Benjamín Morales

El Catalejo

Por Benjamín Morales
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Díaz-Canel y su deber con la historia

Hay un nuevo presidente del gobierno en Cuba, un hijo del sistema socialista de nombre Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, quien hizo historia al convertirse en el primer mandatario cubano que toma las riendas del país en 59 años que no es un Castro Ruz, que no es un guerrillero y que no es un jefe militar.

Claro, esa tarea resulta simple cuando sólo hubo dos predecesores, pues Fidel gobernó entre 1959 y 2006, mientras su hermano Raúl lo hizo desde ese momento hasta el pasado 19 de abril. Ahora, eso no significa que el logro de Díaz Canel tenga que ser minimizado.

Convertirse en el sustituto de dos personajes tan complejos requiere de su maña y el ingeniero eléctrico de 58 años supo campear el temporal en una estructura política muy cerrada y muy severa con quienes intentaban hacerse del poder por encima de la llamada “generación histórica”, esa que incluye a los dirigentes de alto porte que combatieron en la guerra contra Fulgencio Batista.

Díaz-Canel fue escalando nivel por nivel desde la base, pasando por el servicio militar en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), labores en el Ministerio del Interior, participación en las juventudes comunistas, trabajo como profesor universitario, militancia en el Partido Comunista de Cuba (PCC), dirigencia administrativa en las provincias de Villa Clara y Holguín, y experiencia como ministro en Educación Superior.

Como dijo el propio Raúl Castro Ruz en su discurso de bienvenida, Díaz-Canel no es un improvisado, en realidad es el único personaje que sobrevivió a un experimento de cuadros políticos gestado en la cúpula del PCC que acabó sepultando a una docena de posibles candidatos a la presidencia.

¿Qué lo hace distinto? Que Díaz-Canel ha sabido mantener un bajo perfil, ha conseguido seguir a la perfección las reglas de juego delineadas en el PCC y ha construido sus apoyos fuera de la vista de los intereses habaneros, o sea, con el soporte de las provincias.

Este último dato es crítico. Quien no conoce la realidad cubana se ve tentado a pensar que La Habana es el termómetro del país, cuando en realidad es todo lo contrario. Si bien la capital es el centro de poder económico y político, lo cierto es que son las provincias las que sostienen la espina dorsal del socialismo cubano.

En las provincias, sobre todo en las centro-orientales, es donde el idealismo sembrado por la Revolución se mantiene vivo y figuras como los hermanos Castro-Ruz, Camilo Cienfuegos o Che Guevara siguen siendo idolatradas de manera cotidiana.

Es allí donde Díaz-Canel se cocinó, por eso es que sobrevivió al duro proceso de formación que contrapartes habaneros no lograron superar, porque conoce las provincias y su pensar.

De ahí se desprende mucho de su desconicido carácter y pensamiento político. Debe esperarse que Díaz-Canel actúe en la presidencia al son de las provincias y sus necesidades, y por esos lares los reclamos al gobierno son contundentes: un pedido urgente de desarrollo, pero sin perder las bondades de gobierno protector que han conseguido en 59 años de Revolución.

Ese escenario es complejo, pues será muy difícil complacer un pedido sin afectar al otro, pero ahí está el desafío fundamental del nuevo presidente, en conseguir ese balance que los cubanos piden y que no ha sido posible concretar en casos similares en ejecución, como en China y Vietnam.

Y se complica porque será seguido muy de cerca por la generación histórica, la cual siguen al comando de las FAR y el PCC, las dos entidades que tienen el poder de verdad en Cuba. Pero todo pinta que Díaz-Canel conseguirá adelantar la agenda del pueblo, pues para eso se preparó y no creo que haya luchado tanto para, al final, pasar sin pena y sin gloria.

Me parece que el hombre del pelo blanco nos va a sorprender, porque sino se fallará a sí mismo, a su familia, a los cubanos y al mundo. Él no va a ser el gran reformista que echará abajo el sistema, como quieren muchos, pero sí cumplirá su deber con la historia, porque sino cumple con la historia, esa misma historia lo condenará.

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