José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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Distancia

“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón”, dice un viejo bolero, “La barca”, y así también comenzaba tararear tras embarcarme recientemente en un viaje por el Viejo Continente.

Acompañar a mi hijo en su defensa de tesis en Salamanca era motivo más que suficiente, me decía, para el viaje. Pero también, sin decirlo, otras razones menos académicas me impulsaban a tomar vuelo: alejarme de la sequía, del calor y dejar atrás la estridente letanía de la deuda y su impago. Eso me repetía durante el vuelo. Pero no más desembarcar allá, me topé con otra versión del mismo bolero.

No bien llegué -aún no se había efectuado el referéndum sobre la deuda de Grecia- la prensa y la televisión machacaban una y otra vez sobre ese otro rescate o su impago. Entre dientes, la sonrisa de Angela Merkel parecía parodiar un saludo militar; y a Alexis Tsipras, siempre sin corbata, ya los comentaristas comenzaban a llamarlo “Chiripas”. Veía las imágenes del corralito en los bancos griegos, las largas filas, las caras de pena de los pensionados y pensaba en la distancia que nos separa. Hasta por un momento logré olvidarme de nuestra crisis financiera.

Pero el olvido duró poco, pues a pocos días de estar allá, cuál no sería mi sorpresa al detenerme en uno de los quioscos de periódicos y leer un titular, con grandes letras: “Puerto Rico, la Grecia del Caribe”. Como para hacer de tripas corazones y seguir con el asunto, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, proponía al secretario del Tesoro estadounidense, Jack Lew, canjear a Grecia por Puerto Rico. No puede ser, me dije, tiene que ser un chiste de mal gusto. Aunque recordé que una década atrás, algún comité interagencial de Casa Blanca también reconoció la alternativa de cedernos a otra potencia. Pero ver esta noticia ahora me confirmaba que no hay distancia que valga para alejarnos de la discusión del dichoso tema de la deuda.

Mientras tanto seguía tratando de olvidarme del asunto, y como ni la prensa ni los telediarios de allá hablaban de otra cosa que no fuera la deuda, busqué refugio en las librerías. Acababa de leer la última novela de Umberto Eco, “Número cero”. No tenía que ver con la deuda; se centraba en los periódicos y la manipulación editorial sobre la opinión pública. Una parodia a la Camorra: un periodista asesinado por investigar la supuesta muerte de Mussolini, más bien de su doble, mientras “Il Duce” seguía vivo Argentina. Quizá pueda pasar como otro chiste, me dije, pero no lograba hacerme pasar de página, ni de mi atención, puesta aún en las noticias de la deuda.

Seguía buscando novedades entre los estantes de las librerías, y la recomendación de una gruesa novela detectivesca, “El asesinato de Pitágoras” de Marcos Chicot, ambientada en la Grecia antigua, parecía ser lo suficientemente absorbente como para hacerme olvidar nuestros líos financieros.

En efecto, al leerla me sorprendió la meticulosa investigación sobre una secta escasamente conocida, pues precisamente el secreto los unía. Sus ideas matemáticas, como el teorema de Pitágoras, o la construcción de la escala musical, utilizada aún en Occidente, trascendieron tiempo y espacio. Pero cuando los discípulos de aquella “escuela” quisieron llevar su ideario de armonía universal al resto del continente, el oro y las finanzas acabaron por trocar principios y lealtades.

Un detective egipcio descubre las intrigas de “cabilderos” en la Asamblea de los 300. Aparecía, como hoy en día, aquella pócima envenenada de la especulación y los intereses económicos. Y así me parecía volver a ver nuevamente las sombras de los efectos de la deuda.

Justo antes de aterrizar aquí concluí la lectura de “El asesinato de Pitágoras”. Pero han pasado los días y aún no logro reponerme del “jet lag”. Cuando me siento frente a la pantalla de la computadora, no sé si estoy aquí o allá. Ojeo las noticias, y nada parece cambiar. Allá se aprobó un rescate, pero en condiciones peores que las propuestas originalmente; la mitad del gabinete de Syriza ha renunciado.

Aquí, mientras tanto, aún debaten la ley de quiebra, pero ya ha renunciado parte de la junta del Banco Gubernamental de Fomento. Leo los comentarios de los lectores, y más que quejas parecen flechas envenenadas dirigidas -con razón o sin ella- al gobernador y su entorno.

Pero entre noticia y noticia también aparecen artículos de fondo que, si no resuelven los problemas, al menos aclaran las diferencias entre ambas economías. En su “blog” de The New York Times, el destacado economista Paul Krugman, afirma que los efectos de ambas deudas, la nuestra y la griega no son comparables. En su artículo “No, Puerto Rico Isn’t Greece”, incluye cifras oficiales de ambas economías. Al considerar el impacto de la emigración y los fondos disponibles concluye: “No hay nada comparable al colapso en el nivel de vida. El consumo per cápita real griego se ha hundido, mientras que el de Puerto Rico, de hecho ha subido”.

Aun así explicado, y como el corazón tiene sus razones que la mente no comprende, al ver nuevamente en los diarios las imágenes de ambas crisis sigo tarareando: “Dicen que la distancia…”

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