Ricardo Alegría Pons

Punto de Vista

Por Ricardo Alegría Pons
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Dioses y villanos

Escribe el escritor español Francisco Umbral que antes los hombres luchaban contra los dioses y ahora lo hacen contra las instituciones.

En el combate contra los dioses siempre aparecía un héroe dispuesto a dar la batalla a vida o muerte. Ahora en los combates contra las instituciones no hay grandes batallas épicas, como contra los dioses. La guerra es más impersonal, menos ardorosa, aunque no necesariamente menos letal y destructiva. Eso sí, hay mucho entresijo, mucho laberinto a prueba de hilos de Ariadna capaz de desorientar al más avezado Teseo. Contra las instituciones se lucha con formularios, alegatos, abogados, en vez de con espadas y flechas. Pero, cuidado, un formulario mal llenado puede suponer para el perjudicado una derrota más letal que Waterloo.

Claro, en época de dioses las tentaciones eran varias y diversas. A Paris se le dio a escoger entre el poder, la sabiduría y la belleza, y no dudó elegir esta última. Ya no estamos en tiempos de Paris y ahora la tentación es uniforme.

Al la economía sojuzgar a la política convirtiéndola en su fiel sierva –dicho de otro modo- empobreciéndola, unidimensionándola, la degeneró inevitablemente. La uniformidad redunda en sencillez, pero esto de por sí no resulta necesariamente beneficioso. Más aún puede ser contraproducente, incluso negativo. Paris en estos tiempos no tendría que elegir entre una de las tres tentaciones. Como ha sintetizado alguien: ahora todas las ideas de felicidad terminan invariablemente en una tienda.

La falta de ausencia de fogueo en estos tiempos globalizantes, de batallas épicas contra los dioses, produce en las nuevas generaciones un desconocimiento de lo trágico. Un embotamiento vital.

Albert Camus, sagaz observador, escribió en sus notas de viaje a los Estados Unidos, allá para 1946:

“En este país –refiriéndose a los Estados Unidos- donde todo está hecho para probar que la vida no es trágica, ellos sienten que algo falta. Este gran esfuerzo es patético, pero se debe rechazar lo trágico después de haberlo visto, no antes”. (American Journals)

Curiosamente apenas un año más tarde en su novela La peste, el mismo autor escribe:

“Pero hay ciudades y países donde la gente tiene de cuando en cuanto, la sospecha de que existe otra cosa. En general, esto no hace cambiar sus vidas, pero al menos han tenido la sospecha y eso es su ganancia”.

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