Rafael Román Meléndez

Punto de Vista

Por Rafael Román Meléndez
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Educación en tiempos del COVID-19

Nos ha tocado vivir en circunstancias inimaginables, no solo a Puerto Rico, sino al mundo entero. En el caso de Puerto Rico, lo ha complicado un inicio de año con terremotos que inclusive impidieron que estudiantes tomaran clases en sus escuelas desde diciembre.  Llegó el COVID-19 y nadie puede asegurar, categóricamente, que ha podido manejar el tema de las decisiones sobre educación u otros temas con la precisión más certera. Ha sido un reto que nos ha obligado a todos a hacer ajustes y cambios en nuestra forma de vivir y trabajar.

El COVID-19 nos ha traído a la atención nuevamente, sobre todo en Estados Unidos, el tan discutido tema de la Equidad (Equity) en la educación. Hago la aclaración que en esta ocasión no me refiero al tema de la equidad de género, hago mención de lo que se conoce para el Departamento de Educación federal como el “Equity Plan” de cada estado o jurisdicción. Se trata de cómo el estado garantiza proveer una educación accesible en igualdad de condiciones a cada estudiante y según sus necesidades. Puerto Rico sometió su plan en 2016 y fue aprobado por el gobierno federal. Pero más allá de planes, hablemos de realidades y preguntas por contestar.

¿De verdad podemos garantizar que nuestros estudiantes podían cumplir todas sus metas en estas circunstancias? ¿Lo podemos asegurar en circunstancias regulares? Seamos intelectualmente honestos y no tan puristas. El principal problema es que se intentó normalizar con la educación a distancia el proceso educativo completo casi como por control remoto.  Las experiencias educativas requieren de condiciones que la estimulen. Esas condiciones muchas veces son un reto en la sala de clases, mucho más desde la sala de la casa y sin experiencias previas.

El intento de la normalización afectó también a los maestros, quienes se involucraron en una lucha sin cuartel por evidenciar el cumplimiento, casi en automático, por directrices en ocasiones o por competencia entre escuelas.  Las redes sociales evidenciaban ansiedad, competencia, a veces extraordinarias iniciativas e ideas, en otras ocasiones faranduleo proselitista de “buenas prácticas” con nombres de programas, marcas y/o empresas que nunca pierden el tiempo para sus causas.

La promoción de grado, es un tema sensible. No obstante, nos hemos centrado en las notas y la responsabilidad, no en el aprendizaje: las experiencias también enseñan. ¿Educamos solo para para calificar? Estadísticamente, año tras año, se comienza el semestre escolar con pre-pruebas que muchas veces evidencian que de mayo a agosto hay un abismo de terreno perdido en las brechas de aprendizaje. Quizás la respuesta sería ¿imagínate entonces si a todos los pasaron de grado? Buen punto, pero por experiencia me atrevo a vaticinar que cuando ocurra el ejercicio, no habrá mucha diferencia. Durante este periodo ¿cubrimos material y lo evaluamos en condiciones regulares? Todas las tareas que evaluamos ¿las hicieron los estudiantes?  ¿Se califica la responsabilidad? ¿Todos cumplimos con la política pública al pie de la letra? ¿Aspirábamos a que los estudiantes que no cumplen en condiciones regulares lo hicieran mejor en esta ocasión? ¿Y los adultos? ¿Siempre cumplimos? ¿Enviamos tareas con prácticas pedagógicas apropiadas? ¿Enviamos instrucciones claras, rúbricas?

Muchos se esforzaron y eso es loable. No obstante, no es un sacrificio cumplir con lo que nos toca; educamos con el ejemplo de la responsabilidad a los que lo hicieron bien. Los que no cumplieron, se les hará más difícil, es lección de vida. Tampoco podemos partir de la premisa de que existe relación directa entre promover un grado y aprendizaje. 

La promoción de grado, en estas circunstancias, es un ejercicio administrativo necesario. En el país, los padres y madres, los estudiantes y maestros, los directores, llevan meses empujando y trabajando en circunstancias que requieren un “reset o restart”, apaga y empecemos de nuevo, hay que parar, volver y partir de nuevas circunstancias. 

Lo que hay que hacer es dejar de pensar en que el próximo año debe ser uno regular y seguir el mismo libreto, porque no lo es. En agosto, si es que se empieza, todas las circunstancias tienen que ser distintas con un plan alterno para aquellos estudiantes que fueron promovidos sin cumplir con todo.  Claro está, no puede quedarse en palabras. No se puede seguir tratando de acomodar Todo a la normalidad que no existe.

Lo que se determinó en Puerto Rico no es distinto a lo hecho en muchos distritos escolares en Estados Unidos. La diferencia quizás estuvo en que muchos distritos recibieron instrucciones de los comisionados, superintendentes, secretarios o juntas de Educación (Boards of Education estatales); previo al inicio del aprendizaje remoto, en cuanto a los criterios de evaluación. Por ejemplo, se instruyó que las calificaciones de los estudiantes no podían ser menores a las que tenían previo a la emergencia y que todo lo que se trabajara durante este periodo, tendría que ser re-enseñanza o reposiciones para aumentar sus promedios.

En fin, no educamos en tiempos iguales, nada está escrito en piedra. De lo que sí estoy seguro es que los que tienen la vocación como ministerio, lo seguirán haciendo bien y en amor, no importa las diferencias de criterio que a veces se tienen con los administradores escolares: importan más los estudiantes. Educar es vocación.


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