Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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El colonizado de izquierda

Los independentistas y los populares izquierdosos que estudiaban conmigo en la Universidad de Pennsylvania, rehusaban juntarse con los estudiantes gringos, pero en cambio, hacían lo indecible para establecer contacto con estudiantes iberoamericanos y europeos.

Recuerdo que competían por ver quién pescaba más extranjeros. “¡Conocí a un colombiano!” “¡Y yo me di la cerveza con un argentino!” “¡Tengo como compañera de curso a una alemana!” “¡Invité a cenar a un francés, chileno, holandés, peruano, español, mexicano…!”

Mis juntillas en la universidad fueron casi siempre con los estudiantes “americanos”. Cuando llegué al campus, busqué a estudiantes que hablaran español, y pronto descubrí que, aparte del idioma, nada más nos unía. Los iberoamericanos que se daban el lujo de estudiar en una universidad de la “Ivy League”, por lo regular eran hijos de gente pudiente, de gente adinerada, de gente con billetes largos. Muchos de ellos eran personas altaneras y llenas de prejuicios. A los puertorriqueños tendían a mirarnos por encima del hombro.

Por el contrario, los estadounidenses que conocí eran personas que pertenecían a la clase media, como yo, con actitudes parecidas a las mías. Ellos y yo éramos unos pelaos que estudiábamos gracias a la beca que nos habíamos ganado. Comprendí que lo que une a los seres humanos no es tanto el idioma, sino los valores y la visión del mundo que comparten.

Los boricuas que creemos en la libertad para nuestro pueblo, agradecemos la solidaridad de otros países con nuestra causa. Queremos que el “Coloso del Norte” y el mundo entero sepan que somos una nación iberoamericana. Por eso cada encuentro con nuestros hermanos latinos y europeos es una fiesta. No obstante, es importante aclarar que repudiamos lo que representa el imperialismo norteamericano, pero no repudiamos a los estadounidenses ni a ningún otro ciudadano del planeta. Debemos cuidarnos del sectarismo político y del fanatismo ciego que han engendrado al colonizado de izquierda.

El colonizado puertorriqueño necesita postrarse ante un dios extranjero que posea los atributos que él no tiene: seguridad, voluntad, valor, y libertad para gobernarse a sí mismo y darse a respetar. El colonizado de derecha y de centro idolatra a los Estados Unidos, mientras que el colonizado de izquierda idolatra a cualquier nación o imperio que rivalice con Gringolandia. Los colonizados izquierdosos puertorriqueños rindieron pleitesía a la desaparecida Unión Soviética. Algunos les menearon el rabito al carirredondo Mao, megacaudillo de la China roja.

Pero el “Papi” indiscutible del colonizado de izquierda ha sido y es Fidel Castro. Cuba ha sido, por décadas, la gran aliada de la independencia para Puerto Rico en los foros internacionales. Ha denunciado con valentía y firmeza nuestra condición colonial ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, a pesar de la tenaz oposición de los Estados Unidos y sus aliados. Como puertorriqueño y como independentista agradezco el generoso y sostenido apoyo de la isla hermana. Sin embargo, hay algo que no puedo entender en lo que respecta a la política cubana: la permanencia de los Castro en el poder.

Hace un tiempo dije que para muchas personas en esta colonia, hay dos tipos de independencia: la independencia de los Estados Unidos es la independencia “buena”, y la independencia de Puerto Rico es la independencia “mala”. Asimismo, para el colonizado de izquierda hay una dictadura “buena”, que es la que existe en Cuba desde el año de las guácaras, y una dictadura “mala”, que es la que han padecido cantidad de naciones en todo el mundo. Yo digo que la dictadura es una sola. Como la independencia.

La Universidad de Puerto Rico siempre ha albergado una buena cantidad de colonizados de izquierda. Una alta cuota de líderes fupistas que se comían a los niños crudos cuando yo hacía mi bachillerato, terminaron al frente de agencias publicitarias y en altos puestos en el gobierno y en la empresa privada. Hoy en día son burgueses, igualitos a los burgueses que ellos atacaban en los mítines, en las huelgas estudiantiles, y en las marchas incendiarias de sus años mozos.

Fui profesor en la Iupi por cerca de 30 años, y vi a izquierdistas muy “comprometidos con la lucha”, conspirar para escalar puestos de poder o para torpedear el ascenso de colegas. Los vi enfangar la reputación de personas honestas porque no comulgaban con sus ideas, o porque se destacaban como profesionales y como artistas.

Huelga decir que ser independentista NO ES LO MISMO que ser un colonizado de izquierda. Este espécimen siniestro, envidioso, hipócrita, oportunista, mezquino, fanático y mediocre, nada tiene que ver con el verdadero patriota puertorriqueño. Con el puertorriqueño digno, decente y abnegado que enaltece con su trabajo, esfuerzo y talento, el nombre de su patria y el nombre de la institución para la que labora.

No es fácil ser independentista en un país donde más de la mitad de sus habitantes sueña con integrarse a los Estados Unidos. Los asimilistas boricuas son alérgicos a la independencia. Olvidan que su “amo” estadounidense tuvo que enfrentarse a los ingleses a sangre y fuego para poderse librar del yugo colonial, para poder alcanzar su libertad.

Los “americanos” genéricos se burlan de todo esto, y alegan que estos son otros tiempos. Creen que con ponerse en actitud de ofrecimiento pasivo ante el “padrote invasor”, resuelven el problema colonial de Puerto Rico.

Nuestra sociedad está repartida en tribus que se atrincheran en sus verdades y prejuicios. Pobre del que se atreva a contradecirlas. Por eso hay personas que prefieren autocensurarse antes que expresar su opinión. Un lamentable error, porque a los colonizados de izquierda, derecha y centro no se les puede tener miedo. El mejor antídoto para combatirlos es pensar, hablar y obrar con libertad.

No casarnos con nadie y actuar de acuerdo a nuestra conciencia es, sin duda, la opción más digna ante el triste panorama que enfrentamos. La pregunta es si estaremos dispuestos a quedarnos solos.

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