Carlos Severino

Tribuna Invitada

Por Carlos Severino
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Discriminación racial: acción censurable en juego del BSN

Hace unos días tuve el honor de ser invitado como deponente por la Asamblea Municipal de Humacao. Me invitaron a argumentar en favor de un proyecto de resolución que el cuerpo legislativo se proponía considerar para aprobación. La Resolución número 78 serie 2016-17 dice en su enunciado: “Para reconocer la aportación política, económica, social y cultural de las personas de origen africano, a propósito de la celebración internacional para los afrodescendientes” y se redactó en el marco del Decenio Internacional de los Afrodescendientes (2015-2024) declarado por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), bajo el lema reconocimiento, justicia y desarrollo. Finalmente aprobada por la Asamblea Municipal de Humacao, esta declaración es sencillamente un hito sin precedentes en nuestra historia, además de estar excelentemente concebida en su entendido y alcance del problema de la discriminación racial en Puerto Rico. Es apenas, la primera entidad legislativa oficial en nuestro país que se toma la iniciativa y se une a un llamamiento que resuena fuerte en todo el mundo. 

Sería de esperar que muchas otras entidades públicas y privadas del país emulen a la asamblea municipal de Humacao en esta acción reivindicativa tan importante. ¿Y por qué es importante? En el mundo y en Puerto Rico afortunadamente han habido, sin dudas, avances y conquistas valiosas en contra de muchas formas de discriminación. En nuestro país no ha sido diferente. Sin embargo, hay una forma de discriminación que sigue rampante y que en Puerto Rico en particular ha logrado una mutación muy efectiva para pasar desapercibida, invisible pero de efectos implacables.

La mayor característica de este flagelo social en Puerto Rico es su modo de operar furtivo y haber logrado que permanezca como un tema vedado e incómodo. Hoy día las personas que son objeto de distintas formas de discriminación se organizan y se expresan abierta y efectivamente sobre sus padecimientos y reivindicaciones. No obstante, sobre el racismo prácticamente no se habla, ni mucho menos se reconocen sus efectos perjudiciales. Por solo mencionar un ejemplo, en el censo de personas sin hogar de 2003 se encontró que en Puerto Rico más del 50% de esta población era de tez negra en distintas tonalidades. Obviamente una cifra muy alarmante. Curiosamente en los censos subsiguientes se eliminó la  variable color de la piel, tal y como está excluida en la contabilidad de muchos problemas sociales en los cuales ciertamente ocurre lo mismo o peor que lo que acabo de mencionar.

Lo más terrible después de todo, es que apenas lograda la notable gesta de avanzada de la Asamblea Municipal de Humacao, nos sacude y golpea que a un juego de baloncesto del Baloncesto Superior Nacional (BSN), cuando los Cariduros de Fajardo visitaban a los Vaqueros de Bayamón, unas personas llevaron un mono de peluche disfrazado con una camisilla con el número y nombre del jugador nigeriano Jeleel Akindele. Por fortuna el hecho fue reseñado por este rotativo y divulgado tal y como lo que es: una afrenta racista de carácter abominable.

Para muchos probablemente, como ocurre a menudo, lo que pasó en esa cancha se entiende como un chiste sin mayores repercusiones. Las protestas, quejas y exigencias de las comunidades y minorías discriminadas son cada vez más respetadas y tomadas con la mayor seriedad en Puerto Rico. ¡Y qué bien, aunque resta mucho camino! Sin embargo, el racismo sigue siendo una especie de última frontera en la lucha contra todas las formas de discriminación. Afortunadamente tanto el director del BSN, Lcdo. Fernando Quiñones, como el presidente de la Federación de Baloncesto, Lcdo. Yum Ramos, y la propia dirección del equipo fajardeño, han condenado no solo la acción enfáticamente sino se han comprometido a tomar cartas en el asunto seriamente. En Puerto Rico es muy conocido el refrán que dice: “entre broma y broma la verdad se asoma”. El Decenio para la Afrodescendencia declarado por las Naciones Unidas es una gran oportunidad para reconocer institucionalmente un problema que es un lastre en nuestra historia, pero también en nuestro presente.

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