Ángel Collado Schwarz

Tribuna Invitada

Por Ángel Collado Schwarz
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Dos marcas en el servicio público

Según en el olimpismo los atletas conquistan marcas batiendo récords, así también hacen algunos ciudadanos en el servicio público. Los recién fallecidos Guillermo Irizarry y Salvador Casellas establecieron marcas de los estándares que debe seguir un servidor público. Fueron personas incorruptibles, leales, comprometidos con el bienestar común al margen de líneas partidistas y con una alta ética del trabajo.

Guillermo nació ciudadano puertorriqueño en 1916 y vivió la evolución de la ocupación estadounidense desde las primeras décadas del siglo XX. Nombrado Director del Presupuesto por Luis Muñoz Marín en 1960, fue su último funcionario en ocupar el cargo. El gobernador Roberto Sánchez Vilella lo retuvo en el puesto y en 1966 lo nombró el tercer Secretario de Estado de la Isla.

Guillermo siempre era convocado cuando surgían nuevos proyectos, pues ni Muñoz ni Sánchez los aprobaban sin identificar la fuente de los fondos. Tampoco autorizaban la emisión de deuda pública cuyos fondos no fueran destinados a infraestructura. Para Guillermo, era inconcebible emitir deuda para cubrir déficits presupuestarios o pagar intereses.

Él postulaba que la educación superior era la herramienta esencial para impulsar la movilidad social. Fue el creador de la fórmula presupuestaria de la Universidad de Puerto Rico que perseguía aislar a la institución de los vaivenes políticos.

En 1967 Guillermo fue el emisario de dos importantes encomiendas del gobernador Sánchez Vilella. La noche del plebiscito, se le pidió que fuera a ver a Muñoz Marín a Trujillo Alto, donde se celebraban la victoria del ELA, y compartiera su preocupación por los inesperados resultados del recién fundado movimiento estadista. Sánchez entendía que detonaría la fundación de un nuevo partido político estadista con posibilidades de triunfo en las elecciones de 1968.

La segunda encomienda fue presentar los resultados del primer plebiscito en la historia de Puerto Rico, avalado por la metrópolis, al presidente Lyndon B. Johnson. Tras varias horas de espera en la Casa Blanca, a pesar de las gestiones del amigo Abe Fortas, Johnson no recibió a Irizarry, y este se vio forzado humillantemente a descargar su responsabilidad histórica en las manos de un burócrata.

Para Guillermo, los estándares del servicio público comenzaron a disiparse en 1968 con la rotación del poder entre dos partidos políticos con filosofías distintas sobre el futuro del país. El criterio de los nombramientos ya no era necesariamente su competencia profesional, sino, en muchas ocasiones, su afiliación política.

Salvador fue nombrado Secretario de Hacienda por el gobernador Rafael Hernández Colón en 1972. Tuvo que lidiar con los efectos de la crisis económica resultante de la guerra en Oriente Medio y el boicot del cartel de petróleo. El gobierno reclutó al economista James Tobin, cuyo informe resultó ser un presagio de la crisis actual, validado por el informe Krueger en 2015.

Salvador era admirador del primer Secretario de Hacienda, el español Intendente Alejandro Ramírez, quien a principios del siglo XIX fue nombrado para reestructurar las finanzas de la Isla cuando dejó de recibirse el subsidio del situado mexicano. Ramírez estableció programas como la lotería, para sustituir el mantengo.

Salvador fue liberal para algunos y conservador para otros, interlocutor y voz moderada con las fuerzas armadas estadounidenses, defensor de la puertorriqueñidad, opositor de la anexión y paladín de la ciudadanía americana.

Guillermo y Salvador admiraban el proyecto de justicia social de los dos primeros gobernadores, “El Propósito de Puerto Rico”, y vivieron su omisión por parte de las generaciones subsiguientes.

Ambos fueron seres humanos extraordinarios y amigos de sus amigos. Presenciaron apesadumbrados la desintegración de los estándares establecidos en el servicio público a manos de la corrupción, el partidismo, el oportunismo y la falta de ética de trabajo, arrastrando al país a un abismo tenebroso.

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