Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El americano feo

En esta temporada Donald Trump he echado de menos una expresión que escuché en mis años de formación, y me refiero a la expresión “ugly american”. La expresión aludía a lo que es y representa Trump: el norteamericano rubio, arrogante y jactancioso, prejuiciado y racista, etnocéntrico. La feliz expresión se usó por vez primera como el calce de la foto de un turista yanqui tomada por el fotógrafo Constantino Arias, posiblemente durante comienzos de los cincuenta, los más notorios del llamado “highball express” Miami-La Habana. La foto muestra a un turista borracho y en traje de baño, una botella de ron en la mano derecha y otra de whisky Vat 69 en la izquierda, un habano en la boca y usando un sombrero mexicano. Posa descalzo frente a las banquetas de un bar y el calce lee “The Ugly American”. La foto es satírica y a la vez triunfalista; el “americano feo” hace lo que le place en cualquier plaza de nuestros países.

The Ugly American también fue una novela muy popular publicada en 1958, a punto de culminar en Cuba la Guerra Fría, en que Atkins, un americano particularmente feo de cara –a la Trump, o a la Fiorina– intenta, aunque bien intencionado, la transformación de una sociedad neocolonial. Esa novela no la debemos confundir con una anterior, esta vez de Graham Greene, publicada en 1955 y que se tituló The Quiet American. El escritor católico inglés de actitud cínica, descreída y eurocéntrica, aquel célebre Graham Greene de izquierda, nos advierte sobre los peligros del idealismo norteamericano, ya sea el “nation building” en Irak o el “welfare building” de Tugwell en Puerto Rico, las excepciones radicales arriesgadas a la Ralph Nader o Bernie Sanders. Para Greene, el americano bien intencionado siempre será doblemente “feo”, y peligroso.

Los antecedentes históricos de estas actitudes tienen su fundamento en la actitud de Teddy Roosevelt y su política imperialista del “Big Stick”. El destino manifiesto norteamericano suponía una superioridad racial y cultural. De ahí su reverso, ese resentimiento en nuestro nacionalismo de los años treinta: Juan Antonio Corretjer se refería a los americanos como “la diarrea yanqui”, eso mucho antes de que naciera Trump con su rubio pajoso. Ahora bien, Franklin Delano Roosevelt, que identificamos con el americano idealista y liberal, el del “Nuevo Trato” –ya nos lo advirtió Graham Greene–, decía de Somoza: “He is a son of a bitch, but he is our son of a bitch”. También se volvió peligroso: lanzó a campos de concentración, durante toda la Segunda Guerra Mundial, e invocando poderes extraordinarios, a miles de ciudadanos americanos de ascendencia japonesa. Decía Albizu Campos que Puerto Rico era la tumba del liberalismo norteamericano.

Con esas coordenadas y esas caras tuvo que lidiar Luis Muñoz Marín durante toda su carrera política, desde Tugwell hasta la creación del Estado Libre Asociado y los intentos –siempre fallidos– de culminarlo. Muñoz Marín tenía la ventaja de dominar a la perfección el inglés, habiéndose formado entre Washington y Greenwich Village. Pero en el careo en el Congreso, durante las vistas del Bill Fernós–Murray de 1959, no le fue tan bien, a pesar de su perfecto acento. Juan Manuel García Passalacqua se deleitaba al narrar esta anécdota, que sería como el comienzo de una obra teatral: Muñoz sentado en una butaca de habitación de hotel en Washington, derrotado por los americanos feos y el cuarto Black Label –un poco con la mirada que le pintó Rodón–, doña Inés, la maestra nacionalista de la Central, cuestionándole a gritos lo que tenía entre las verijas.

Aquella “distancia respetuosa” que tan agraciadamente usó Muñoz Marín se ha terminado; con la Junta de Control Fiscal Federal regresamos al colonialismo crudo. Volvemos al cara a cara con americanos feos como Orrin Hatch: “Buena parte de los bonistas son pensionados de mi estado, Idaho… y ¿dónde están las auditorías?” McConell: “Esto no le puede costar un centavo al contribuyente norteamericano”.

Pero no perdamos las esperanzas: Hay otro tipo de gringos, de izquierda, o liberales, que asumirían causas desesperadas, como Jane Fonda visitando Vietnam del Norte, el cineasta Oliver Stone cortejando a Fidel y a Chávez, el inglés Graham Greene embelesado con el General Torrijos, Sean Penn fascinado con el Chapo Guzmán. Son los anglosajones cautivados por el exotismo del hombre fuerte latinoamericano. Pero el E.L.A. nunca fue sexy sino, en sus mejores tiempos, meramente funcional. Y una deuda fiscal de setenta mil millones de dólares no es causa para celebridades sino trabajo de hormiga para Melba Acosta.

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