Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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Ektor ante el desquicio del prejuicio

Con mucha preocupación leí la noticia del ataque verbal xenofóbico contra el actor puertorriqueño Ektor Rivera en los trenes de Nueva York. Felicito a este honorable puertorriqueño por su fortaleza, resistencia, y por la madurez y sabiduría con la que dio una gran y gratuita lección de educación cívica al mal-educado e ignorante agresor.

Confieso que no pude evitar el recuerdo de un familiar asesinado en los 70’s en el Bronx víctima del mismo prejuicio racial. Al no contestar a las increpaciones de sus atacantes fue sacado a la fuerza del vagón. Le tiraron desde la altura de la parada hacia la avenida abajo y murió. La monomanía genera tales muertes y sufrimientos.

El pre-juicio es una valoración inducida y aprendida que se hace sobre una persona a la que no se conoce en sus propios méritos, derechos o condiciones. Promueve opiniones inventadas, ya que su fundamento radica en ideas generales, irracionales y disparatadas.

Son generalizaciones difamatorias que sirven para estimular y justificar reacciones emocionales, cognitivas y conductuales de rechazo, agresión verbal o física y sobre todo, desprecio y humillaciones. El pre-juicio negativo busca degradar y, con ello, asustar a la víctima. Es la forma más vieja de psicoterrorismo social.

El pre-juicio desune, obstaculiza y atenta contra la diversidad. Se monta en la arcaica idea de que la homogeneidad es lo que hace mejor, incluso superior, a ciertos grupos sociales. La historia universal revela que esa “pureza” social, por aislamiento en grupos cerrados y exclusivos, no es cierta ni permanente pues los intercambios raciales ocurren por diversas razones históricas. La humanidad es un gran sistema vivo y dinámico compuesto de muchos y diversos grupos que son interdependientes de alguna forma, sobre todo en tiempos de dificultades. Hasta los pueblos o grupos más enemistados afrontaron en algún momento la necesidad de tener que reformular alianzas para resistir nuevos enemigos o problemas. Por ejemplo: el blanco norteamericano necesitó de los esclavos negros para su Guerra Civil entre Norte y Sur y para sus guerras externas.

La base emocional del pre-juicio es el miedo. Los amenazados tienen miedo de que alguien – el ajeno, el extraño, el emigrante- les quite lo que creen que tienen. Asimismo, la base cognitiva del prejuicio es la intolerancia; esto es, la idea de que no se les puede dejar pasar ni una para que no tomen ventajas ni ganen en una competencia fantaseada.

Antiguos grupos indígenas tenían otra concepción del universo, paradójicamente, mucho más adelantada que las de los blancos invasores por cuanto era más holística y sistémica. Planteaban la colaboración e integración con la vida (mediante códigos de honor y respeto) pues, después de todo, en el planeta Tierra nada es de nadie sino algo prestado para todos.

El pre-juicio genera odio y muerte. El insulto alimenta la antipatía, la grosería y la violencia del ignorante. ¡Qué bueno que este joven actor puertorriqueño reaccionó sin odio, pero sin intimidarse, al desquicio violento de un ignorante supremacista norteamericano! ¡Qué buen embajador ha sido en estos tiempos de cólera xenofóbica! Esperemos que alguna vez “las personas finalmente se den cuenta de que solo hay una raza - la raza humana-y que todos somos miembros de ella" (Margaret Atwood) y que nada más cierto que las palabras del mártir Luther King: “El odio no puede sacarnos del odio. Solo el amor puede hacerlo”. Gracias, Ektor, por dar el ejemplo.

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