Rubén A. Rodríguez

Periodista

Por Rubén A. Rodríguez
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El chamaquito 'tosquito' que terminó en Cooperstown

Cuando lo vi por primera vez en uno de esos días intensos de béisbol en el torneo invernal a finales de la década de los ochenta, le pregunté a Henry Cotto, estelar jugador de los Criollos de Caguas, quién era aquel chamaquito tosquito que se hacía tiradas en una camiseta sin mangas y un casco protector.

Me llamó la atención porque yo, que desayunaba, almorzaba y cenaba en los estadios de béisbol en busca de noticias para este periódico, nunca lo había visto en uniforme. Recuerdo que Cotto me indicó que el joven en cuestión era el novato Iván Rodríguez.

Ese evento ocurrió en el estadio Juan Ramón Loubriel de Bayamón, el mismo que hoy en vez de una lomita de lanzar tiene porterías de fútbol. Los Criollos estaban jugando allí como locales.

Cotto, apodado ‘El Turbo’, me habló maravillas del muchacho. Destacó las magníficas cualidades defensivas de Rodríguez, así como su poderoso brazo. Fue más allá, al señalarme que, de no ocurrir algún percance, estaría pronto en las Grandes Ligas.

A partir de ese entonces, comencé a seguir con más atención su desempeño en el béisbol invernal y en las ligas menores. En Puerto Rico lo veía cada invierno y más me impresionaba por su talento y entrega al juego.

Tenía cara de jaquetón de barrio. Sabía de sus habilidades y no titubeaba en hacerle ver al rival lo bueno que era detrás del plato. Detrás de la careta se ocultaba cierta arrogancia propia de un jovencito que sabía de sus habilidades. Aún con su corta edad, regañaba a sus lanzadores que lo aventajaban en experiencia de juego. Como diría el legendario dirigente Mako Oliveras, el tipo era un “fresco” y no le temía a nada ni a nadie.

Por eso, no me sorprendió cuando los Vigilantes de Texas lo reclamaron de su filial en Doble A. Aunque su bate no era tan efectivo para entonces si lo comparábamos con la defensa, Iván sabía que si mejoraba un poco en la ofensiva se quedaría en las Mayores.

Y así fue. El resto de la historia la conoce usted, amigo lector. El llamado Pudge trabajó fuerte en el aspecto ofensivo, sin abandonar sus quehaceres defensivos, y de inmediato se convirtió en uno de los bateadores más peligrosos de la Liga Americana.

Ya no era solo aquel receptor que ‘explotaba’ a los corredores que intentaban salirle a robar con su poderoso y certero brazo. Ahora, los lanzadores contrarios tenían que fajarse con él. Su mejoría fue notable gracias a los consejos del entrenador de ascendencia mexicana Rudy Jaramillo.

Durante la década de los noventa, fue uno de los mejores de la Liga Americana. Tuvo ocho campañas seguidas promediando sobre los .300. Su año de ensueño fue el 1999, cuando capturó el premio de Jugador Más Valioso. Para ese entonces, Cooperstown comenzó a asomarse en el horizonte.

El domingo se le hizo justicia a uno de los mejores, o quizás el mejor en su posición. El Pudge de Vega Baja le dio una dimensión distinta a la receptoría. Fue un artista en todo el sentido de la palabra. Y como todo talentoso artista, recibió su preciado ‘Oscar’.

Pudge ya es inmortal. Desde el domingo habita en el más preciado de los vecindarios: nada más y nada menos que en el mítico Cooperstown.

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