Rubén Dávila Santiago

Tribuna Invitada

Por Rubén Dávila Santiago
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El chat devela quiénes son y quiénes somos

El país ha estado pasando un estadio de decaimiento global, entre otras cosas, por verse en un espejo que devuelve la imagen degradada a diversos niveles. El colapso fue contundente al principio.

El decaimiento brusco lo paralizó en el asombro de verse mediante la quiebra de la figura de creerse el favorito y protegido de los Estados Unidos (colonia próspera o el igual en un pacto) a un pedazo de tierra poseída como un real estate. Había sospechas, indicios, señales, pero se guardaba una cierta creencia, que, sin embargo, se va deshaciendo. El resquemor deja un cierto sentimiento de quietud con sesgo de incredulidad.

Un cierto terreno intimidante va abriéndose paso: la inseguridad se acentúa por una deuda que secuestra lo que se entendía como asegurado. Sentimiento de pérdida. De momento el descubrimiento desgarrador acentuado por el huracán -como fenómeno sociopolítico- por el cual se vive el desamparo y la indefensión. La quiebra, el deterioro, la imagen de ineficiencia se contienen en el margen de una cierta confianza en que el gobierno (no los partidos) servirá de muro de contención.

Un futuro incierto, nublado con caminos torcidos, pero aún hay espacio. Todo esto se va desquebrajando. La decepción despeja el camino, y lo que era sospecha se convierte en certidumbre. “Esos” nos desprecian, nos aborrecen, se mofan, nos engañan. La burla de los “escogidos” sobre nosotros. La decepción se convierte en un camino abierto para enfrentar el miedo.

La corrupción en sí no fue el detonante (en última instancia podrían arrestarlos y se pasa la página). Fue la develación, a dos niveles: quiénes son y quiénes somos. Eso es una narrativa de fuerza inexpugnable. Esa imagen pobre de sí ha sido redimida por un encuentro de sí mismo (cuyo referente es el ser social), mediante un movimiento reivindicativo. Hay un tipo de movimiento de redención en el sentido antropológico de “religare”, restablecer los lazos cósmicos vitales.

Una de las partes de este movimiento es la celebración. No hay lugar a dudas de que hay una ruptura con la cotidianidad, digamos, en términos míticos, un tipo de fin de mundo, de “ese mundo” a alejar. Eso es parte de este tipo de movimiento social. Se celebra el “sí mismo” al delinear un otro “extraño” de esa intimación que acentúa lo borincano en la diversidad identitaria. Lo conmovedor, es la marcha precisamente a pie.

Hubo un regreso ancestral al poder político del caminar, como diría Ilitch. Esas marchas son una forma de contacto del cuerpo con la tierra, es decir, una conquista, una vuelta al mundo, un acto de renovación. Al desplazarse a pie, se desata una mística fundante. “Un paso por cada lágrima”, decía una pancarta. “Nos quitaron el miedo. Somos más y no tenemos miedo”.

Ahí se memoran los muertos, “nuestros” que se repiten en las pancartas. “¡Son unos buitres!” Simbólicamente ha habido la concentración de un quantum de energía, que se libera por la develación de lo oculto, lo que significa la dinámica del misterio iniciático: de ahí la fuerza del chat. “¡Son corruptos!” Una narrativa dramática, novelada, con el villano central, depositario de todos los males, punto focal de la ignominia y la personificación (un tipo de encarnación) en Rosselló (en el sentido completo de personaje). Inclusive, como en las formas pretéritas, en su mistificación encubridora, que el acepta y actúa el personaje de víctima expiatoria. El movimiento no va a parar. Se ha convertido en el objeto sacrificial.

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