Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El amor en los tiempos de JLo

El hecho de que casi todas las llamadas “celebridades” rebasen los quince minutos de fama que Andy Warhol nos regaló a todos, cual propina, quiere decir que, en algún momento, los verdaderamente famosos ambicionarán la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Ahí tenemos a Trump. Oprah Winfrey lo está pensando. En los tiempos de Instagram y las redes sociales, Facebook y Twitter, todos hemos perdido la privacidad y los famosos quizás el pudor. El reto no es el dominio de un oficio (la política como paso al Poder) sino cierto particular emplazamiento (reality show The Apprentice) en la atención de un público general cada vez más idiotizado por la televisión, los llamados “medios” y el teléfono celular. Y el Amor, siendo la experiencia más privada e íntima del homo sapiens, también está sujeto a este inescapable requerimiento de atención.

En la edición de noviembre 2017 de la revista Vanity Fair, Jennifer López y el expelotero de los Yankees Alex Rodríguez aparecen en una secuencia de fotos que consagran su celebridad y testimonian su sonado noviazgo. Primera Hora reprodujo una de las fotos tomadas por Mario Testino, en su edición del 1 de noviembre de 2017. Aparecen JLo y A-Rod, ella mirando de soslayo, como sorprendida por la cámara, aunque nada inocente, vestida ?o casi? con traje de brillo y mucha gala. El otrora tercera base aparece sentado sobre el mostrador de la cocina, la camisa blanca arremangada virilmente y suelto el lazo negro del esmoquin; también usa tirantes. Él mira la cámara más con desafío que con curiosidad. Han llegado de alguna soirée benéfica y les agarraron, ahí en la cocina, las ganas. Somos testigos. Mientras ella sigue mirando de reojo a la cámara, Alex, sin empacho alguno, le sube el traje a su novia para que nosotros, también, veamos el portento, la suprema pieza, el trasero de su JLo. Es una acción premeditada, alevosa, pues más que subirle el traje lo ha agarrado, con autoridad, para que nosotros veamos los panties y las nalgas de su prometida, para que veamos lo que por ahora es suyo.

Otras parejas famosas también pasaron por estas ferias de vanidades, esta vez con el drama de algo que parece haber desaparecido de las valorizaciones “lite” de JLo y A-Rod, es decir, la posesividad, esto es mío y de nadie más, la motivación para el ataque de cuernos, la incitación al estrangulamiento, el machetazo o el disparo, la urgencia de los celos trágicos.

Joe DiMaggio, ya retirado como jardinero central de los Yankees, estrella del béisbol niuyorkino, aunque sin esa aura de escándalo en que terminó la carrera de Alex, a principios de 1954 se casó con la mujer más sensual y buena hembra de su época, la incomparable Marilyn Monroe. Ese mismo año, y como parte del rodaje de la película de Billy Wilder The Seven Year Itch, Marilyn filmó unas escenas donde aparece sobre el respiradero del metro de Nueva York. También se convirtió en una de las más famosas secuencias fotográficas de Marilyn: El directorWilder y el fotógrafo Zimmerman esperaron a que la ventolera creada por el paso del tren subterráneo le alzara la falda blanca can-can y strapless a la súper estrella de Hollywood. Ella aparece coqueta, aunque nada ingenua, como queriendo taparse, que nadie le vea los panties. La foto terminó como cartel publicitario de la película y quizás la foto más importante de Zimmerman en toda su carrera. Pero a Joe no le hizo gracia alguna. Abatido por los celos, se divorció a fines de 1954; el matrimonio duró meses. Ningún italoamericano honorable seguiría casado con una mujer tan impúdica; él deseaba que ella le diera hijos, no la vergüenza de que medio mundo la husmeara los panties a su mayor trofeo. Y Marilyn nunca entendió del todo a los hombres, jamás pensó que la foto fuera causal de aquel divorcio. En su entierro recordamos el rostro lloroso, entregado a la aflicción, de Joe; luego vendría la promesa de éste, siempre cumplida durante veinte años, de enviarle rosas rojas a la tumba, tres veces por semana. Alex nos muestra lo que es suyo y sabe de todos. Joe no pudo con el pensamiento de que lo suyo estuviera a la vista y en el cerebro de todos.

Jean Paul Sartre, el filósofo por excelencia del existencialismo francés, tuvo como “compañera” de toda la vida a Simone de Beauvoir, la más importante pensadora del feminismo en el período posterior a la Segunda Guerra. Era gente grave, de gran profundidad de pensamiento, y también eran celebridades en una sociedad, la francesa, que estima grandemente a sus escritores y pensadores.

Simone, que creía en el amor loco y libre, le fue infiel a Jean Paul con el novelista norteamericano Nelson Algren, durante un viaje suyo a los Estados Unidos. Algren padecía del síndrome exhibicionista de Alex Rodríguez y consiguió que su amigo fotógrafo, Art Shay, fotografiara desnuda a la Beauvoir, en el baño de su propio apartamento, un poco a la manera del “candid camera”, o cámara escondida, con el consentimiento de la gran sacerdotisa del feminismo, por supuesto, que aún hacia aquellos años del segundo lustro de los cuarenta, y entonces recién cuarentona, se sabía con un cuerpo espectacular. La gran teórica de la opresión machista, quien en su libro El segundo sexo le dedica páginas enteras a explicar la obsesión de los hombres con el trasero femenino, ahí aparece en un desnudo posterior, con tacones, cual mami chula, peinándose en el espejo del botiquín y con su hermoso trasero a la vista de Algren, Shay, Jean Paul, y toda la posteridad.

Uno de los más extraños actos en este festival de vanidad y frivolidad, fue el del poeta húngaro Gyorgi Faludy, autor de una de las más importantes crónicas del horror que fue el Siglo XX, Mis días felices en el infierno. Después de pasar años en campos de concentración húngaros-estalinistas, ya nonagenario y con historial homosexual, posa para la revista Penthouse con el hermoso pimpollo con quien se casó, y a quien le llevaba sesenta años.

Qué esperar entonces deNoelia, la hija de Yolandita Monje, afanosa celebridad, quien en esa foto aparecida en Primera Hora del 16 de enero de 2018 se agacha, con g-string y tacones, para quitarle los adornos al arbolito de Navidad. La foto apareció originalmente en su cuenta de Instagram: “Bye al arbolito de Navidad, desconectado y guardado, se acabaron las fiestas”, dice su texto. Recibió veinte y cuatro mil “likes”. Resulta fascinante la gravedad y levedad del corazón humano.

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