Héctor Luis Acevedo

Punto de Vista

Por Héctor Luis Acevedo
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El carisma de la palabra y el valor del voto

Corría el año terrible de 1980 y se inició el recuento de las elecciones en el edificio Valencia. El candidato popular había sido certificado preliminarmente en la noche de las elecciones, pero luego que ingresaron los controversiales votos de los cuarteles de la Policía el candidato del partido de gobierno se fue el frente. Estuvimos al borde de una grave confrontación civil.

Comenzado el recuento papeleta a papeleta sucedió algo extraordinario. Los oficiales de la Comisión abiertamente cambiaban sus adjudicaciones dependiendo de quién era el beneficiario de dicho voto. El presidente se desapareció de las reuniones de adjudicación y se hicieron barbaridades, incluyendo contar votos por un partido en que el elector no había hecho marca alguna. Esas decisiones fueron revocadas por el Tribunal Supremo de Puerto Rico en varias decisiones que quedan ante la historia.

Temprano en el recuento nos dimos cuenta de que el comisionado electoral del PNP, Eugenio Belaval Martínez, era una persona de criterio uniforme en la adjudicación de papeletas.

 Tenía el don de la consistencia. Traíamos a su atención las diferentes alternativas y las cantaba en sus méritos. Eso era vital, pues todo funcionario electoral sabe que los casos se repiten con diferentes beneficiarios en los recuentos. Cuando le alertábamos de un acaso anterior cumplía su palabra. Belaval merece recordarse por su integridad.

Luego de esta ocasión he tenido la oportunidad de participar en acuerdos con adversarios en la Comisión de Reforma Electoral de 1981 a 1983, del nombramiento del presidente de la CEE en 1983, de la Comisión de Financiamiento Electoral y de las redistribuciones de 2003 y 2011.

Mis estudiantes me preguntan que cómo es posible que nos pusiéramos de acuerdo sobre temas tan críticos con gente de visiones tan opuestas. Existe una contestación: porque son gente de palabra.

Recuerdo que en las reuniones para la Redistribución Electoral vigente el representante del PNP, Virgilio Ramos, y este servidor habíamos hecho un acuerdo sobre dos puntos álgidos. Cuando reunidos en su oficina vi la propuesta de su equipo que incumplía el compromiso, me levanté y me fui. Llegando a la Avenida Dómenech recibí su llamada pidiéndome que regresara, pues había revisado el borrador y lo había desautorizado en cumplimiento de su palabra.

 Igual pasó con César Vázquez Díaz en la presidencia de la Comisión. Había prometido transparencia e integridad, y por iniciativa propia designó a cargo de los resultados al vicepresidente del PIP, Charles Ruiz Cox, persona de gran verticalidad. Era su palabra. Así se hace patria y se hace historia.

Los estudiosos han significado que el progreso de los pueblos depende del crecimiento y del respeto de sus instituciones. Por décadas, la Comisión Electoral fue ejemplo para el mundo de esos valores. Y se comenzó a debilitar con algunas excepciones, hasta llegar en 2017 a nombrar presidente a un juez ahora convicto.

Al finalizar las negociaciones de 1983 los tres partidos comprometieron su palabra de honor de buscar consensos para sus leyes electorales y que ganara el que tuviera los votos. Esa ha sido la paz electoral de Puerto Rico. La Ley la firmó mi adversario, el honorable Carlos Romero Barceló.

Hoy el país se encuentra a menos de seis meses de sus elecciones con un proyecto unilateral que vulnera la confianza con un voto ausente total y sin tarjeta electoral, un golpe de estado en la Comisión en contra de la propuesta de su propio partido en 1983 y tratando de quitar la intención del elector como el elemento rector de la adjudicación de votos en contra de las decisiones unánimes de los tribunales.

La gobernadora Wanda Vázquez prometió no firmar leyes sin consenso en el ciclo electoral. ¿Cómo es posible que un partido que ganó las elecciones quiera cambiar ahora las mismas reglas con que ganó?

Aquellos que callan ante la injusticia terminan siendo sus cómplices o sus víctimas.

Hoy como ayer, es la hora del carisma de la palabra.

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