Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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Donald Trump

El padre de Stan está deprimido porque no sirve para nada. Stan se entera de que hay un concurso en el que se premiará a quien produzca la hez fecal más grande. Stan sabe que el único talento que su padre tiene es el de defecar de manera abundante. Le habla a su papá sobre el certamen. El individuo lo piensa un poco y acepta el reto. Cada competidor se sienta en la bacineta y puja. Le toca el turno al padre de Stan. A la primera pujada, el excremento que expulsa comienza a crecer sin partirse y de forma desmesurada, tanto, que eleva al señor a varios metros de altura, como si fuera el pino que levanta a un automóvil. El público enloquecido ovaciona al hombre por su extraordinaria proeza. Con la obtención del gran premio, se acaba la depresión para el papá de Stan y mejora su autoestima.

Manuel recordó ese episodio de South Park en sus vacaciones en Rincón. Se estaba quedando con su familia en un hotelito acogedor a orillas de la playa. Llevaba días sin ir al baño. Algo raro en él. La cosa empezó a complicarse cuando le daban deseos de evacuar y no podía.

Las vacaciones en Rincón se convirtieron en una pesadilla. Manuel quería largarse ya. Le confesó a su mujer lo que le sucedía y ella se echó a reír. “Cuando uno está fuera de la casa le pasa eso”, le dijo, sin dar mayor importancia al asunto. Pero a nuestro amigo la situación no le parecía graciosa. Aguantar los deseos de hacer una necesidad fisiológica o de no poderla hacer, podría acarrear problemas serios.

Consideró la idea de darse una escapadita a alguna farmacia o colmadito del pueblo. Luego lo pensó mejor. Ingerir un fármaco o jarabe o jugo por su cuenta y riesgo, podría traerle otro tipo de complicaciones. Echaría a perder la reunión familiar con sus trastornos gastrointestinales. En el peor de los casos, podría terminar en la sala de emergencias de un hospital.

Así lo sorprendió la noche. Se puso a buscar programas en la televisión y tropezó con la convención republicana. Diferentes tomas de rubios y rubias de ojos azules le produjeron el primer retortijón. La toma específica de un corillo alborotoso de negros y latinos que mostraban con orgullo una foto inmensa de Donald Trump provocó un nuevo remezón a su intestino moribundo. Y la irrupción espectacular del mismísimo Donald Trump con los brazos levantados en señal de triunfo lo hizo correr al baño. Aterrizó en la bacineta y cayó en trance. Montones de imágenes se agolpaban en su mente. Intuyó que eran cifras de vidas que se revelaban por un instante, para dar paso a otras cápsulas similares. Algunas lograron captar su atención.

“El mulato puertorriqueño con una banderita de Estados Unidos en la solapa de su bata blanca, se asoma a la sala de espera repleta de boricuas con ropa de invierno. El médico sonríe satisfecho”.

“Un círculo compuesto por familiares y amigos, canta el japiberdeituyú al niño sentado en la silla de ruedas. Éste sopla fuerte, para apagar la llama de las velitas sembradas enel bizcocho”.

“El senador almuerza con los distinguidos caballeros en el restaurante exclu-sivo. Disfrutan de la reunión. Uno de los hombres se hace cargo de la cuenta. Le dice al senador que no se olvide de lo que hablaron. El político asiente sonreído”.

“Una marcha de puertorriqueños abrigados y con gorros de lana, avanza a lo largo de una fría avenida niuyorkina. Los manifestantes cantan consignas y exigen la liberación de un preso político”.

“El familión apretujado en la sala de la casucha de madera escucha con temor el silbido del viento, de las ráfagas huracanadas que amenazan con llevarse todo lo que encuentren por delante”.

“Hombres y mujeres tocan sus instrumentos musicales, y entonan alegres canciones navideñas en el balcón oscuro. Alguien enciende la luz y abre la puerta”.

“Un individuo despedazado se inyecta una jeringuilla en el brazo perforado de puyazos”.

“En el modesto apartamento, algunos de los inquilinos miran la pantalla del televisor, otros conversan por los rincones, y la niña y su madre ven caer la nieve a través de la ventana de cristal”.

“La mujer joven comienza a desvestirse, mientras el cliente impaciente la besuquea por el cuello y la manosea. El niño de tres años observa la escena a través de la puerta entornada de su cuarto”.

“Los padres abrazan a su hija y a sus nietos. Lloran, intercambian bendiciones, se hacen promesas. Por los altoparlantes anuncian la partida de un vuelo con destino a Filadelfia. La muchacha trata de desprenderse de sus padres”.

“Los niños posan junto a Mickey y Pluto para una fotografía. Sus padres los contemplan con ojos amorosos”.

“El pistolero abre fuego contra la multitud que se divierte en el club nocturno. Se escuchan gritos de terror, y el tableteo de un arma automática de largo alcance”.

Al regresar de esta alucinante experiencia, Manuel sintió que se había librado de su molestia. Se limpió el trasero. En el agua pestilente del inodoro flotaba una robusta pieza de desperdicio humano. “En eso se convertirá Puerto Rico cuando Donald Trump gane las elecciones”, se dijo Manuel con total convencimiento. Luego pensó que para el magnate de Nueva York y para todos sus seguidores, los puertorriqueños son solo eso: excremento.

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