Hiram Lozada

Punto de vista

Por Hiram Lozada
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El anexionismo, un sueño lejano

No es tan antiguo como el pensamiento independentista, pero sus orígenes son cercanos y parecidos. El sueño anexionista se remonta a los inicios de la segunda mitad de nuestro siglo 19 y se origina en el deseo de liberarse de España.

El primer anexionista de nombre conocido pudo ser Julián E. Blanco, quien en 1857 fue desterrado por el gobernador Fernando Cotoner. Lo acusaron de soliviantar a la población con sus arengas e inicuos planes anexionistas. La única evidencia de que era anexionista es el legajo del decreto de destierro. No hay, que sepamos, otras fuentes. Pero el gobernador Cotoner admitió que lo expulsó del país porque era anexionista. En el decreto se describe a Blanco como “un joven de 25 a 30 años, de un talento claro, con una travesura extraordinaria, (que) pertenecía a la clase llana y algún tanto a la gente de color”. Según Cotoner, Blanco manifestaba públicamente sus opiniones anexionistas cuando se encontraba en estado de embriaguez. En el legajo se dice que Blanco era el corifeo (líder) de un partido que quería la anexión a Estados Unidos y que era de ideas avanzadas, demócrata y republicano.

Eran tiempos de esclavitud, de libretas de jornaleros, de intolerancia, de represión del pensamiento y despotismo paradójicamente ilustrado. En 1854 el gobernador Norzagaray castigó al poeta Daniel Rivera con medidas de restricción y vigilancia. Fue porque Rivera publicó, en un periódico ponceño, un alegado poema subversivo sobre Juan Ponce de León y el  cacique  Agüeybana. En la elegía, el indio arengaba a su pueblo a combatir a los invasores españoles. Durante el juicio contra el poeta y los dueños del semanario El Ponceño, el fiscal utilizó contra Rivera la imputación de que había estudiado en Estados Unidos.

En aquel tiempo, separatismo y anexionismo eran, para el gobierno supremo, causas similares. Entonces Estados Unidos era el paradigma del progreso, de tolerancia y democracia; una república de repúblicas. Nueva York era la sede de organizaciones independentistas cubanas y puertorriqueñas. Lo cierto es que para algunos de los patriotas de la última mitad del siglo 19, la independencia de España debía ser el primer paso hacia la estadidad. Ramón Emeterio Betances y José Martí nunca lo vieron así. Ambos advirtieron el rumbo imperialista de Estados Unidos. Ambos rechazaron la colonia con España o con Estados Unidos.

Hoy no se asocia, ni remotamente, la independencia con la estadidad. Hoy los anexionistas ni siquiera conciben la posibilidad de que para ser estado, Puerto Rico tiene que ser primero soberano.

No sabemos si existía, en 1857, un partido anexionista clandestino o si fueron cosas de borracho. A la sazón cualquier alternativa parecía mejor que permanecer bajo el control despótico de la España monárquica e intolerante. Estados Unidos parecía ser una buena opción: un modelo de relación federativa y multinacional. Pero la historia de su origen y formación dice lo contrario.

Estados Unidos no acepta a pueblos definidos en su federación. Es una nación que creció y se forjó mediante el desplazamiento y la despoblación de pueblos indígenas. Su población blanca y angloparlante desalojó, exterminó o aisló a las tribus originarias, ocupó sus espacios y territorios, impuso su cultura y su idioma. Estados Unidos no es una unión de naciones. Es una avalancha de intereses económicos y militares, que se aferra intensamente a la ficción de su homogeneidad e identidad cultural y lingüística como fundamento esencial de la seguridad nacional. Por eso, mientras Puerto Rico sea Puerto Rico - hispano, caribeño y testarudo con su idioma español - no será admitido como estado, aunque, por equivocación, lo pida.

Julián Blanco salió expulsado de Puerto Rico el 26 de febrero de 1857 y regresó perdonado en 1860. Vivió el resto de su vida vigilado y muy callado.

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