Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El béisbol otoñal

En una entrevista radial, Néstor Duprey —historiador entusiasta del béisbol y agudo politólogo— me pregunta por el sentido de publicar un libro como “El béisbol romántico” en un momento de urgente crisis política. La pregunta insinúa que el libro resultaría irreverente por su “irrelevancia”, una especia de burla, algo sarcástica, cuando los tiempos exigen más resolución en la acción que autoindulgente nostalgia.

Muy lejos de eso, pienso que este libro es necesario para entender el momento que vivimos. El deporte, la música popular, muchas veces son los más elocuentes testigos de una identidad y sus transformaciones. En el pasado encontramos identidad, en el presente la perplejidad ante lo que apenas entendemos, en el futuro nos topamos con la incertidumbre, lo inesperado, y en los tiempos de crisis política más que nunca. Esa identidad que nos ofrece el pasado, aunque nunca exenta de versiones contrarias y contradicciones, sí es capaz de confortarnos.

La vejez es una estación de recuerdos; es la estación sentimental por excelencia, y de ahí que los viejos lloramos por cualquier cosa. Y ¿por qué no? Camino a la idiotez que nos depararía el Alzheimer, o la locura senil, está ese regodeo en mirar las fotos de un país que se fue, que desapareció. De niño me regodeaba barajeando y mirando “toleteros”; de viejo me solazo recordando la temporada de béisbol invernal —y sus fotos— en que Willie Mays llegó a Puerto Rico como refuerzo de los Cangrejeros de Santurce, 1954-1955. La autoindulgencia al recordar, de esa manera, es un estado de contemplación no tan lejos del disfrute de la buena poesía, que nos obliga lo mismo a sentir que a meditar, evocar a través de las cosas y palabras; aquí lo hacemos a través de las sepias fotos beisboleras.

El libro está compuesto de este modo, como evocaciones en miniatura, o viñetas, incitadas por la fotografía. Si el lector curioso usa los enlaces que le muestran videos beisboleros de la época, encontrará algo más que “pelota invernal”: ahí aparecen las noticias sobre los parques inaugurados durante el segundo lustro de los años cuarenta, los recibimientos a equipos victoriosos en la Serie del Caribe, el jonrón más famoso de nuestro béisbol, el notorio “Pepelucaso”, semblanzas de equipos históricos narradas en la voz de Antonio Torres Martinó, para el noticiero Viguié; la orquesta de César Concepción, las Damiselas con Sylvia Rexach, en la transmisión del programa radial “El Pelotero Denia de la Semana”; ya más adelante, visitamos con Doña Fela la barriada Playita, en Villa Palmeras, junto a Víctor Pellot, Luis Rodríguez Olmo, Roberto Clemente. Se intenta retratar una época social y política a través del béisbol.

La creación de la Liga de Béisbol Profesional coincide con el desarrollo de nuestras ciudades. A cada ambición de ciudad, se le otorga un “moderno” parque de pelota. Fue de esta manera que se inauguraron, en el segundo lustro de los años cuarenta, tres parques de pelota casi idénticos en cuanto a estructuras y dimensiones; estos fueron el Paquito Montaner de Ponce, el Solá Morales en Caguas y el Isidoro García de Mayagüez. Pasábamos del pueblo a la ciudad y tener unas señas deportivas resultaba parte de la nueva identidad urbana. El Solá Morales estaría enclavado entre un barrio urbano de Caguas, Savarona, y la “moderna” urbanización llamada El Verde. El mejor momento urbano de Santurce tendría como sede el Parque Sixto Escobar. Inaugurado a mediados de los años treinta, en 1962 sería sustituido por el Hiram Bithorn, ya en un momento en que lo suburbano prevalecería sobre lo urbano, la urbanización sobre la ciudad. La rivalidad entre San Juan y Santurce, que tenía ribetes clasistas y raciales —los Cangrejeros el equipo de los negros y los trabajadores, el San Juan el equipo de los blanquitos sanjuaneros a partir de Miramar— posiblemente fue nuestro primer truco publicitario para atraer gente a los parques. A cada equipo su “marca”, aunque éstas, ya con la desaparición de Santurce como importante centro urbano, y la “gentrificación” del Viejo San Juan, pierden vigencia. En 1962, con la inauguración del Hiram Bithorn, el béisbol invernal ya estaba en crisis; el público no había asistido a los parques por años, el país cambiaba de la ciudad a la urbanización, de la radio a la televisión.

Y este libro es, sobre todo, semblanzas de aquellos peloteros carismáticos, el drama de aquellas personalidades tan bellamente capturadas por el cronista ejemplar, y máximo de aquella época, Don Rafael Pont Flores. El deporte como drama era su pasión como escritor; parte de la semblanza de aquella época es mi homenaje a Pont Flores.

El 1958 se jugó en el Sixto Escobar la penúltima Serie del Caribe antes de que Cuba fuera expulsada del Béisbol Organizado. Fue una serie vistosa y contenciosa, donde ocurrieron asuntos insólitos, como el de una trifulca que suspendió el juego decisivo, obligando a que se terminara al día siguiente. La evocación de ese juego es una constante en mi memoria y en mi obra literaria.

La última parte del libro es —a través de las identidades beisboleras en contrastes, como la semblanza del tercera base del Caguas Rance Pless —una amplificación del béisbol como metáfora de la vida, como ocasión de euforia y perplejidad ante el fracaso, porque esos momentos extremos de cualquier memoria también contienen la semilla del olvido.

Por último, quisiera destacar lo que concibo como una distinción entre un cronista del béisbol —como lo fue Pont Flores y ha tratado de serlo quien escribe— y un historiador. El historiador de béisbol parte de una investigación que estaría fundamentada, principalmente, en datos, estadísticas, el reportaje periodístico y los archivos históricos.

El cronista, en cambio, quisiera retratar una época a través de las leyendas y memorias beisboleras, dibujar las semblanzas de esos peloteros que con su fama y carisma perduran más como sombras en el tiempo que figuras exclusivamente históricas; de ahí que el cronista prefiera testimoniar lo visto en el presente, o el pasado reciente. En el caso del cronista, la búsqueda es cariciosa, atenta a los detalles que retuvimos según aquello que fue memorable; en el caso del historiador el objetivo sería, como cualquier buena “Historia”, la conversión de los datos en memoria viva. Y ambos son oficios de una paciencia otoñal, donde escapamos de la idiotez del olvido lo mismo que de la falsificación del pasado.

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