Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El arte de Héctor Méndez Caratini

En lo tocante a la representación de la figura humana, la fotografía del Siglo XX tuvo dos grandes polos de indagación. Por un lado, encontramos esos momentos de convergencia entre el instante y la gestualidad, representados por el llamado “momento decisivo” de Cartier Bresson. Una de las variantes de este modo sería la “fotografía de ensayo”, practicada ejemplarmente por Eugene Smith y los otros fotógrafos de la revista Life. Aquí la propuesta fotográfica estaría encaminada a fotografiar un tema, a manera de crónica fotográfica, ilustrando dicha temática desde variados ángulos, algunos novedosos, o quizás del todo insólitos, como la serie de Richard Avedon en torno a la enfermedad y agonía de su padre.

Del otro lado, podemos reconocer una fotografía no de convergencia de la figura humana en el tiempo sino de su fuga en ese espacio que es el encuadre del visor en la cámara fotográfica. La magia de esta fotografía, también su posible carencia, fue descrita por Walter Benjamin como “el aura” susceptible a los modos de la reproducción mecánica. Este espacio de magia, tan frágil y evanescente, tiene como resultado no la documentación de un “momento decisivo”, o la explicación de un tema social, sino, precisamente, su tendencia a ausentarse, a la fuga. Es como si este tipo de fotografía fuera la más inclinada a convertirse en misterio, según transcurren los años. La fotografía de Atget, justo en los albores del arte fotográfico, es paradigmática de este modo, mientras que la de Lee Friedlander es la mejor muestra en el periodo medio de este arte, tan característico de nuestra modernidad. Aquí la fotografía señala hacia una quietud que ya pronto indica una ausencia, de alguien, o de algo, de la figura humana o de las cosas, mostrándonos sus cualidades fantasmáticas. En el lugar del retrato, o el paisaje, o “la naturaleza muerta”, permanece el enigma.

Roland Barthes cultivó esta fotografía, tan melancólica, como incitación para su época más fecunda como escritor. W.G. Sebald convirtió este tipo de fotografía en correlación objetiva, simbólica, de su propia escritura, tan enigmática.

Podríamos establecer que el arte fotográfico de Héctor Méndez Caratini oscila entre ambos polos. Por un lado, encontramos esa fotografía de ensayo, cercana a la crónica literaria, testimonial y hasta documental, que explora con rigor temas como las religiones sincréticas caribeñas, o la cotidianidad del héroe nacionalista, liberado en los años setenta y paciente de cáncer, Andrés Figueroa Cordero. Son ensayos fotográficos en la mejor tradición de Eugene Smith y Jack Delano. Ya en la magnífica serie sobre las haciendas cafetaleras comienza a situarse nuestro fotógrafo en la segunda manera antes señalada. Al ver esos ranchones abandonados, esas haciendas desoladas, nos enfrentamos a una quietud donde el documento fotográfico señala, indica, una ausencia, algo que no está ahí del todo, que bien podríamos concebirlo meramente como “lo pasado”, pero que significa mucho más. Esa cualidad fantasmal, la fotografía no como evidencia sino como ausencia, es lo que ha prevalecido en la fotografía tardía de Méndez Caratini.

La serie fotográfica reunida en el libro Asian Roads, “Caminos Asiáticos”, sobre las visitas del fotógrafo a Camboya, Tailandia y las montañas Himalayas, muy particularmente a Angkor Vat y el Nepal, tiene como lugar de llegada una contemplación del tiempo y la ausencia de figuras humanas, donde la naturaleza tropical, como en el caso de la cabeza del Buda en Wat Mahatat, confirma la huella visible del tiempo en la piedra esculpida. Jung señalaba que las piedras, como el ejemplo más visible de lo inorgánico, es la seña irreductible de lo que nos rebasa como mortales. Esa fotografía de Méndez Caratini en estos antiguos sitios de veneración hinduista o budista, ahora desolados, el paso del tiempo acentuado por los tonos sepias, es testimonio de una contemplación, de una espiritualidad, pero siempre a medias. Porque es como si en esas ruinas adivináramos los residuos de miradas que ya no están. Nos contemplamos a nosotros mismos en ese mirar de lo que ya se ha fugado para siempre.

Y cuando el fotógrafo indaga documentalmente en la presencia humana —casi todas hermosas fotos a color de monjes budistas en las Himalayas— nos encontramos que esos sujetos también interrogan al fotógrafo, y también a nosotros, los espectadores de esos encuentros. Más que encuentros de testimonio cultural —como en otras series fotográficas de Méndez Caratini—, nos topamos con una sutil interrogación de nosotros mismos como humanos colocados en el tiempo. Aquí el arte de Caratini es rigurosamente formal —de ahí su elegancia fotográfica— y a la vez humanístico; se trata de captar esa bella perplejidad del otro convertido en nosotros. Es una tierna mirada de reconocimiento.

En la serie Zen la meditación, la contemplación —esa mirada puesta en el templo y la naturaleza, su innegable presencia y a la vez fuga en el tiempo — es todavía más notable. Más que una estetizante visión del Kioto de los templos y una arquitectura tan leve que parece meramente dibujada —la ciudad sobrevivió intacta la Segunda Guerra Mundial, nunca fue bombardeada por la aviación norteamericana—, nos encontramos con un esfuerzo por lograr un diálogo con la quietud, el silencio, la perturbación mínima de lo contemplado, como en la poesía zen, esa espiritualidad cónsona con la edad del fotógrafo.

En esta muestra Héctor Méndez Caratini nos ofrece un arte maduro, complejo, que ambiciona algo más que la semblanza de una cultura. Hemos pasado de un estilo documental a una indagación de las posibilidades artísticas y formales de la fotografía, también de su aspecto metafísico.

Es un diálogo con su propio arte lo que nos presenta aquí el fotógrafo, y nos señala que ese arte, que una vez fue concebido como testigo de preferencia, se puede convertir en evidencia del misterio mismo que es la vida, esa extrañeza que tanto asombróa Borges, “todo es tan extraño”, o a Palés, “¡qué mundo más extraño me rodea!”, en realidad a todos los poetas y metafísicos que en el mundo han sido.

La exposición “Caminos Asiáticos” permanecerá en el Museo Josefina Camacho de la Nuez, de la Universidad del Turabo, hasta fines de junio.

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