Pedro Ortiz

Punto de vista

Por Pedro Ortiz
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El asesinato del Padre Stranislaw

Los pueblos viven como viven, Puerto Rico sabe cómo vive. En nuestra convivencia social otro ser humano ha sido víctima de la violencia. En este caso, ha sido un cura que brindaba servicios pastorales en la comunidad de la parroquia La Milagrosa, en Ponce. Pero, es muy posible que quien le asestó el golpe homicida al Padre Stanislaw no supiera a quién estaba matando. Eso es parte de la tragedia que vive nuestro pueblo. 

Eso de ejercitarse corriendo bicicleta antes de celebrar la misa del amanecer tiene sus peligros, pero el Padre Stanislaw había vivido muchos peligros en su inquieto caminar por Europa, África y América. Tal vez, si el asesino hubiera sabido quién era, no lo habría convertido en su víctima, o tal vez no le hubiera importado. Pero para el ser humano, el hermano, que cometió el crimen, ahora podría hacer diferencia saberlo.

Padre Stanislaw no era cualquier cura.

No solo fue misionero en lo que hoy es la República Democrática del Congo, en Haití y en República Dominicana, sino que fue director espiritual del Seminario de Kinshasha, en el Congo, así como del Seminario de Cracovia, en su Polonia natal. Fue también director espiritual de las Hijas de la Caridad en Puerto Rico y fue director general de misiones polacas. Esos puestos importantes habrían bastado para muchos para asumir poses de importante. Pero, de nuevo, Stanislaw no era cualquier cura.

Era carpintero, con tal grado de perfección que era también ebanista.

Tras el paso del huracán María, el Padre Stranislaw se lanzó a barriadas de Ponce con su caja de herramientas y se las pasaba, hasta altas horas de la noche, ayudando a reparar casas pobres que habían perdido el techo. Ya rondaba los sesenta años cuando se echó al cuerpo esa tarea, por la gente de su querido Ponce, por las familias que quedaron sin dónde guarecerse de las inclemencias del tiempo. 

Mientras Puerto Rico vivía la tragedia de la mezquindad y la corrupción institucional que victimizó al pueblo más que el mismo huracán, Stanislaw predicó martillo y serrucho en mano, como de verdad un misionero predica, con su obra comprometida con los más necesitados.

Las vidas tristes y las conciencias raídas de quienes tienen por cotidiano quitarle a los demás lo que pueden, desde propiedades hasta sus vidas, no registran muchas veces el valor que tienen aquellos a los que atacan. Tal vez no les importe. 

Pero tal vez, hay un ser humano en Ponce que al leer esto encuentre lo que le quitó a Puerto Rico. Toda vida tiene valores únicos, insustituibles, inclusive la del asesino. Haber matado a este carpintero de almas fue muy grave.


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