Antonio Quiñones Calderón

Tribuna Invitada

Por Antonio Quiñones Calderón
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Donald Trump quedó feo para la foto

Si hubiera estado participando en el ya desaparecido programa de Don Francisco, el despreciado chacal le hubiera interrumpido con su estridente trompeta, mientras el público habría exclamado a voz en cuello: “pa’fuera, pa’fuera”. Sí, al troglodita Donald Trump –el magnate tan pobre que sólo tiene dinero– se le dio la última oportunidad para limpiar su imagen, y no pudo hacerlo. ¡Es sucio difícil!

La ausencia absoluta de parte suya del entendimiento de los asuntos vitales, de las difíciles alternativas que tiene que enfrentar el presidente de la más poderosa e influyente nación del planeta, quedó meridianamente patentizada durante el tercer y último debate presidencial del ciclo electoral de 2016.

Mr. Trump salió de Nevada (Las Vegas) igual –si no peor– como entró: como el más impopular y despreciado candidato a la presidencia de Estados Unidos, sin poder recuperar –ni siquiera mejorar algo– su reputación de vulgar ofensor de las mujeres, de los discapacitados, de las minorías que han forjado la nación que pretende dirigir, y de todos aquellos a quienes considere inferiores por no contar con lo único que a él le sobra: el dinero. (Su origen y crecimiento, por otro lado, es harina de otro costal).

Antes del debate se defendió de las acusaciones de las mujeres que denunciaron sus grotescos avances sexuales justificando que esas mujeres no eran lo suficientemente atractivas. Anoche sostuvo –y lo hizo sin rubor alguno– que “no hay nadie que respete más a las mujeres que yo”. Y que estas estaban buscando sus 10 minutos de fama. El mismo hombre que hizo referencia a los pechos de su hija.

Pero hubo algo más revelador en el comportamiento de Mr. Trump, que es como para enviarlo al diván del psiquiatra cuanto antes. Renegando del alto valor democrático sobre el que forjaron los Padres Fundadores a la nación que pretende dirigir, se negó a responder a la pregunta del moderador del debate si respetará la voluntad de los electores estadounidenses el próximo mes de noviembre. Por lo demás, una aceptación de que sabe lo que le espera.

Vi, como estoy seguro vieron los millones de televidentes que siguieron el encuentro, a una Hillary Clinton conocedora de los temas más relevantes que tendrá que atender en la soledad de la fría Oficina Oval, descifrándolos con profundidad de entendimiento y presentando sus opciones de solución. Y vi a un candidato sin el más ligero asomo de alguna hondura intelectual; sin apenas entender los alcances para el futuro inmediato de las decisiones y acciones que deberá adoptar el próximo inquilino de la Casa Blanca. Mr. Trump evidenció que faltó a clases todas las veces que los maestros discutieron temas medulares como la inmigración, la política exterior, la economía, las más impactantes decisiones el Tribunal Supremo federal, la deuda pública, los derechos de las mujeres, entre otros. Ni que decir de los jobos que se fue a comer el día que en la clase se discutió la capacidad que necesita un candidato que quiera aspirar a la posición electiva más importante e influyente del planeta.

Demostró su patética ausencia de dominio racional de todos los temas tratados durante el debate.

SI algo hay que reconocer en Mr. Trump es su resignación a las súplicas de sus asesores para que frenara los estribos: en lugar de las 51 veces en que interrumpió groseramente a su contendora, esta vez sólo lo hizo (según mi conteo) en 33 ocasiones, más las 5 veces que lo hizo con el moderador, quien le pidió “hold on” al menos en tres de ellas.

Vi a la exsecretaria de Estado responder directamente a las preguntas del moderador, frente a un Mr. Trump dando vueltas a la noria y agarrándose del clavo caliente del “robo de las elecciones que me van a hacer”, y las denuncias de todos los conspiradores contratados por Obama, Hillary y la prensa estadounidense para arrebatarle la presidencia. ¡El grito lastimero del perdedor! Lo reafirmó su lenguaje corporal; el lenguaje del político que buscando culpables para justificar el rechazo del electorado.

En resumidas cuentas, el debate presidencial final dejó claramente establecida la diferencia entre un hombre de Estado (esta vez una mujer de Estado) y un farsante cuya fortuna le ha permitido la osadía de intentar buscar la presidencia de su nación – tan mal representada por él.

Como dijo Bernie Sander, Mr. Trump es el más peligroso de todos los candidatos presidenciales en la historia de Estados Unidos. Y como dijo esta noche Hillary Clinton: piense usted nada más que por un segundo a Mr. Trump con el poder de controlar el botón nuclear de Estados Unidos.

Sería de ¡apaga y vámonos!

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