Pedro Reina Pérez

Punto de vista

Por Pedro Reina Pérez
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El Choliseo: los disparos perdidos

El ataque a tiros contra el Coliseo de Puerto Rico, José Miguel Agrelot, en horas de la madrugada del domingo, comporta más de una interpretación —ninguna de ellas alentadora. Pudo tratarse de un ejercicio aleatorio de poder, un despliegue de temeridad por parte de personas fuertemente armadas que quisieron arremeter contra una estructura, digamos, emblemática de la ciudad de San Juan. O acaso fue un acto deliberado de intimidación, un evento planificado para enviar un mensaje visible que resonara con los múltiples disparos que dañaron la fachada del edificio más lucrativo que tiene Puerto Rico, pese a que la isla atraviesa una larga depresión económica. En ambas instancias se trata de un incidente que no debe ser ignorado o subestimado por nadie porque, no importa cómo se le aborde, entrega una especie de advertencia que merece toda la atención.

¿Cómo puede San Juan disponer de un coliseo de espectáculos que ubique entre las 20 salas más rentables del mundo? La pregunta da suficiente tela para una interpretación más elaborada, pero adelanto una premisa. Si el “Choliseo” produce ventas anuales en exceso de 23 millones de dólares, en una economía quebrada y sin perspectivas claras de recuperación, es porque atrapa dinero que proviene de la economía informal. Esa economía subterránea no se limita exclusivamente al narcotráfico, como suelen adjudicar ciertos funcionarios, sino que incluye otras actividades más sofisticadas que alimentan la inmensa paradoja de mantener una sala que produce grandes riquezas en un lugar donde aumenta alarmantemente la pobreza. Escuelas, hospitales y dependencias públicas sufren un deterioro creciente que no parece tener freno alguno. Este aserto es razón suficiente para detenerse y pensar en las potenciales consecuencias de ignorar el simbolismo de este acto.

Rechazo, sin embargo, las teorías que postulan de que se trata de una confrontación de gente relacionada a la música “urbana”. Esta explicación es insuficiente porque insiste en calificar el género del reguetón como marginal, que es un eufemismo común para referirse a la gente pobre. Insistir en el prejuicio para explicar la violencia es ignorar que el reguetón en uno de los géneros más lucrativos y popularizados que existen en este momento. Su alcance atraviesa continentes y apela a muchísima gente, sin distinciones. ¿De qué otra manera podría Daddy Yankee vender diez funciones de su espectáculo en plena Navidad sino contara con un arraigo extensivo? 

Sea cual fuere el motivo, este ataque a tiros debe llamar nuestra atención y la de las autoridades que querrán, para no causar demasiada alarma, minimizar el incidente. ¿Por qué calla la gobernadora Wanda Vázquez si el momento exige su palabra? Vivimos tiempos que reparten precariedad e incertidumbre, pero este no es el momento de activar la mano dura represiva, que siempre se ensaña contra los más vulnerables para producir falsos titulares. 

Hay que abrir los ojos y prestar cuidadosa atención para descifrar de qué se trata este evento. Podrá redoblarse la presencia de la Policía, pero no podrá anticiparse en qué lugar pudiera ocurrir otro evento similar. La diligencia de la gobernadora es imperativa, pero la prudencia lo será aún más. El momento que vivimos no exige menos. 


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