Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Dos cartas

Supo de la muerte de su hija por la radio. “Escuché tu nombre mal pronunciado y tardé en asimilarlo”, le escribió Rodolfo Walsh a su hija en una carta, cuando ya la sabía muerta para siempre. Él le decía Vicky, en la radio la llamaron María Victoria Walsh, pero su nombre de guerrillera –montonera- era Hilda. Ante la duda, Rodolfo comenzó a santiguarse, como aprendió de niño. Pero no terminó con ese gesto, dice: “El mundo estuvo parado ese segundo.”

Por aquellos días, comenzaba otra dictadura militar en Argentina y Rodolfo Walsh llevaba algunos años lejos de la literatura. Había abandonado una novela para dirigir el periódico obrero de la CGTA. Entre la ficción y la verdad, había escogido la verdad. Hasta que la muerte de su hija lo dejó varado. “Estoy aturdido”, dice en la carta. “Me gustaría verte sonreír una vez más.”

Tres meses después, escribe otra carta buscando esa risa entre los comunicados que publicó la prensa. Frente a la verdad, Walsh imagina, recrea, y hasta inventa: “He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amanecido, y el cerco -dice. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto. -Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía”.

En estos días en que los noticiarios trafican sangre en alta definición del tiroteo en el aeropuerto de Fort Lauderdale; en estos días en que los periódicos rellenan el horror con entrevistas y opiniones de expertos en masacres; en estos días en que la muerte solo se cuenta en pixeles y en el que no basta el silencio, recurro a las cartas de Rodolfo Walsh. Con él, al menos, tengo la certeza de que el mundo todavía sabe detenerse un segundo.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

El escritor Cezanne Cardona cuestiona el trato de Ciencias Forenses a los fallecidos

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