Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El cacharro

Hay que imaginar a Carmen Yulín Cruz, alcaldesa de San Juan, recién estrenada precandidata del Partido Popular Democrático (PPD) a la gobernación, como una persona con sombrilla esperando en una esquina durante una tarde soleada por un pon que la lleve a donde necesita llegar.

Aparecen dos opciones. Una es un carro nuevo, recién estrenado, pequeño, en el que viajan algunas personas con las que antes ha compartido causas y afectos. En la parrilla del frente tiene las siglas “MVC”. La otra es un cacharro viejo, humeante, cuyo motor suena a maraca, le chillan las sopandas y no se le puede acelerar abruptamente porque tose como tísico. En ese carro va gente que mira mal a Cruz y alguna que antes ha querido verle la cabeza donde tiene los pies.

En el carro nuevo sus ideas habrían sido bienvenidas porque son idénticas de las de ellos. En el carro viejo, va a tener que martillarlas a la fuerza y arriesgarse a que, como ha pasado antes, le digan que sí y después se las guarden en el baúl, junto al gato de cambiar las gomas.

Mirado así, parece fácil. Pero no lo es. Hay un detalle, no banal. El carro nuevo nunca ha viajado. El viejo sí.

El carro nuevo promete, pero no garantiza. El viejo no garantiza, pero ha probado que puede llegar. ¿De qué le ha servido llegar? Esa es una pregunta muy válida, sobre la cual en su momento hay que abundar. Pero a la hora de decidir es evidente que el que antes haya llegado fue el factor que hizo a la alcaldesa decidirse.

El carro del Movimiento Victoria Ciudadana (MVC) está muy bonito, pero no se ha probado. El PPD es un armatoste decrépito, pero, con todos sus defectos, gana a veces elecciones. No hay más vueltas que darle a eso.

En los días previos al anuncio sobre su futuro político, Cruz intimó en varias instancias que no iba a decidir “lo fácil”. “Lo fácil”, según muchos, era aspirar a ser comisionada en Washington por el PPD. Se le ponía etiqueta de fácil porque se entendía que no tendría competencia dentro del PPD. Nada le garantizaba una victoria contra Jenniffer González, pero esta se ve como vulnerable porque en el 2016 le ganó por apenas 1.59% al fenecido Héctor Ferrer y no hay nada que haga pensar que su popularidad ha crecido mares desde entonces.

Mas hay quien piensa que aspirar por el PPD tampoco es una opción increíblemente arriesgada, como habría sido, sin duda alguna, hacerlo por el MVC. Pero tampoco es que aspirar a la gobernación por el PPD sea recostarse sobre un lecho de rosas.

Tiene riesgos importantes. Los partidos grandes comen gente. Se han comido hasta países, miren a ver. La alcaldesa llega a la batalla contra esa bestia en desventaja, porque desde ya se sabe que casi nada de lo que ella propone cuadra allí. Ella no solo quiere aspirar a la gobernación por el PPD. Quiere, según ella, transformarlo.

Hay quien dice, no sin razón, que ese partido no es transformable.

La agenda que presentó la alcaldesa Cruz, ni la gente con la quiere aliarse para ponerla en marcha, son del agrado de poderes importantes dentro del PPD. Todo el mundo piensa en el status. Cruz es soberanista y la cúpula no. Esa diferencia está bien clara. La primaria servirá, si no para otra cosa, al menos para dilucidar la pregunta fundamental de si la base del PPD desprecia el status colonial o quiere seguir enredado en esa indignidad.

Hay otras batallas menos perceptibles, si es que de verdad Cruz quiere ser diferente. La privatización, el acomodo a la Junta de Supervisión Fiscal, el repelillo a las alianzas. Hay gente muy feliz con todo eso ahora mismo en posiciones claves en el PPD.

Veamos algunos ejemplos.

El actual portavoz de ese partido en la Cámara de Representantes, Rafael “Tatito” Hernández, andaba hace poco de manos por Washington con un senador del PNP, Carmelo Ríos, proponiendo que la Junta fuera sustituida por un síndico, una versión todavía más cruda, si cabe, de la humillación colonial. El portavoz en el Senado, Eduardo Bhatia, quien también quiere la candidatura a la gobernación, promueve la privatización de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), a lo que Cruz se opone fervorosamente.

El cuatrienio pasado, Héctor Ferrer, quien poco después fue candidato a comisionado residente, y presidió el partido hasta su muerte de cáncer en noviembre del año pasado, le trabajaba a los mismos cabilderos que ensuciaban el nombre de Puerto Rico. Ese asunto le fue llevado a la Junta de Gobierno del PPD, que no encontró nada malo con ese espanto.

Esos no son tiros a lo loco. Son posturas de gente clave en el PPD.

Hay problemas más graves aún.

La gasolina que ese cacharro del PPD necesita para correr, que es mucha, se la dan pesos pesados económicos de los que pueden ir a cocteles de a $1,000 el plato. Eso no lo pueden pagar los trabajadores, madres solteras y estudiantes a los que Cruz dirigió su mensaje del viernes. Esos después de dar tanto piden esto o aquello. Esos son los que impiden que después se pueda hacer cualquier cosa importante. Es que casi todo lo importante amenaza el interés de alguien así.

Cruz tropezó ya con esa piedra.

Una vez, cuando a Anaudi Hernández no se le había visto el pelaje de corrupto y era el mimado de la cúpula popular aunque hedía a millas, le hizo una fiestecita por allá por Aguadilla. Algunos personajes que la vieron allí le dieron después unos billetitos a la primera campaña de Cruz para la alcaldía de San Juan.

No se supo de ninguna ilegalidad en esa actividad en particular, pero, habiéndose visto después el pedigrí del personaje, se habría entendido que cualquiera respingue. Cruz dice que ella seguirá haciendo campaña entre quienes pueden pagar $1,000 el plato porque no ella “no está en venta”. No ha entendido que esa política hace mucho daño y tarde o temprano pone a candidatos de toda pinta a dar explicaciones embarazosas.

Es en ese cacharro, acompañada de gente con ideas tan distintas y aficionados algunos a prácticas que tanto daño han hecho, que Cruz decidió montarse. Otros ya viajan ahí muy contentos, sin conflictos. Pero esos no prometen transformar casi nada. Están en paz dentro de los contornos ya establecidos. Cruz, en cambio, dijo que quería transformar. Le toca ahora demostrarnos hasta dónde.

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