Edna Lee Figueroa

Desde la Diáspora

Por Edna Lee Figueroa
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El boricua que no se rinde

Tenía algo de “miedo” de ir a Puerto Rico este pasado diciembre porque lo que sabía desde los Niuyores sobre la situación era parapelos. Llegué por la noche y por la ventanilla vi las pocas luces que hacían aguaje de alumbrar. De camino a Humacao no pude ver cómo estaba el paisaje mientras mis amigos me contaban de sus historias durante y post huracán.

Cuando llegué a casa y recibí el abrazo de Mami me sentí como en una película de Lifetime. Mami y Papi tenían su sistema con linternas, radios, estufa de gas, y lavadas a mano. Esa noche me fui a la acera y miré las estrellas, y escuché los coquíes y el ruido de las plantas eléctricas fundirse en un sonido.

Al otro día pude ver a lo que le tenía “miedo”. Postes en el piso, escombros, cables caídos, semáforos sin funcionar, poca comida disponible, “No tenemos servicio de ATH”. Escuchaba en el radio de mi papá en AM mientras pasaba los días en la marquesina con mi hermanita en su silla de ruedas siendo devorada por los mosquitos (yo, ella no) a la gente enojada diciendo dónde no había luz, etc…

Cuando iba a comprar hielo, a hacer fila para sacar dinero, a hacer diligencias, percibía el “Pueh” de la gente. Una resignación colectiva de “es lo que hay y se brega”, y yo con la rabia por dentro: “¡Protesten, tírense a la calle, háganle la vida imposible a la gente comodita a cargo!” Nunca he sido de ese tipo de boricua; que se queja y “pueh”. Me parece inaceptable, irresponsable, inconcebible que la gente aún esté pasando las de Caín por la mediocridad, listería, docilidad, embustes y enajenación de la mayoría de la gente del gobierno. Nuestra isla vive temporadas de huracanes todos los años. ¿Por qué no existen planes de contingencia y emergencia listos con un año de anticipación? Nunca lo entenderé.

A una semana de yo haber llegado, llegó la luz. Eran las 10:14pm. Era la única despierta. Luz en la marquesina, los vecinos salieron, carros a tocar bocina, plantas a dejar de sonar. Sentí alivio por los míos que llevaban 100 y pico de días sin electricidad y celebré con cautela. Pasaban los días y no me acostumbraba al Puerto Rico después de María; la rabia seguía por dentro.

Seguían las diligencias, pero empecé a fijarme en el “ciudadano” (como le llamó Mami) que dirigía el tránsito en un cruce bajo el sol del mediodía (todo un profesional), en la gente que cedía el paso a cinco carros, en el cuero duro de quienes vivieron y seguían viviendo el huracán cada día, en los “buenos días, buen provecho, con permiso, por favor, salud”, en los vecinos que te llevaban hielo, en los trabajadores colgando en helicópteros arreglando postes en la montaña y Mami saludándolos gritándoles “¡Gracias!”, en los “vamos pa’lante”. La rabia aminoró un poco y pensé que también somos ese tipo de boricua; de buenos modales que mete mano… con o sin huracán. 

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