Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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El arte de robar

El verbo robar retumba glorioso de norte a sur y de este a oeste en esta desesperada isla del Caribe, particularmente en recintos donde se decide el futuro del país, legislando o administrando. Yo robo, tú robas, él roba, todos robamos.

“Robo, luego existo”, parece que gritan a coro los políticos de ambos bandos. Dilema existencial que plantea el conflicto interior del ambicioso: primero robo, tengo, presumo. Y luego existo. ¿Se puede acaso ser, sin robar? ¿Se puede acaso ser, sin tener? ¿Se puede ser, si soy un pelao? El robo —primo hermano del tumbe, aspiración de tantos, logro para algunos— es la oportunidad única de guisar mucho haciendo lo mínimo: medalla personal a la ventajería y la gansería.

Adorno el verbo parejero de robar, con la palabra arte, que lo condecora, rechazando otras alternativas como: “La genética de robar”, o “El pecado de robar”. Descartadas porque con la genética o el pecado se alude a un pillo pasivo, víctima de su herencia, de algún poder diabólico o de las circunstancias. Cometo la osadía de elevar “el robar” al sitial de arte, evocando ese libro fundamental de la psicología del maestro Erich Fromm, “El arte de amar”. Obra donde se plantea que el amor no es algo accidental o mecánico que simplemente “sucede”, sino que es un arte y ya sea en su dimensión paternal, maternal o sexual, se aprende y se perfecciona.

Más allá del verbo, que por fecundo florece silvestre en nuestras tierras, me pregunto cuándo fue que el puertorriqueño adoptó como forma de ser el arribismo y el aprovechamiento. Pregunto, además, cuándo fue que tener el privilegio de servir se convirtió en el privilegio de servirse. Eso nos preguntamos en estos días aciagos al ver a funcionarios del gobierno acusados de malversación de fondos públicos.

Blasfemia para los oídos de los que aman es mi proposición sobre las raíces compartidas entre robar y amar. Es que el robar se aprende poquito a poquito... suave, suavecito. Lo aprendemos del padre que faltó al trabajo con la excusa de que estaba enfermo, para ir a la playa o al cine, o de la madre adinerada que se jacta de pagar menos contribuciones que un maestro de escuela.

¿Qué podemos esperar si nuestros ojos inocentes ven esos comportamientos de nuestras figuras de poder?

Con eso como ejemplo le robamos el libro de ciencias al compañero de clases, y firmamos como presentes en la actividad extracurricular, cuando en realidad no estuvimos ni cerca. Y así fuimos... paso a paso, convirtiendo en normal lo incorrecto.

Volviendo a la búsqueda incansable de los orígenes de ese arte detestable de robar en nuestra política, le añado a la blasfemia anterior el rechazo a la teoría de que este mal se originó a finales del siglo pasado. Planteamiento común para decir que antes de eso, los gobernantes de este país eran próceres que caminaban sobre las aguas.

Si es ahora, cuando no existe la hegemonía deun solo partido; no hay casi de dónde robar; el celular siempre está listo para tomar la foto indiscreta, y miren lo que pasa, no quiero ni pensar en lo que hicieron esos alcaldes caciques o legisladores dueños de su comarca en la “época romántica” de la política local. Muchos de esos fueron los maestros de los alumnos distinguidos de hoy. Esos a su vez tuvieron sus maestros de principios del siglo 20 y así, hacia atrás otros maestros, remontándonos a la época del dominio español.

El robar es un arte que se aprende y se perfecciona, y lo que vivimos hoy es el resultado de siglos de aprendizaje. Arte que tiene como recompensa el lujo, la buena vida y el privilegio, todo eso a veces con muy poco riesgo.

Como todavía no hemos diseñado la escuela para des-aprender, no nos queda más remedio que enseñar con el buen ejemplo a los niños de hoy, para que no sean los pillos del mañana.

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