Mirna Arroyo

Punto de vista

Por Mirna Arroyo
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Distanciamiento social, reapertura y responsabilidad ciudadana

Haya o no datos para sustentar la reapertura, la realidad objetiva es que la drástica medida de toque de queda adoptada por nuestro gobierno no puede sostenerse por un tiempo indefinido. Con este pensamiento no pretendo justificar el levantamiento del toque queda. De hecho, la historia nos ha demostrado que cuando se relajan las medidas de distanciamiento social prematuramente, la próxima oleada de transmisión del virus puede ser aún más letal, como sucedió con la gripe española durante el otoño de 1918.

Sin embargo, en salud pública siempre caminamos en una cuerda floja, haciendo un fino balance entre diferentes intereses: la limitación de recursos fiscales, la economía y el bienestar de la salud del colectivo más allá de la mera erradicación de la enfermedad. Bajo esa premisa, ¿cómo entonces recuperamos algún grado de “normalidad” sin poner en riesgo la salud de los puertorriqueños? La respuesta a esa pregunta es que terminará recayendo sobre nosotros mantener el distanciamiento físico, tanto a nivel individual como colectivo.

En un modelo de simulación de juego, Kleczowski y otros (2015) encontraron que el mejor control de una epidemia se logra cuando los individuos son aversos al riesgo, reducen voluntaria y drásticamente los contactos aun cuando la infección es poca. Esta baja tolerancia al riesgo hace a los individuos ser muy cuidadosos, y disminuir los contactos al mínimo, lo que redunda en una tasa de incidencia de la infección muy baja. 

Contrario a lo que pudiéramos pensar, dicho estudio también encontró que el mayor riesgo para un pobre resultado de la epidemia se da cuando la gente relaja sus reglas de distanciamiento social y comienza a tener contacto moderado con otras personas. En ese caso, cuando la actitud hacia el riesgo es mediana, la velocidad de transmisión del virus aumenta un poco menos que si no hubiese distanciamiento social alguno, pero también extiende la duración de la epidemia por mucho más tiempo.

Por lo tanto, para garantizar nuestra salud pública y evitar una nueva oleada epidémica de COVID-19, tenemos que renovar el contrato social para responder a la reapertura con un sentido de responsabilidad. Si bien es imperativo que nosotros como individuos mantengamos el distanciamiento físico por el mayor tiempo posible, el Estado no debería levantar el toque de queda sin antes proveer las herramientas necesarias para que las personas dominen la implantación de sus propias reglas de higiene y distanciamiento. Está probado que más que el mero miedo a enfermarse, la autoeficacia, la capacidad de los individuos para implantar sus propias medidas de distanciamiento social, es el factor que mejor predice la adhesión a dichas prácticas. (Williams, et al., 2015) 

La educación masiva sobre las mejores prácticas de higiene, el uso de equipo de protección y el distanciamiento físico a nivel individual, familiar y laboral, etcétera, es fundamental. A largo plazo, esa estrategia de intervención colectiva va a ser mucho más efectiva para controlar la reaparición de la epidemia, que la sola imposición de medidas coercitivas.

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