Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El acoso

Fue una historia de amor de solo 124 palabras, en las que, sin embargo, se recogían, con la breve maestría de los clásicos, todos los atributos esenciales de los buenos relatos.

Tenía su comienzo, su desarrollo, su clímax y su desenlace. Había suspenso, una heroína, un par de víctimas y hasta villanos, que en estos trances nunca pueden faltar. Duró poco, como casi todo lo bueno, pero con el potencial de adquirir el status mítico de los famosos que mueren todavía jóvenes.

Empezaba con una apasionada y encendida declaración de amor capaz de enternecer el alma más tosca: “Querido Ricky, te amo con todo mi corazón”.

Le seguía, de inmediato, el conflicto: “Pero no te metas con el dinero de mis hijas porque hasta ahí llega mi amor por ti”. Acto seguido, hicieron aparición la heroína y las víctimas: “Con mi bono hago posible que Santa llegue a mi casa, ya que el salario que gano solo me da para cubrir el costo de vida de mis hijas y mío, ya que soy madre soltera (casa, carro, compra, plan médico, ropa)”.

Y antes de terminar, ahí estaban los villanos: “Le invito a bajarse el sueldo usted y todo su equipo de trabajo que ganan dinero demás y les da para aportar al pueblo sin la necesidad de jo… a los que trabajamos”.

El desenlace ya es casi para llorar, pues a quien antes se le tuteaba y se le amaba con todo el corazón, de repente se le trata con un frío “usted” y se le anuncia la ruptura definitiva: “Demás está decir que en el próximo cuatrienio usted ya no contará ni con mi voto, ni con mi ayuda en su campaña”.

La historia de la vida real la publicó en Facebook una joven identificada como Jeannette Pagán, junto a una foto de ella con Ricardo Rosselló, fulgurantes sonrisas ambos, de los tiempos aquellos, no muy distantes, en que el entonces candidato cabalgaba por la isla sobre el lomo de las aspiraciones de los boricuas, encantando a jóvenes y a viejos con su “un mejor Puerto Rico es posible”.

El futuro parecía, entonces, la olla de oro al pie del arcoíris. Algunas cosas han cambiado desde entonces.

Jeannette Pagán se desató por Facebook unas horas después de que Rosselló, ahora convertido en gobernador y aprendiendo todos los días que no es igual con violín que con guitarra, anunciara una nueva reforma laboral para la empresa privada que tiene tres elementos que causaron un hondo estremecimiento en el país: reduce a siete los días de enfermedad y vacaciones que se pueden acumular al año; elimina la obligatoriedad de dar un bono en Navidad, y elimina en tres años la paga por despido injustificado.

La propuesta viene enyuntada también con una promesa de aumento del salario mínimo de $7.25 a $7.75 en el 2019 y a $8.25 en el 2021, pero casi nadie le hizo caso a eso, principalmente porque palabra de político es, pues, palabra de político.

Todos los ansiosos ojos se fijaron en la poca oportunidad que habrá para enfermarse, apenas siete días para tomar vacaciones durante el año, y la escalofrianteperspectiva de que cualquiera podría ser despedido de su empleo sin justificación alguna.

Las propuestas son de la autoría intelectual de la Junta de Supervisión Fiscal, que ostenta el verdadero poder en Puerto Rico. El gobernador Rosselló las hace pasar como suyas porque necesita seguir dando la impresión de que toma las decisiones importantes aquí.

La Junta cree que estas leyes complican “el ambiente de negocios” en Puerto Rico porque a las empresas les parece que aquí se les da mucho descanso a los empleados, se les permite enfermarse demasiado y no se les puede despedir como y cuando el patrono quiera, independientemente del desempeño del trabajador. Da trabajo reclutar, dicen, porque después no se puede despedir fácilmente.

También parece que complica “el ambiente de negocios” en Puerto Rico el que hay una ley desde los años 60, que obliga a dar un bono de Navidad que depende del tamaño del negocio y del salario del empleado y que hoy no es obligatorio pagar si la situación económica de la empresa lo justifica.

Todo eso, dice la Junta, y el gobernador le cree o se hace que le cree, encarece tanto el montar un negocio en Puerto Rico que los empresarios prefieren irse a Estados Unidos, donde los salarios son en promedio dos o tres veces más que en Puerto Rico.

Conviene a todos los interesados en esto, quitarse el gabán, aflorarse la corbata, dejar las oficinas en rascacielos y los salones de conferencia. Conviene salir a la calle.

Comer, quizás, en una guagüita de tripletas a orillas de la carretera, junto a choferes y obreros. Beberse un café en la panadería que queda frente a la plaza pública, viendo el ir y venir de los menesterosos. Saborear una empanadilla en un chinchorro operado todavía con generador eléctrico.

En esos sitios, está la gente que con su sudor y sus músculos mueven al país contra todo obstáculo imaginable. Allí, nadie ve este asunto desde la perspectiva del “ambiente de negocios”.

Allá abajo lo que se ve es a un ciudadano acosado por la incompetencia, por la corrupción, por el costo de la vida, por la precariedad y la pobreza, al que se le pide que siga desprendiéndose de lo poco que ya le va quedando.

Desde allá abajo lo que se ve es a encorbatados (y alguna encorbatada también) rediseñando a la isla de acuerdo con sus visiones e intereses, sin tomar en cuenta al que conduce un camión, liga cemento, enseña en una escuela o al que estudió una carrera y no ha logrado encontrar una ocupación que le permita emplear las destrezas que con tanto sacrificio adquirió.

Allá abajo se ve que no es la primera vez que traquetean con los derechos de los trabajadores con la promesa de que al final todos saldremos beneficiados, sin que esas promesas se hayan cumplido. Allá abajo lo que se ve es la repartición de contratos multimillonarios en circunstancias nebulosas, a cabilderos, a grandes bufetes y agencias de publicidad ligadas a los gobernantes.

Hiede, allá, la repartición de salarios de primer mundo de ciertos funcionarios. Se ve a jefes de agencia defendiendo sus parcelas. Se ve el nepotismo, el favoritismo y el abuso.

Se ve, en pocas palabras, una institucionalidad que siendo principal responsable de la debacle que vive el país, lucha ferozmente porque los cambios no le toquen como han tocado, tocan y seguirán tocando a todos los demás. Se ve, a mil millas de distancia, que el cacareado sacrificio no es para todos, sino para los mismos de siempre.

El post en Facebook de la joven Jeannette Pagán llegó a ser compartido 30,000 veces, se le dieron unos 20,000 likes y llegó a ser comentado por cerca de 6,000 personas, antes de que desapareciera misteriosamente unas horas después de ser publicado.

Eso es lo que se llama, en estos tiempos del imperio de las redes sociales, un contenido viral, que se riega como un virus.

Eso significa que su simple historia de amor y desengaño de 124 palabras prendió como una mecha y se propagó vorazmente, alumbrando en el camino el estado de ánimo sacudido con el que el país ha recibido la propuesta de alterar tan dramáticamente la manera en que nos empleamos.

Acá hay hace mucho tiempo una ruptura casi irreparable entre gobierno y gobernados.

Hay una crisis de confianza que se agrava cada día.

Hasta el momento, sin embargo, eso, aparte de alguna protesta esporádica, y de unos candidatos independientes sacando unos poquitos de votos más de los que se esperaban en las últimas elecciones, no ha tenido grandes consecuencias para los gobernantes.

El revuelo con que se ha recibido la propuesta de la nueva reforma laboral, hace pensar que el acoso llegó a un punto del que ya no es posible pasar.

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