José E. Muratti Toro

Punto de vista

Por José E. Muratti Toro
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El ataque a Irán: ¿prevención o distracción?

En 1299 se fundó el imperio otomano, el de mayor duración de la historia que, durante siete siglos, abarcó tres continentes, el sur de Europa, el este de Asia y el norte de África. En el 1918, cuando culminó la Primera Guerra Mundial, en la cual se alineó con Alemania y la Triple Alianza, fue desmembrado por dos aliados: Gran Bretaña y Francia. Estos se dividieron el Oriente Medio mediante “protectorados”. Francia instaló los gobiernos de Siria y el actual Líbano, mientras que Gran Bretaña hizo lo propio en Iraq, Jordania e Irán, y apoyó el reino de los Saud en la Arabia Saudí, al norte de Yemen y los Emiratos Árabes Unidos. El propósito británico era controlar el petróleo descubierto en 1908 en Irán, dando paso en 1909 a la Compañía de Petróleo Anglo-Persa, que, en 1954, se convertiría en British Petroleum. Ya para el 1913, su refinería de Abadán sería la mayor del mundo por los siguientes 50 años.

En agosto de 2013, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos admitió públicamente que en 1953 dirigió, junto al M16 británico, el golpe de estado que derrocaría al electo democráticamente primer ministro Mohammad Mosaddeqal, e instaló en su lugar a Mohammad Reza Pahlavi. Este fue nombrado Shah o emperador, y gobernó mediante una dictadura hasta 1979, cuando triunfó la revolución islámica que aun ostenta el poder. Durante 26 años compañías petroleras estadounidenses, junto a las británicas, controlaron las inmensas reservas de petróleo de Irán.

El pasado 31 de diciembre, milicias iraquíes atacaron la embajada de los Estados Unidos en Bagdad. Trump responsabilizó a Irán. El 2 de enero, “por órdenes del presidente Donald Trump”, un ataque con drones estadounidenses acabó con la vida de Qassem Saleimani, dirigente del ejército Quds, fuerza elite de la Guardia Revolucionaria de Irán. También pereció Abu Mahdi al-Muhandis, subcomandante de las Fuerzas de Movilización Popular, milicias iraquíes respaldadas por Irán, y otras cinco personas.

El 13 de diciembre de 2019, el Congreso de los Estados Unidos aprobó dos artículos hacia el residenciamiento de Donald Trump. A pesar de la denuncia de Trump de que no ha cometido delito alguno y de la renuencia de los republicanos a censurar tanto el intento de Trump de sobornar al presidente de Ucrania para que investigara a su contrincante demócrata Joe Biden, como de obstaculizar la labor del Congreso al impedir que sus empleados testificaran ante la Cámara o entregaran documentos relacionados, el escarnio de ser el tercer presidente en ser residenciado en la historia de la nación lo mantiene atacando incesantemente a demócratas y republicanos que no se someten a sus imposiciones.

En 1970, un científico político llamado John Mueller formuló una teoría que planteaba que en tiempos de crisis, los presidentes tienden a provocar un fervor patriótico mediante una declaración de guerra o intervención militar. El aumento en popularidad de Franklin D. Roosevelt tras PearlHarbor y de G.W. Bush tras la invasión de Iraq son los ejemplos más conocidos. Trump se ha caracterizado por crear múltiples crisis para distraer la opinión pública de sus desatinos y sus acciones ilegales o inmorales. La decisión de dar la orden de asesinar al principal dirigente militar iraní para impedir “inminentes ataques” contra estadounidenses sin proveer evidencia de cuáles eran los blancos de dichos ataques, provoca incredulidad y suspicacia entre el resto de los gobiernos tanto europeos como de la región, como del público estadounidense.

El comunicado del Pentágono especifica que el ataque obedeció a “órdenes del presidente Donald Trump” y transmite que no fue una decisión del alto comando militar de los Estados Unidos sino específicamente del comandante en jefe.

La reacción, tanto del primer ministro iraní Adel Abdel Mahdi como del supremo líder religioso Ayatollah Ali Khamenei, ha sido de venganza y represalias.

A Trump, quien ha declarado en múltiples ocasiones que desea sacar a los Estados Unidos del Oriente Medio, no le apetece comenzar otra guerra que le ganaría el desfavor del público estadounidense de cara a las elecciones del 2020. Sus ataques a Irán obedecen más a su obstinación por erradicar todo lo que Obama estableció que a una agenda política hacia Oriente Medio o hasta Europa.

Otra característica que “distingue” a Trump es la de tomar decisiones sin sopesar los efectos e implicaciones a mediano o largo plazo. Confía tanto en su “instinto” y capacidad de improvisación como en la ignorancia y la memoria selectiva de sus seguidores.

El Eurasia Group, una prominente firma de consultoría internacional, proyecta las posibilidades de una “confrontación militar limitada o mayor” en un 40%. Como expresó la historiógrafa estadounidense Barbara Tuchman en su fascinante “The March of Folly: From Troy to Vietnam”, “nadie se siente tan seguro de sus premisas como aquel que sabe demasiado poco”.

Demasiado sabemos cuán poco sabe.

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