Antonio Quiñones Calderón

Tribuna Invitada

Por Antonio Quiñones Calderón
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Ejercer el mandato con cautela

Aunque indiscutible –y casi similar al de 3 de las pasadas 4 elecciones–, el mandato recibido por el doctor Ricardo Rosselló para gobernar debe permitirle implantar su programa de gobierno mayoritariamente avalado por el electorado en una carrera a seis carriles. La decisiva victoria de su equipo legislativo, con control apabullante tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, y la presencia de una aliada en la comisaría residente, debería permitir al 11mo. gobernador elegido por su pueblo implantar su programa de gobierno sin innecesarias obstrucciones.

Sin embargo, aunque debería ser así, la reciente y la no tan lejana historia política de nuestro pueblo nos ha enseñado que hay factores, endógenos y exógenos, que suelen impedir que una administración pública pueda traducir en obras y servicios la voluntad soberana del pueblo. Inclusive, como veremos seguidamente, en casos de respaldos electorales superiores.

Los ejemplos están aún frescos, incluyendo el más dramático: el de la elección general de 1964, que otorgó a Roberto Sánchez Vilella un incuestionable mandato para gobernar refrendado por 492,531 votos, 59.2% del total de votantes, y 204,027 más que los obtenidos por su inmediato rival. Así que debería haberse apostado a que Sánchez tendría vía libre para implantar su programa de gobierno y presentarse a la reelección cuatro años después con una razonable probabilidad de triunfo. Sin embargo, antes de que concluyera el primer año de su mandato, ya comenzaba a catalogársele, como lo describió un periódico en inglés, “the one term governor”.

En su caso, el factor que desmereció el mandato del pueblo y doblegó la administración Sánchez Vilella fue de carácter endógeno, o como se dice por ahí, “la cuña del mismo palo”. El cuerpo místico del PPD, que no se acostumbraba sin la figura del carismático Luis Muñoz Marín en La Fortaleza –es decir, del hombre que les sacaba las castañas del fuego, y con cuyos jefes de agencias podían asegurar su inserción en la nómina pública–, elevó la situación personal de su gobernador a asunto de categoría de Estado. Así, obstruyó, desde el famoso “segundo nivel del gobierno”, la agenda de trabajo de Sánchez. Abrumado por las querellas que le llegaban hasta su retiro hogareño a la vera de Trujillo Alto, el gran patriarca, en una actitud que restó brillo a su largo historial de hombre democrático, se plegó a aquella insidia contra el hombre que cuatro años antes había proclamado en el estadio Cholo García de Mayagüez como “de conciencia ilustre, que hará un trabajo tan bien como yo en La Fortaleza”. Que años después se arrepintiera públicamente de aquel desvío de su ejemplar historial anterior no impidió las consecuencias de aquella encerrona contra Sánchez: la subsiguiente primera derrota del popularismo, el inicio de la alternancia en el poder público y el surgimiento del Partido Nuevo Progresista que fortaleció exponencialmente al movimiento estadista.

Ocurrió igual en el cuatrienio 2001-05. A pesar de su considerable triunfo en 2000 (con 60,000 votos de ventaja y el firme control de Cámara y Senado), la gobernadora Sila Calderón vio empantanada su administración desde el día primero al no “conectar” con sus legisladores, quienes le adjudicaban un ánimo arrogante y distanciado con ellos, lo que llevó a serios encontronazos entre La Fortaleza y el Capitolio. Las irregularidades, improvisaciones y las fuertes críticas de muchos alcaldes populares sobre las llamadas “comunidades especiales”, su proyecto emblemático para el que prácticamente descapitalizó el Banco Gubernamental de Fomento, que inició su camino hacia el colapso, contribuyeron a la seria laceración de su administración. Así lo reflejaban todas las encuestas de El Nuevo Día, incluyendo la para ella fatídica de mayo de 2003. El 62% de los encuestados desaprobaba su gestión en La Fortaleza. Dos días después, la gobernadora anunciaba que no buscaría la reelección.

El más reciente ejemplo de cómo factores al interior y al exterior de un gobernador victorioso (y su partido) pueden alcanzar un triunfo arrollador, con control absoluto de los poderes ejecutivo y legislativo, pero verse estancado y desfavorecido por el electorado en la siguiente oportunidad de enjuiciarlo se dio con la elección del gobernador Luis Fortuño en 2008. Desde hacía 44 años (12 elecciones), ningún gobernador y partido habían tenido un triunfo tan contundente: Fortuño apabulló a Aníbal Acevedo Vilá con una ventaja de 224,264 votos (su partido superó al Popular Democrático por 208,306).

No obstante, prontamente comenzarían severos enjuiciamientos a sus políticas públicas, principal y marcadamente a la económica y laboral, tras la designación de un grupo, denunciado elitista, para sugerirle formas y maneras de reducir la nómina pública, como era de rigor ante la enormidad del gasto público. Aunque descartó las principales ideas regresivas del grupo original, la manera en que se implantó el programa de reducción de la nómina pública, incluyendo insensibilidad de parte de los jefes de agencias a la hora de someter sus listas de despidos, y la respuesta desarticulada por su equipo económico a los cuestionamientos abrió la puerta a una larga campaña de oposición por todos los flancos, que llegó hasta el mismo día de los siguientes comicios.

En el contexto político-electoral, los factores exógenos, desde luego que son impredecibles. Pero pueden ser controlados –cuando menos neutralizados– con una buena dosis de perseverancia en la acción afirmativa del programa de gobierno aprobado que halle eco y refugio en el pueblo.

Evitar los endógenos no requiere mucho esfuerzo, y es obligación primaria del gobernante: atenerse a sus compromisos programáticos, pero con espacio respetuoso a las aportaciones que, para mejorarlos, puedan provenir de una minoría responsable, y mantener una conducta dialogante sincera con sus aliados en Cámara y Senado (incluyendo respetar sus decisiones internas para la composición de su liderato). En fin, requiere tan solo la conciencia alerta de que gobernar es encomienda espinosa que debe descargarse con cautela.

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