Cezanne Cardona Morales

Punto de vista

Por Cezanne Cardona Morales
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El acelerante

A todos les dijo lo mismo: “Si no hacen algo por impedir que sigan torturando a mis hijos, me empaparé de gasolina y me prenderé fuego en el atrio de la Catedral”. Se llamaba Sebastián Acevedo, era chileno, minero de profesión y por eso nadie le creyó: ni los ayudantes del arzobispo, tampoco los periodistas o dirigentes de la industria y el comercio, mucho menos los funcionarios de gobierno que, por esa época, le servían a la dictadura militar de Augusto Pinochet.

Dos días después, el 11 de noviembre de 1983, Sebastián Acevedo cruzó la Plaza de La Independencia en la ciudad de Concepción, trazó un círculo de tiza y gritó el nombre de sus dos hijos detenidos por el gobierno. Tratando de impedir la inmolación, alguien cruzó la línea de tiza y Sebastián se echó por encima un cubo de gasolina y se prendió en fuego. Le faltaron al menos ocho horas para morirse, cuenta Gabriel García Márquez sin exageraciones en “La aventura de Miguel Littín en Chile”.

Agonizando, lo llevaron al hospital más cercano. La conmoción pública logró que, al menos, su hija hablara con él. Como estaba en tan mal estado, los médicos solo le permitieron a la hija hablar con su padre desde un intercom o un portero eléctrico, ese aparato que, con apretar un botón, llama al dueño de la casa o apartamento. “¿Cómo sé yo que tú eres María Candelaria?”, le preguntó a la voz que lo llamaba. Entonces, María Candelaria le dijo el diminutivo con el que él la llamaba cuando era niña.

Hasta el pasado lunes en la mañana, esa escena era la más conmovedora, drástica y dramática que jamás había escuchado entre la gasolina, un padre y sus hijos. Pero Wilson Javier Meléndez Bonilla, de 19 años, me arrebató esa escena cuando le echó gasolina a su exnovia de 13 años. Aún imagino a la madre intentando socorrer a su hija sin poder hacer nada. ¿Cómo se apaga un fuego en la piel? ¿Cómo se detiene un acelerante? La madre no pudo hacer mucho. Su hija sufrió quemaduras en el 90 por ciento de su cuerpo. Ahora es la madre la que recibe las otras quemaduras: las del moralismo y el machismo.

En la radio, en los programas de chismes, en la café de la esquina, en el tapón, en las mesas de los restaurantes, en los “foodcourts” de los centros comerciales, en los pasillos de la universidad, en las oficinas de gobierno, casi todos comentaban lo mismo: “Esto se pudo haber evitado”. “¿Cómo la madre permitió esa relación?” “Y dicen que no pagan la renta” “Que les habían cortado la luz y el agua”. “Que la madre tuvo esa niña muy joven”. “Que no enviaba a sus hijos a la escuela”. De pronto, casi todos hablaban de la madre, no de Wilson Javier Meléndez Bonilla ni de sus actos criminales, ni de la violencia de género ni del machismo. Wilson Javier Meléndez Bonilla pasó a un segundo plano, se convirtió en personaje secundario, de esos que no salen ni en los exámenes de comprobación de lectura; se volvió efecto colateral, letra chiquita. La aceleración fue procaz: de la madre de la niña se pasó a hablar de la otra madre, la de Wilson Javier Meléndez Bonilla, solo para seguir quemando a la madre de la víctima.

Esos mismos que hicieron filas de más de ocho horas para llenar su tanque luego del huracán María, esos que desbordaron su generosidad frente a las gasolineras, ahora están rociando acelerante, prendiendo el cuerpo de la madre. ¿Con qué se apaga el fuego de este circo de gasolina?

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