Silverio Pérez

Punto de vista

Por Silverio Pérez
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Doña Prudencia se fue

Desde niño recuerdo su presencia constante en las conversaciones/consejos/ que escuchaba de mis padres. En la adolescencia, creí que me las sabía todas y dejé de hacerle mucho caso, pero el poco que le hacía era suficiente para no meterme en grandes problemas. Las décadas del setenta en adelante fueron muy convulsas. Confieso que desoír a doña Prudencia me pudo haber acarreado serias consecuencias a no ser que, Providencia, otra de esas mujeres sabias de mi barrio, veló por mí en demasiadas ocasiones.

Esta semana fui a buscar a un familiar al aeropuerto y me encontré a la Prudencia pacientemente sentada encima de una enorme maleta, con dulce sonrisa, pero el rostro cubierto de huellas, de las que deja el tiempo y de las que ocasiona la frustración, que son más profundas. ¿Doña Prudencia a dónde va? —quise saber—. Lo más lejos posible —contestó— a ver si en algún lugar remoto me escuchan. Sus consejos son más importantes que nunca, sobre todo en esta crisis que vive el mundo en general y el país en particular —insistí. ¿De qué vale que yo hable/diga/aconseje si nadie me escucha —y se puso de pie para dar su sermón con mayor autoridad. ¡Cuántas veces les he dicho, sobre todo a funcionarios públicos y políticos, que no mientan! Que decir medias verdades en el servicio público es lo equivalente a mentir.

Hizo una pausa dramática, tal vez en espera de alguna pregunta imprudente, la cual hice. ¿Usted se refiere —inquirí— a los recientes acontecimientos con la boda de los millonarios en Vieques? Ay mijo —dijo poniéndome el brazo flacucho y pellejú sobre el hombro— si a incidentes como ese fuera a referirme tendría que remontarme a los días del “guasop”, a lo de Whitefish posterior a María, a renuncias negadas y luego confirmadas, a contratos de hijos talentosos, a sueldazos de los que supuestamente no se sabía, en fin, a una retahíla de imprudencias que se hubiesen evitado si escucharan mis consejos, y que conste, totalmente gratis, no a precio de asesor. Pero para contestar tu pregunta me refiero en términos generales al sentido común, que es el menos común de los sentidos que los políticos parecen poseer. Diga la verdad y evítese los ramalazos de las medias verdades.

La generalización que hizo me permitió meterla en un asunto peliagudo en el que el nombre Prudencia brilla por su ausencia. Doña Prude —le lancé la carnada apretándole la mano huesuda adornada de disímiles manchas grises— ¿por qué entonces no se va a Venezuela a ver si de un bando y otro la escuchan? El rostro se le ensombreció. Eso va terminar mal —declaró. Cuando la gente se atrinchera en los extremos, y todo lo se ve blanco y negro, sin grises, yo no soy bienvenida. Las inmadureces de un Maduro inmaduro no se combaten con actos de extrema inmadurez —y guardó silencio antes de continuar—. Hay que insistir en que las intervenciones militares externas nunca han solucionado problemas internos de los países. ¿O es que no aprendimos con Irak, Afganistán, Korea y Vietnam entre otras? Convocar organismos internacionales y forzar elecciones donde el pueblo venezolano tenga la última palabra es la única esperanza de solución prudente que yo le veo. Pero cuando la imprudencia ha caminado un largo trecho entonces les abre la puerta a sus amigas la torpeza, la intransigencia y la barbarie.

Insistí en un último punto: don Pepe Mujica, el ex presidente de Uruguay, ha dicho algo muy similar a lo que usted acaba de esbozar doña Prudencia. A él, como a mí —dijo la benemérita dama— por viejos, no nos hacen caso. Hay demasiada testosterona de un lado y otro. La testosterona aderezada de inmadurez produce un desastre seguro.

El viernes a medio día, mientras escribía de este encuentro con doña Prudencia, me enteré de otro jefe de una corporación pública caído en el campo de la imprudencia. Mientras, el avión de doña Prudencia alzó vuelo hacia rumbo desconocido.

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