonada y la demagogia lo que prevaleció, por trágico designio de una mayoría, en una oportunidad que debió –pero no cumplió– para afirmar un camino de triunfos sobre la adversidad que había hecho grande a esa nación a lo largo de más de dos siglos?

Cuándo los historiadores hurguen en la trascendencia de Estados Unidos como nación que ayudó a la preservación de la vida democrática y el derrocamiento de sus enemigos, cuando encuentren en los archivos del mundo la hermosa poesía de Lazarus al pie de la Estatua de la Libertad (“Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres, vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad, al desamparado desecho de vuestras rebosantes playas. Enviadme a mí a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades. Yo elevo mi faro detrás de la puerta dorada”), seguramente se preguntarán: ¿quiénes, y por qué, se borraran esas palabras, quiénes, y por qué, derribaron la Estatua de Ellis Island?

Hoy me levanté sintiendo una angustiosa pérdida personal y preguntándome cuál es el camino a seguir.

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