Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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Diáspora

A Diana Bernard y Talía Lierca Rivera

Entran al apartamento cargados de maletas. La impresión es depri¬mente. Un escuadrón de gente frente a ustedes con los ojos vacíos. Muebles viejos, regueros, paredes manchadas, un piso maltratado...

“Bienvenidos”, dice con la voz cascajosa la señora de ojos amarillos.

Tu madre saluda. Rafi y tú no le sueltan la mano. Tu padre los pre¬senta. Ahora te fijas en la viejita rechoncha, de ojos menudos y opacos.

“Saluden a su abuela... vamos”, les dice tu padre.

Ustedes caminan indecisos. Ella sonríe y tú te sientes en la confianza de besarle la mejilla y pedirle la bendición. Rafi queda rezagado. Tu padre le da un empujoncito y entonces camina. Ahora haces lo mismo con Catalina, la señora de la cara enferma que los recibió, y que resulta ser tu tía. Luego miras a sus tres hijos. Ernie, que parece ser el mayor, Quiquito, que es la misma cara de tití Catalina, y Fredo que es el más chiquito… y el más bocón, porque te pregunta qué ustedes hacen aquí… y te advierte que aquí no hay camas para ustedes. Tampoco podrán jugar con sus juguetes. Él no habla, él grita un español retorcido. Tú lo miras en silencio, le das la espalda, y caminas hasta la ventana de cristal, mientras tus papás y Rafi se confunden con los dueños del lugar.

¡Todo es tan gris y chato! El cielo sucio, las calles llenas de carros, basura y alboroto. No quieres estar aquí. No te gusta. Te asusta. El pecho se te empezó a apretar desde que bajaste del avión, pero no les dijiste nada a tus padres para no preocuparlos. Sientes el viejo malestar que casi habías olvidado. Te cuesta respirar. Las fuerzas comienzan a abandonarte. Te agarras del marco de la ventana para no desplomarte. Tienes que sorber el mismo aire que sale de tu boca, deteniéndolo con las manos antes de que se vaya… lo sientes ir y venir, cada vez me¬nos... hasta que se hace tan delgado que se filtra entre tus dedos.

Entre brumas ves las caras borrosas de tus papás asomadas a ti. Los notas tensos. Tu madre, más que una sonrisa, ofrece una mueca. Las luces están encendidas. Será de noche. Ahora captas otras caras que te miran con curiosidad. Recuerdas que estás en Nueva York, con la familia de tu papá. En el apartamento viejo y triste.

Cierras los ojos. El silbido del pecho no te deja pensar. Sientes las voces de tus padres distantes... ecos de voces. Te ha vuelto el asma. Pensabas que doña Nati, la espiritista amiga de Mamá Toña, te había curado la enfermedad con sus rezos y arrebatos. Pero parece que la magia de doña Nati acá no funciona. Tu cuerpo se afloja. El silbido se va apagando. Vuelas por los aires, liviano, cómodo, contento. Abajo divisas el río, la vega y los árboles. Como era todo antes del huracán María. Ríes feliz. Desciendes en picada. Aterrizas en medio de la espesura. Te abres paso entre la yerba alta. Alguien te habla, te susurra. Está muy cerca. Es una voz desconocida y amable. Sabes que si avanzas y persistes la encontrarás. Está a un paso de ti. Giras la cabeza a la derecha. Casi te sacas el grito del siglo, pero él te apacigua.

“Tranquilo”, te dice el ratón. “No te voy a hacer nada”.

Tú le crees.

“¡Qué feo eres!”, le dices sin abrir la boca.

“Como todos los ratones”.

“¿Tú comes basura y vives en los agujeros?”

“Como todos los ratones”.

Sonríes.

“¿Y por qué hablas?”

“Tú sabrás”.

No entiendes.

“No trates de entender” te dice. “Descansa tranquilo. Ya tendremos tiempo para conversar”.

“Bueno… ¡Ah! ¿Cómo te llamas?”

“Tú sabrás”.

“¿Vuelves con lo mismo?”

“Con lo mismo vuelvo”.

“Pues a ver. Te llamas Papo”.

“Papo me llamo”, dice el ratón. “Y ahora sí que me voy. Te veo, Jorge”.

“Adiós”.

El grito de tu madre te sobresalta y acentúa el silbido de tu pecho. El ratón huye asustado y se pierde por uno de los rincones oscuros del apartamento. Tu padre acude. Teresa le explica afectada por la impresión. Alberto la tranquiliza. Ella suspira recostada de su hombro. Tu padre le susurra que pronto saldrán de aquí. Que conseguirán un lugar mejor donde estar. Ella asiente sin dejar de temblar.

Vuelves a cerrar los ojos, y regresan a tu memoria las imágenes aterradoras que te persiguen a toda hora. Tú y tu familia están tendidos bocabajo, pegados al techo de tu casa como si fueran lapas. La lluvia y el viento forman un remolino salvaje que amenaza con arrancarlos del cemento. Los gritos de Rafi se confunden con el rugido de las ráfagas que doblegan los árboles y zarandean los postes del tendido eléctrico.

El río embravecido no para de crecer. Espantó al pobre Benji que ladraba histérico mientras se alejaba de la casa. Las corrientes fangosas sepultaron el carro de tu padre, los columpios que trajeron los Tres Reyes Magos, y las plantas que sembró tu madre. De continuar a ese ritmo, las aguas del río muy pronto podrían rebasar el techo de la casa. Sería el final para todos ustedes.

Apartas de tu mente esos pensamientos oscuros. Tratas de rezar las oraciones que Mamá Toña te enseñó, pero el miedo no te deja. La cabeza te da vueltas y tienes el cuerpo entumecido. Apenas puedes respirar. Crees que todo se acabó, y te dejas ir.

Ahora tu abuela de Nueva York te devuelve a tu nueva realidad. “¿Cómo te sientes?”, te pregunta. Si tuvieras fuerzas para hablar le dirías que te sientes bien de estar vivo junto a tu familia. Algún día le hablarás de tu perrito Benji, que nunca apareció.

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sábado, 28 de julio de 2018

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