Juan Manuel Mercado Nieves

Punto de Vista

Por Juan Manuel Mercado Nieves
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El arte de bregar en Puerto Rico

Hace unos días, mientras conversaba con alguien sobre la vorágine provocada por las expresiones del ex secretario de Hacienda, Raúl Maldonado sobre la existencia de una “mafia” en el gobierno, me preguntó si en Puerto Rico estábamos viviendo una crisis de institucionalidad o de gobernabilidad.  Le contesté que a mi juicio, en las colonias no había más institucionalidad, y en este caso gobernabilidad, que el permitido por la metrópolis.  Es decir, que en colonias como la de Puerto Rico, hay tanta institucionalidad o gobernabilidad como a Estados Unidos le convenga.  

Durante décadas, los puertorriqueños hemos sido testigos de cómo los partidos Popular Democrático y Nuevo Progresista se han alternado el gobierno como lo hace quien da golpes a una piñata para ver “qué cae”.   Ello en complicidad con el gobierno de los Estados Unidos, que es a quien el andamiaje colonial sirve.  No fue hasta que los intereses económicos norteamericanos se vieron afectados que se creó una nueva estructura que asegurara el pago de las obligaciones incurridas por los excesos de los penepés y populares en la administración de la piñata que es el gobierno de Puerto Rico.  Así nació la mal llamada Promesa.

Pero inmaterialmente de cómo se afecta la vida del puertorriqueño promedio ante la rígida estructura creada a partir de Promesa y los sabuesos nombrados a la Junta de Control Fiscal, los políticos de turno perfeccionan el “arte de bregar”.   Y así, aun cuando el país se empobrece, hay quienes no pierden oportunidad para enriquecerse.  Ese es el cuadro que ha quedado expuesto ante el desmadre provocado por la salida de Raúl Maldonado del gobierno, o falta de gobierno, de Ricardo Rosselló. 

Ante esa realidad, más que indignarnos, muchos puertorriqueños están próximos a caer en la catarsis del nuevo ciclo electoral.  Entonces, refugiados en su cotidianidad, sin importarle las repercusiones de lo que hacen con sus vidas, y con sus votos, se valen de clichés, hacen lo que hacen los demás y se dejan llevar.  Confiados que los puertorriqueños duermen un sueño profundo, los mismos de siempre volverán a las suyas vestidos de otro color.

Es tiempo de que cesemos de eludir nuestra responsabilidad colectiva de indignarnos ante la injusticia del colonialismo, la falta de institucionalidad y la mafiocracia que lo alimenta. Si nos mantenemos como hasta ahora, corremos el peligro de dejarnos arrastrar sin importar el contexto absurdo o grotesco que asuman los que nos gobiernan. Vivir así es vivir sin rumbo, caminar dormido, ser un sonámbulo o un zombi.

Los puertorriqueños tenemos la obligación de pensar un país nuevo.  Un país que sirva como legado a nuestros hijos.  Pero nuestra obligación colectiva no debe limitarse a la especulación reflexiva, tenemos que pasar del plano reflexivo a la acción y exigir como pueblo que el gobierno de Estados Unidos asuma su responsabilidad e inicie un proceso de descolonización que se atenga, no a sus necesidades, sino al país que anhelamos.

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