Rubén Rodríguez Delgado
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Edgar Martínez está en el Salón de la Fama de la humildad

Edgar Martínez esperó pacientemente durante los pasados diez años para que se le hiciera justicia. Como excelente bateador que fue el hoy nuevo miembro del Salón de la Fama esperó por el pitcheo correcto.

Ayer, tras aguardar por casi una década al fin el ídolo del barrio Maguayo de Dorado recibió la gran llamada en donde se le acreditaba como nuevo miembro de Cooperstown. Por los pasados diez años estuve asignado por El Nuevo Día a todo lo relacionado al proceso de votación.

Mi primera llamada la recibía una semana antes de que se hiciera el anuncio para conocer qué pensaba sobre sus oportunidades de ser seleccionado ese año en particular. La segunda el día del anuncio o el día siguiente.

Su por ciento subía y bajaba cada año casi a nivel de desesperación.

Al igual que muchos colegas no podía entender cómo algunos miembros de la Asociación de Escritores de Béisbol de América se negaban a darle su voto a Martínez. No solo fue el mejor bateador designado de su era sino uno de los más puros bateadores de la historia del béisbol.

Pero lo que en principio me costó entender fue la razón esgrimida por este grupo de escritores —lo escuché por boca de ellos mismos cuando coincidía en algunos de mis viajes a los campos de entrenamientos o al propio Cooperstown.

Estos buenos amigos señalaban que Edgar con todo y lo bueno que fue no merecía entrar al Salón de la Fama porque la mayoría de su carrera fue un bateador designado.

¿Pero, no es el DH parte del juego?, les preguntaba. Les decía que no podían penalizarlo por haber hecho carrera en una posición aprobada por el béisbol y que, históricamente, ha tenido un papel importante y protagónico en la Liga Americana.

Estábamos hablando de un individuo que fue tan sobresaliente en su rol que Major League Baseball (MLB) decidió desde el 2004 premiar anualmente al mejor designado con su nombre.

Edgar sabía sobre la forma de pensar de estos escritores, pero siempre se mantuvo tranquilo. Nunca criticó la postura de estos periodistas. Al contrario, respetaba sus formas de pensar aún cuando sabía que con los años se iban desvaneciendo sus oportunidades.

Ese fue siempre el comportamiento del apodado ‘ Papi’ de Seattle. No solo fue un extraordinario bateador sino uno de los individuos más caballerosos y humildes que he conocido en las lides beisboleras.

Fue un jugador que exhibió una conducta ejemplar durante su carrera. También ha estado envueltos en causas sociales en Seattle y en su adorado Maguayo.

Es por eso que para mí entró hace tiempo al pabellón de los Inmortales. Edgar está hace rato en el Salón de la Fama de la humildad.

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