Alfredo Carrasquillo Ramírez

Punto de vista

Por Alfredo Carrasquillo Ramírez
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Duelos acumulados

Cuando apenas el COVID-19 comenzaba a golpear con fuerza a Nueva York, recibimos una llamada en la que nos comunicaban la triste noticia de que la hermana de la abuela materna de mi hija había fallecido por complicaciones médicas, luego de su contagio con el coronavirus, en un hogar para la tercera edad en dicha ciudad. Si su partida fue una fuente de pesar, mayor dolor provocó saber que su único hijo fue privado, en virtud de los temores del contagio y la estrategia de contención de la pandemia, de estar al lado de su mamá y acompañarle al momento de su muerte y después de ella. 

Cuando en Puerto Rico apenas comienza el alza de casos, y es evidente que el pico del impacto de la epidemia no ha llegado, las familias puertorriqueñas vivimos con angustia anticipatoria la posibilidad de que algunos podamos enfermar e incluso morir como resultado de esta emergencia de salud pública. A esa preocupación legítima se agrega el temor de que, como en el caso de la tía Flor, los seres queridos no puedan acompañar o acompañarnos antes de la partida.  

Estar cerca de las personas que amamos al momento de su fallecimiento no nos evita la amargura, pero indudablemente contribuye a encaminar, de manera sana, la experiencia de ese dolor y el procesamiento de cada duelo. La historia está siendo diferente y será distinta para quienes enfrentemos muertes de seres queridos en las próximas semanas. O no nos permitirán estar cerca de los nuestros por controles salubristas o la suspensión de vuelos y cierres de aeropuertos no permitirán que viajemos para estar a su lado. Es, indudablemente, un escenario inédito, al menos por estas latitudes, que plantea retos para el manejo de las pérdidas. 

Si esto de por sí ya es complicado, tengamos en cuenta que, en los últimos cuatro años, Puerto Rico ha vivido una acumulación de duelos irresueltos y accidentados. Recordemos, por ejemplo, la pérdida de más de cuatro mil boricuas a causa del colapso del sistema de salud y la pésima respuesta de los gobiernos al desastroso impacto de los huracanes Irma y María. En vez de dar paso a esfuerzos colectivos de acompañamiento en el dolor y rituales simbólicos para el manejo de esas pérdidas en medio de un escenario de mucha precariedad por lo lenta que fue la recuperación pos-desastre, lo que experimentamos fue la negación e invisibilidad oficial de los muertos por parte de las autoridades gubernamentales. 

Para echarle sal a esa herida lastimada y no sanada, las despreciables burlas a nuestros muertos en el chat del exgobernador Ricardo Rosselló y sus secuaces, que dieron paso a los eventos del verano de 2019, se encargaron de recordarnos que seguíamos acumulando duelos y malestar, aderezados por el desprecio de los que se suponía que estuvieran ahí para servir al público. 

A nivel familiar y comunitario, al igual que gracias a diversos rituales simbólicos y ejercicios de reivindicación de la memoria, impulsados por gestores culturales y artistas del patio, algo de esos dolores pudo trabajarse. Pero no hay duda de que los terremotos de enero pasado y ahora esta pandemia que comienza gradualmente a impactarnos con fuerza ponen sobre la mesa un desafío colectivo importante: ¿Cómo vamos a contribuir a que nuestra gente pueda procesar tantos duelos acumulados? ¿Qué podremos hacer como país para ayudarnos a sanar? 

Cuando la gestión gubernamental de la emergencia ha estado, nuevamente, caracterizada por la improvisación, la corrupción y la torpeza, lamentablemente, es poco lo que podemos esperar del Estado para mostrar sensibilidad y proactividad en el manejo colectivo de estos duelos. Sin embargo, así como fueron las comunidades mismas, nuestra gente en la diáspora y las organizaciones sin fines de lucro las que con mayor agilidad respondieron a las necesidades luego de los huracanes y los terremotos, tal vez estará en manos de iniciativas y organizaciones no gubernamentales el articular esfuerzos que nos ayuden a todos a enfrentar y procesar nuestras pérdidas. 

En el siglo pasado, Puerto Rico dio muestras de que aquí existen el talento y la creatividad para encaminar esfuerzos de educación y promoción de la salud cuando son necesarios. Los proyectos de la recordada División de Educación a la Comunidad supieron responder, con mucha efectividad y calidad estética, a las necesidades y urgencias de salud que nuestra población enfrentaba entonces.

Mientras dure y luego de esta pandemia, serán los desafíos de precariedad social, crisis de salud emocional y experiencias de pérdidas irresueltas los que van a requerir de esfuerzos colectivos de promoción de prácticas saludables, para gestionar nuestras emociones y procesar nuestros duelos.  

Confío en que pronto emerjan quienes habrán de liderar y crear esas iniciativas en los meses por venir. No podemos seguir acumulando duelos irresueltos ni permitiendo que la corrupción y la incompetencia gubernamentales nos nieguen a nuestros muertos.

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