Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
💬 0

El agresor más peligroso se oculta hasta de sí mismo

El 2 de noviembre, en la conmemoración del Día de los Muertos, Puerto Rico despertó con la horripilante noticia de tres inocentes niños vilmente asesinados por su padre. De nuevo el país fue golpeado por una dantesca, imperdonable e inimaginable tragedia que ha hecho llorar hasta al más fuerte de los profesionales de ayuda.

Engalanado con un grillete y la denuncia por violencia doméstica, el hombre que una vez se llamó padre cobardemente se suicidó tras cometer su triple fratricidio no sin antes fumar un cigarrillo y tomarse un café, según reportado en algunos medios. En medio de este espinoso, delicado y trágico asunto, muchos nos preguntamos, ¿quién le dio acceso a los menores cuando el 17 de noviembre se había establecido peligrosidad razonable para la madre, a quien se le otorgó una orden de protección en la que los hijos quedaron fuera, como suele ocurrir? ¿Por qué los niños no fueron protegidos también? ¿Solo porque el padre parecía buena persona?

Ese aparente buen padre, hijo y esposo hace tiempo daba evidencia de su descontrol violento intra-familiar aunque, como es bastante típico del agresor de clase media-alta, lograba manipular la apariencia pública bastante bien. La gente ve lo que quiere ver o escoge lo que no quiere ver mientras los agresores se vuelven expertos en ocultar su verdadera cara encubriendo sus oscuras necesidades. Estoy segura que ahora muchos, al mirar retrospectivamente, identificarán indicativos de su violenta personalidad.

El agresor más peligroso no es el que abiertamente rechaza, maltrata o destruye su familia, sino el que lo oculta, a veces, hasta de sí mismo. Si bien el agresor abierto puede hacer el mismo daño que el oculto, el segundo es mucho más difícil de detectar, incluso de aceptar. La mayor parte de los testimonios de vecinos y conocidos repetían lo cariñoso, responsable y buen padre que era. Señores, una cosa no es incompatible con la otra. Puede haber amor filial, pero si no hay respeto por la vida de la esposa es cuestión de tiempo antes de que la violencia aparezca dirigida hacia los hijos. Debe quedar claro que quien asesina sus hijos por sus propias frustraciones y corajes no les amó con respeto sino con egoísmo malévolo. El componente del respeto hacia la vida hace un mar de diferencias.

Esta cruel matanza familiar pudo ser evitada. Si, aunque algunos quieran debatir lo contrario, violentas tragedias, como esta, pueden prevenirse. Para ello hay que estar muy pendientes y comprometidos a trabajar ardua, constante y vigilantemente en dos niveles: primero, atendiendo las señales de peligro que ineludiblemente casi todos los agresores, suicidas y homicidas van dando incluso dentro de la secretividad de clases media alta y alta y a pesar de sus intencionadas actuaciones y ocultamientos; segundo, tomando acciones afirmativas y valientes para la denuncia e intervención que puede detener las terribles intenciones de agresores.

Reconocemos que existen problemas en este tipo de prevención, principalmente la ignorancia y la indiferencia. A nivel individual, personas mal-acostumbradas a tranquilizar sus conciencias con excusas acomodaticias bloquean su responsabilidad de la denuncia con argumentos de “yo no me meto en asuntos ajenos”, se consuelan con el discurso derrotista del “nada puede hacerse” o justifican su silencio con el discurso del miedo: “No digo nada para que no la cojan conmigo”.  Analizado en frío tenemos que concluir que todas son excusas, racionalizaciones, justificaciones y distorsiones de la moral social, la responsabilidad ciudadana y de los principios o valores culturales fundamentales para la sana convivencia como el compromiso de solidaridad con los que sufren o están en peligro.

Quienes asumen excusas callan y con el silencio dan espacio a la tragedia. La violencia familiar no es asunto privado y tenemos que derribar ese mito cuanto antes. Para ello es necesario seguir reforzando la educación preventiva  la comunidad y las leyes de protección a las víctimas. Eso incluye trabajar con la idea errada, pero muy generalizada, de muchos policías, jueces, abogados, médicos, trabajadores sociales y otros profesionales, incluyendo psiquiatras y colegas psicólogos, que piensan que los agresores deben recibir oportunidades de relaciones filiares para “salvar” la familia como institución.

Entendamos de una vez y por todas que los agresores, sean quienes sean, no pueden salvar sus familias pues no tienen medios ni intenciones para ello. Ellos son, precisamente, los que atacan y destruyen sus familias llevándolas a la disfuncionalidad, la desgracia, los traumas psicológicos, la muerte o todos los anteriores. No se pone el cabro a vigilar las lechugas esperando que no haya malas consecuencias. Es ilógico.

En segundo lugar, hay problemas a nivel sistémico. Faltan protocolos más exigentes. Actualmente, existe una enorme fisura judicial entre la protección de la víctima (por ejemplo, mediante la aplicación de la ley 54) y la seguridad emocional o física de los hijos. Si se determina peligro razonable para confirmar una orden de protección, ¿por qué se asume que la persona agresora es confiable como para no agredir los hijos? Si la violencia con la pareja ocurrió frente a menores y así está contemplado en la definición legal de maltrato a menores, ¿por qué no se proveen medios seguros automáticos, compulsorios y temporales para que las relaciones del agresor con sus hijos, aunque no se quiten si no son casos extremos, puedan darse protegidas mientras se investiga y dilucida el caso? En casos que involucran menores ¿porque no existe un protocolo obligatorio de referido inmediato a Familia?

Comprendemos que nuestro sistema judicial se fundamenta en la premisa de inocencia y que no se pueden violar derechos sin evidencia ni sentencia pero eso no exime la posibilidad de implementar medidas cautelares intermedias que den tiempo de enfriamiento al agresor protegiendo todas sus potenciales víctimas e incluso a sí mismo. ¿Por qué no se le exige cumplimiento evidenciado de alguna forma de ayuda profesional psicológica antes de devolver las relaciones filiares sin supervisión? No es por falta de profesionales, señores, que los hay, sino por falta de visión sistémica sobre la utilidad y prioridad de la inclusión de servicios de diagnóstico y tratamiento. Esto puede dirigir al aggresor hacia una necesaria ayuda psicológica sin excusas ni retardo.

Las investigaciones revelan que la violencia del agresor doméstico escala cuando su pareja busca y obtiene una orden de protección porque lo desenmascara. Escala, también, con los hijos poniéndolos en mayor peligro. Entonces, ¿qué hace falta para ayudar a prevenir más contundentemente el abuso contra los hijos, o el peligro de daño adicional o muerte, en casos de violencia familiar?

Los jurisprudentes deben aportar opiniones y soluciones. La responsabilidad debe llevarnos a ser diligentes, precavidos y analíticos con las leyes que necesitan mejoras, a ocuparnos en vez de preocuparnos, a intervenir sin titubeos pusilánimes y, óptimamente, a detener, precaver o disminuir las tragedias. 

Nunca es tarde sino hasta que es demasiado tarde. Para esta familia no hay vuelta atrás y lo decimos con mucho dolor en nuestros corazones. Esa madre enfrenta el peor de los duelos y su proceso será largo y difícil por lo que necesita toda la ayuda posible. Pero el sistema puede mejorar haciendo ajustes necesarios para evitar otras futuras desgracias. Sin excusas. A los niños hay que protegerlos con afirmatividad, sin ambivalencias, sin ilusas quimeras de confianza ciega en adultos alterados en medio de conflictos violentos.

Otras columnas de Angie Vázquez

miércoles, 12 de diciembre de 2018

La psicología de la alegría

La psicóloga clínica y comunitaria, Angie Vázquez, expresa que la alegría es como una pasión clara que se contrapone a las pasiones oscuras como la tristeza y la envidia

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Psicopatografía del fanatismo trumpeano

La psicóloga clínica Angie Vázquez expresa que el fanatismo no libera, esclaviza. No garantiza acceso al poder ni representa buenas formas de pensamiento

lunes, 12 de noviembre de 2018

Nefasto matrimonio entre odio y armas

La psicóloga Angie Vázquez declara que detener la ola sangrienta requiere asignación de recursos extraordinarios y políticos valerosos que enfrenten a grandes intereses

martes, 30 de octubre de 2018

La pandemia del odio

La profesora Angie Vázquez plantea que el tema del odio debe ser observado como epidemia de salud pública y destaca como su fomento en movimientos centrados en xenofobia, misoginia, racismo y otras actitudes de discriminación son abonadas por el miedo a la otredad mientras se cancelan iniciativas para estimular respeto, amor, tolerancia

💬Ver 0 comentarios