Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El candado abierto

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Soy un ciudadano común y corriente. No poseo información privilegiada de ningún tipo y para mí la expresión “fuentes en Washington y en La Fortaleza” me sugiere estanques con estatuas mojadas. Camino, trabajo, me siento, escucho, observo, pienso. Todos mis procesos mentales y conclusiones se producen de esta manera. Los últimos días me han convencido, más que otras temporadas, que esta forma de tener relaciones más o menos sanas con la realidad está lejos de ser común y corriente.

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Desde que la gobernadora asegurara que los refugiados de los terremotos estaban felices, no han parado los comentarios verbales y visuales. Por expresarlo de alguna manera, de un tiempo a esta parte la gobernadora tiene una predisposición a la distancia, la frecuencia y la potencia en sus errores. La frase desgraciada fue dicha en el curso de una entrevista concedida, con un límite preestablecido de 15 minutos, a David Begnaud, corresponsal estadounidense que fue favorecido por la gobernadora quizá por su procedencia, porque no ha aceptado entrevistas recientemente de nadie más. El límite de 15 minutos demostraba su renuencia a hablar y en esta ocasión, la presencia de una traductora que vertería sus palabras al inglés fue una realidad de la que no pudo escapar más. Recuérdese que hace unas semanas prefirió no asistir a una importante audiencia en Washington a mostrar que su inglés era insuficiente o inexistente.

De idiomas se habla mucho en Puerto Rico y esto no es ocioso. A un país tan hispanohablante como cualquiera de América Latina, se le impone desde el primer grado una lengua extranjera, que la gran mayoría de los puertorriqueños nunca necesita aprender para tener una vida útil, ni siquiera cuando emigra a comunidades puertorriqueñas en Estados Unidos. La gobernadora Vázquez ha sido abogada, fiscal, secretaria de Justicia y ahora gobernadora, sin necesidad del inglés. En mi entorno social y familiar, durante toda la vida, este ha sido el caso.

El gran problema sobre las capacidades lingüísticas de la gobernadora está directamente relacionado con sus preferencias políticas. ¿Cómo es posible ser anexionista si en el país en el que quisiera disolverse la licenciada Vázquez no podría ser abogada, fiscal, secretaria de Justicia ni gobernadora; cómo es posible tener este deseo si no se tiene la lengua para poder conocer verdaderamente ese país? Ella, como tantos de sus correligionarios del PNP, desean penetrar a una sociedad a la que no podrían integrarse plenamente. El anexionismo puertorriqueño no ha sido más que un acomodo razonable en los estrechos márgenes de la colonia y la inmigración a Estados Unidos. A un lado y otro, ha sufrido problemas de lengua, crudas dificultades para aprender el inglés, que no es más que una lengua extranjera, y antinaturales dificultades para usar correctamente el español, que no es más que una lengua materna.

Las dificultades para enunciar, de muchos habitantes de la colonia, rebasan la preferencia de idioma. Hágase una escucha de los que improvisan análisis político diariamente en las principales emisoras de radio y televisión y encontrará retrato tras retrato, un verdadero anuario, de las consecuencias verbales (nótese que no las limito a la corrección lingüística) del colonialismo.

En la entrevista con Begnaud, la gobernadora tuvo un grave problema de enunciación. ¿Quién decía que los refugiados de los terremotos estaban felices? ¿La gobernadora o la futura candidata del PNP? ¿La política que se encuentra en campaña primarista, la que conocía de la existencia de los almacenes de suministros de La Guancha o la que mintió al proclamar su desconocimiento de ellos hace unos días? ¿Quién hablaba? ¿La que aprovechó las circunstancias para liquidar a cómplices de Pierluisi antes de que la liquidaran a ella? En tamaño intríngulis, le salió de los labios lo que seguramente no tenía: la felicidad. Así, resbalando, una mente asediada cayó por el precipicio y en un acto casi suicida concluyó que el sacrificio de su felicidad debía inventar la de otros.

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René Pérez, el “Residente” de Calle 13, está en el país. Vino a participar de una marcha que convocó junto a Yadiel Molina y en esta semana mostró que había obtenido una tarjeta electoral. Las dificultades de enunciar vienen, en la colonia, acopladas a las de entender. El problema rebasa los sonidos y, por esto mismo, los idiomas.

El revuelo se formó de inmediato. Un oyente llama a una emisora de radio y expresa su alarma ante el hecho de que se le permita la entrada al país a Residente, Ricky Martin y Yadiel Molina, que viven en Estados Unidos (es decir, en el extranjero), y vienen a protestar. El oyente es anexionista y llama a un programa mantenido por un locutor (resulta imposible llamarlo analista) que también lo es. No obstante, su mal entendimiento, o mejor sería decir, su desentendimiento de la situación colonial del país, lo lleva a figurarse que el gobierno de los políticos que favorece es tan soberano que podría a gusto practicar el despotismo. Ilusos como este son los que aplauden el “¡Así de brutos son!” y otros balbuceos colonialtestoterónicos del presidente del inSenado.

Luego el anfitrión del programa que mal enuncia y mal entiende conversa con un “experto” y diseccionan las intenciones criminales de René Pérez que “está tratando de tener residencia en dos sitios diferentes”. No era para menos tratándose de alguien que se hace llamar “Residente”. El intercambio hace consideraciones del carácter del sospechoso que hubieran dejado a Lombroso con la boca abierta. Por una vez no se habla de las letras del artista, sino de su inclinación a las malas compañías. Se dice que incluso estuvo dispuesto a dejar entrar a su casa, es decir, a la propia residencia en que reside Residente, a Bernie Sanders. Acto seguido, en un ejemplo antológico de la lógica farsante de propagandistas del PNP, se procede a advertir al pueblo de que hay medios de prensa en el país como Claridad, 80grados y El Visitante que no podrían existir sin los fondos que reciben de los países comunistas. Los mal enunciadores del no entendimiento concluyen diciendo que René Pérez “es un buen emprendedor americano (sic) que sabe cómo venderse”. Ya vemos en qué consiste el “American Spirit” de estos personajes que “emprenden y venden”. Es una suerte que la mayor parte de los estadounidenses no saben español y, por ello necesitan, sin complejos, de traductores, porque si conocieran lo que enuncian y entienden estos fenómenos que se enorgullecen de ser “ciudadanos estadounidenses residentes en Puerto Rico” inmediatamente acabarían con su complicidad en este trastorno mental que se llama colonialismo.

Somos un pueblo metido en una caja. Dentro tenemos una llave que no sirve, pero estamos dispuestos a matar al que vio que el candado estaba abierto. El maestro Luis Rafael Sánchez lo describió hace unos años utilizando un vocabulario en extremo técnico: “Los puertorriqueños configuran un pueblo fiebrudo, dispuesto a eslembarse ante la pendejada más pendeja”.

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